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Tony Blair y su ministro de Finanzas, Gordon Brown. La última reunión entre ambos fue tensa:
el premier acusó a su colaborador, que aspira a sucederlo, de haber fogoneado la rebelión
laborista en su contra.
Brown, que rompió ayer el escrupuloso silencio que ha guardado en los agitados últimos días, aseguró que respaldará cualquier decisión que tome el líder laborista.
«Quiero dejar muy claro que cuando me reuní ayer (el miércoles) con el primer ministro, le dije, como le he dicho en otras ocasiones y repito ahora, que es él quien debe tomar la decisión», declaró Brown.
«También le dije, y lo quiero dejar claro, que apoyaré la decisión que adopte», apuntó al puntualizar que esa decisión no debería basarse en «acuerdos privados sino en lo que beneficie más a los intereses del Partido Laborista y, sobre todo, del país».
Blair y Brown hablaron después de que la prensa británica asegurara que la reunión que ambos mantuvieron el miércoles fue «acalorada», en medio de rumores sobre la posibilidad de que el propio titular de Finanzas haya orquestado entre bastidores la rebelión laborista.
Las palabras de los dos «peso pesado» del laborismo contentaron a varios ministros del gobierno, como la titular de Salud, Patricia Hewitt, estrecha aliada de Blair, quien abogó por el fin de «las divisiones perjudiciales en el oficialismo».
Pero la intervención de Blair no convenció a algunos parlamentarios laboristas, como Doug Henderson, partidario de Brown: «No me parece -manifestó- que la gente sepa (ahora) más sobre los planes de retiro del primer ministro».
La actual crisis estalló el miércoles, cuando ocho diputados laboristas -el subsecretario de Estado de Defensa británico, el diputado Tom Watson, y otros siete funcionarios menores del gobierno- dimitieron en protesta contra el liderazgo de Blair.
El jefe del laborismo había anunciado en 2005, tras lograr un histórico tercer mandato para el laborismo, que no aspiraría a una cuarta legislatura en las próximas elecciones generales, previstas para 2010, pero se negó a poner fecha a su renuncia.
Sin embargo, cada vez son más los laboristas que piden a su líder aclarar su futuro, temerosos de que la incertidumbre lleve al partido a un descalabro electoral en 2007, cuando habrá elecciones autonómicas en Escocia y Gales, y municipales en Inglaterra.




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