16 de agosto 2002 - 00:00

Bush empieza a preocuparse al fin por América Latina

El interés de Washington por América latina no suele durar mucho tiempo. George W. Bush llegó al poder hablando español y autodefiniéndose como el mejor amigo del Hemisferio Sur en un nuevo «Siglo de las Américas», pero cuando llegó la hora de tratar los problemas económicos del continente, se aferró a la línea dura: se acabaron las ayudas. Los sudamericanos no estaban preparados para el desplante del secretario del Tesoro, Paul O'Neill, justo antes de viajar a la región la semana pasada.

Mientras una romería de directivos de empresas estadounidenses era acusada de corrupción, O'Neill señaló que Washington no debería ayudar a las economías de la región agobiadas por la deuda, porque el dinero podría terminar en algún banco suizo. Su imprudente comentario provocó la caída en picada del real, la volátil divisa brasileña.

Cuando O'Neill terminó de ver en persona el caos financiero sudamericano durante una rápida gira por Brasil, Uruguay y la Argentina, midió mucho más sus palabras. Antes de regresar a casa, su gobierno sorprendió a todos al dar su visto bueno a un préstamo de 30.000 millones de dólares para Brasil del Fondo Monetario Internacional (FMI) en concepto de ayuda económica que ha restaurado cierta estabilidad. O'Neill concedió una ayuda del Tesoro de EE.UU. a Uruguay por valor de 1.500 millones de dólares para evitar la salida de fondos de los bancos charrúas. Ahora incluso espera recibir ayuda la derrochadora y arruinada Argentina, hundida en una recesión interminable causada por la corrupción y las políticas desatinadas, aunque O'Neill no ha hecho promesas al respecto.

Al cambio radical de política le siguió un esquema típico del equipo de Bush: resistirse, resistirse; resistirse especialmente a algo que Bill Clinton haya hecho y luego ceder ante la realidad de la situación. Sencillamente, no podía permitirse la bancarrota de Brasil, la principal economía de América latina y la novena del mundo, porque sería demasiado. Su colapso habría sacudido a Wall Street, ya que los principales bancos e industrias estadounidenses están muy expuestos a lo que su-cede allí; más de 100.000 millones de dólares, entre préstamos e inversionistas. Mientras los ideólogos ortodoxos del partido de Bush denunciaron la maniobra como una traición de principios, la facción republicana que sólo mira números y negocios quedó encantada con el pragmatismo del gobierno. «Aumentaron todas las reservas bancarias», dijo un funcionario del partido. «Contribuyó a dar la sensación de que tal vez lo peor haya quedado atrás.»

• Motivaciones

En definitiva, la decisión tuvo motivaciones políticas. Los inversionistas provocaron la crisis brasileña con sus temores a los dos candidatos a la presidencia que encabezan las encuestas de cara a las próximas elecciones. Ambos son de izquierda y podrían dar marcha atrás a los encomiables esfuerzos del país por adoptar reformas para el libre comercio. Pero un impago brasileño que perjudique la tenue recuperación estadounidense les costa-ría demasiado a los republicanos en las elecciones legislativas de noviembre. Casualmente, en ese momento también se abrirán las negociaciones para un gigantesco Tratado de Libre Comercio de las Américas que abarque a todo el continente. Si la economía de Brasil continúa cayendo, se suspenderían las negociaciones, y eso sería una vergüenza política para Bush.

El gobierno finalmente dirigió su mirada a la región en un momento en que ha fracasado el modelo económico estadounidense, que adoptó la mayo-ría de los países latinoamericanos hace una década por deseo de Washington. Supuestamente, la apertura de los mercados y la austeridad presupuestaria mejorarían la calidad de vida de todos, pero en realidad la desigualdad salarial se exacerbó, hay más de 500 millones de personas ancladas en la pobreza en la región y sus economías se parecen más a la de Global Crossing que a las de los países prominentes que esperaban ser. La semana pasada se afianzó aun más la sensación de que Washington venía perdiendo su influencia en América latina: la guerrilla marxista mató a 20 personas con disparos de morteros en Bogotá durante la toma de posesión del presidente Alvaro Uribe.

La reacción puede sentirse en el ascenso de políticos de izquierda que prometen moderar la insensibilidad del mercado con viejas recetas que protejan a trabajadores y pobres. Líderes de izquierda como Luiz Inácio Lula Da Silva, de 56 años, el fogoso líder del Partido de los Trabajadores (PT) de Brasil, basan su campaña en el rechazo al Consenso de Washington, como se ha dado en llamar a las reformas capitalistas. En una entrevista con «Time», Lula dejó en claro que, si llega a la presidencia, el plan ideado por Bush para un área de libre comercio en todo el hemisferio puede que no entre en vigor en la fecha límite actual, fijada para 2005.

La clave es la corrupción. Las economías de América del Sur necesitaban la disciplina y la austeridad presupuestaria de las reformas respaldadas por Estados Unidos, que liberaron a la región de la traumática hiperinflación y abrieron las puertas a cientos de miles de millones de dólares en inversiones extranjeras. Pero no pudieron controlar la plaga de corrupción de sus elites, la ausencia de un sistema judicial en el que se pueda confiar y la adicción al capital externo, que dejaron al capitalismo latinoamericano tan abierto a los abusos y al colapso como las oficinas de Enron. Como dijo Terry Karl, un experto en América latina de la Universidad de Stanford: «El Consenso de Washington concentró aun más el poder económico y político en la región con mayores desigualdades del mundo».

El equipo latinoamericano de Bush explica que precisamente por eso se niega a rescatar a cleptocracias como las que rigen en la Argentina. A Buenos Aires le falta una «idea clara del estado de derecho».

El Consenso de Washington podría haber funcionado mejor si Washington hubiera procurado abrirle paso a la democracia con la misma seriedad con que abrió mercados. Janecleide Batista, una madre soltera de 24 años de Sao Paulo, donde nació Lula, perdió su trabajo como operadora de teléfonos cuando su empresa pasó a manos extranjeras. Ahora comparte un cuarto de un edificio ocupado con otras ocho familias. Para ella, las reformas del libre mercado significan que el equipo de fútbol que ganó la Copa del Mundo para Brasil «tenga autos nuevos gratis, mientras nosotros nos sentamos acá en la calle y no tenemos nada de nada». El rescate de Bush puede ser bueno para Brasil, pero puede que no sea suficiente para renovar la fe en la vía capitalista al progreso.

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