En amplios sectores de Bagdad siguen faltando luz y agua. Los problemas de abastecimiento no se solucionan, incluida la nafta. Con esta situación caótica y un movimiento chiíta que parece irrefrenable, el presidente George W. Bush decidió profundizar las reformas en su recién estrenada delegación en Irak. Echó a la administra-dora de la capital, Barbara Bodine, y es casi seguro que el delegado del Pentá-gono, Jay Garner, también se irá. El líder chiíta Mohammed Baker Hakim volvió a rechazar al "gobierno impuesto" en una visita a Nassiriya. En tanto, la frialdad sigue imperando en las relaciones de la Casa Blanca con otros países.
El regreso de Bodine coincide con la llegada del diplomático Paul Bremer como jefe de la administración interina en Irak, por encima del delegado del Pentágono, el general retirado y empresario armamentístico En declaraciones al periódico «The Washington Post», Bo-dine declaró: «No me voy con la sensación de que hemos hecho todo lo que hemos podido, pero tampoco me voy con la sensación de que ha sido un fracaso».
Según la diplomática, su marcha se produce en un momento «natural», ya que se ha puesto «en funcionamiento la maquinaria» para que ahora «alguien tome el relevo para comenzar la transformación política».
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