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28 de junio 2007 - 00:00

Cae telón para la "década mágica"

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Para acallar a sus enemigos, Tony Blair no tiene más que recordarles su historial de éxitos, que se resumen en uno solo: es el único laborista que ha ganado tres elecciones consecutivas. Llegó al 10 de Downing Street el 2 de mayo de 1997, poniendo fin a un « reinado» conservador de 18 años. Considerada una «década mágica» para sus admiradores, sus críticos abominan de ella por dejar moribunda a la izquierda en Gran Bretaña y por echarse sin ningún tipo de pudor en los brazos del «amigo americano».

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A diferencia de los primeros ministros conservadores que lo precedieron en el cargo -Margaret Thatcher y John Major-, Blair no estudió en un colegio público. Nacido en 1953 en Edimburgo, siempre recibió una educación esmerada... y privada. En su ciudad natal escocesa se formó en el prestigioso colegio Fettes, y luego se hizo abogado en Oxford.

Si su admirado Bill Clinton tuvo que reconocer un grave desvarío universitario -fumar marihuana-, el británico también tuvo sus coqueteos con la cultura urbana y juvenil de su época. La guitarra eléctrica lo seducía entonces más que la política, y llegó a tocar en una banda, The Ugly Romours.

Pero aquello duró poco. Después de dejar las aulas en 1975, se especializó en Derecho Laboral en el estudio de un abogado laborista. Desempeñando esas funciones conoció a una joven católica, Cherie Booth, con quien se casó en 1980. Parece ser que la influencia de Cherie fue decisiva para que el joven se dedicara a la política. Y de una forma imparable.

La inesperada muerte el 12 de mayo de 1994 del entonces dirigente laborista, John Smith, lo catapultó a la primera fila del partido. A sus 41 años se convertía en el líder más joven en la historia de la formación.

El ala más izquierdista nunca le perdonaráesos primeros años de liderazgo. El ex abogado dio por tierra con lo que se había demostrado en realidad casi como una política suicida de compromiso sindical. Blair, con su indiscutible encanto de encendido orador, se acercó al empresariado, entonó cánticos de alabanza a un neoliberalismo bien entendido, atrajo al electorado de centro y remató al devaluado poder conservador.

El resultado se materializó en tres victorias consecutivas en las urnas: 1997, 2001 y 2005. Y dos fueron los talismanes que hicieron posible el éxito: Nuevo Laborismo y Tercera Vía.


El nuevo credo escandalizaba al sector más ortodoxo del partido pero atraía a un votante castigado por décadas de ajuste «tory». «El país necesita más gente capaz de hacerse rica gracias a todo el dinero que pueda ganar», decía el flamante primer ministro. De nuevo su juventud actuaba como un imán sobre una sociedad deseosa de cambio. Con 43 años, marcaba un nuevo hito en la política británica siendo el primer ministro más joven desde Lord Liverpool, en 1812.

Basándose en las teorías del profesor Anthony Giddens, fue ajustando su programa de gobierno hacia un pragmatismo que acuñó un apelativo nada cariñoso y del que siempre ha renegado: «Hijo de Thatcher». Giddens sentó las bases de un nuevo y « light» izquierdismo en su obra de 1998: «La Tercera Vía: la renovación de la socialdemocracia».

Las recetas básicas eran la reforma del Estado del Bienestar para salvar lo poco que los conservadores habían dejado en pie, el seguidismo a los rígidos dictados que imponía la globalización económica y una vocación internacionalista frente al aislacionismo propio de los «tories».

Quizá la única concesión hacia la izquierda tradicional era la decidida apuesta por la educación como motor de progreso. En un primer momento, la Tercera Vía les acercó a líderes como el socialdemócrata alemán Gerhard Schröder, pero en general la izquierda europea veía con recelos la presunta renovación isleña.

  • Reproches

    La «especial relación» que ha marcado tradicionalmente la política de Londres hacia Washington ha sido un eje fundamental para comprender la «década Blair». No sólo la izquierda le ha reprochado su entrega hacia la política militarista de la Casa Blanca. El líder sudafricano Nelson Mandela dijo: «Blair es el ministro de Relaciones Exteriores de Estados Unidos».

    El propio Bush, con las cenizas aún calientes de las Torres Gemelas, agradeció el compromiso del británico en la lucha que comenzótras el 11-S: «EE.UU. no tiene otro amigo más sincero que Gran Bretaña».

    De hecho, y como ya sucedió en España y en los propios Estados Unidos, la guerra de Irak pasó factura al primer ministro. En estos días, Blair anda empeñado en lavar esa imagen «guerrera». En encuentros privados con los medios de comunicación celebrados a modo de despedida ha afirmado: «La historia hará su propio juicio sobre nuestra política, pero ahora la prioridad es la reconstrucción de Irak y el aumento de la seguridad».

    Ese decidido apoyo a la guerra no sólo le valió la división de su partido ni el castigo en las encuestas. En julio de 2005, una serie de atentados suicidas en el metro londinense acabaron con la vida de 52 personas. Su primera gran derrota en la Cámara de los Comunes vendría también de la mano de esa particular concepción de la lucha contra el terrorismo.

    Los diputados se negaron a ampliar de 14 a 90 días la duración del período de detención de sospechosos sin cargos.

    En la calle, la contestación no era menor. Más de un millón de personas salió a las calles de Londres el 16 de febrero de 2003 para gritar: «No a la guerra».

    Sin embargo, el reciente acuerdo, el 26 de marzo, entre los republicanos y los unionistasnorirlandeses para compartir el poder ha constituido un innegable éxito que le eleva entre muchos de sus conciudadanos como « hombre de paz».

    Con el anuncio de su retirada, Blair se une a los que han sido sus compañeros de viaje en la política internacional: Schröder, Berlusconi, Chirac, Aznar, Bush (pronto)... Deja los deberes hechos en el terreno doméstico. Las inversiones han revitalizado los servicios públicos, aunque ello no ha impedido un cada vez menor entusiasmo del electorado laborista. Se ufana de haber creado 2,5 millones de puestos de trabajo y de haber luchado contra la pobreza infantil en el período más largo de crecimiento económico «en 200 años». Pero su popularidad no rebasa 30%, cuando antes había batido récords. El resultado es que los conservadores de David Cameron parten favoritos por primera vez en la «década prodigiosa» frente a su más que probable sucesor, Gordon Brown.
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