El thriller del control de la constituyente determina el futuro del modelo chileno

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Se la elegirá en abril. Programas y posibles alianzas en danza. El mercado financiero teme por el fin del "milagro" y exagera con el espectro venezolano. La Bolsa, pesimista.

El histórico triunfo del sí a una amplia reforma de la Constitución chilena, logrado con el 78,27% de los votos y complementado por la determinación de que se realizará a través de una convención libre de la interferencia del Congreso, marca solamente el principio de un proceso. Desde ayer mismo, este saca a la luz el apasionante espectáculo de la política leudando antes de entrar al horno, con presiones cruzadas, enfrentamientos y acuerdos entre partidos y facciones independientes, de abajo hacia arriba y viceversa, sin certeza alguna sobre el saldo final. Esa incertidumbre es lo que le provoca alergia al establishment financiero y empresarial: en lo que ya constituye todo un clásico continental, este agita el espectro venezolano y el temor a una salida en estampida del capital que animó un “milagro” de 35 años, tan pródigo en crecimiento y reducción de la pobreza como inequitativo y avaro en el reparto de los beneficios. No fue otro, en definitiva, el puntapié inicial de toda esta trama.

Aunque el resultado se descontaba en el trazo grueso, su contundencia provocó ayer desánimo en el mercado. En un contexto global con números en rojo, la Bolsa de Santiago no encontró motivos propios para el entusiasmo y abrió, como primera reacción, con una baja del 1%, la que se fue estirando con el correr de la rueda hasta arrojar pérdidas superiores al 2,5%.

El proceso “puede provocar cierta incertidumbre entre los inversionistas, que no ven pilares sólidos en nuestro país para mantener sus inversiones”, dijo Francisco Román, analista de mercados de XTB Latam, al sitio El Mercurio On-Line. Caramba: ¿qué pensarán sobre lo que ocurre de este lado de la cordillera?

Como contó Ámbito en su edición de ayer, en la Convención Constitucional estarán en juego aspectos centrales del modelo de Augusto Pinochet como los esquemas semiprivatizados de salud y educación, y, como contracara, la posibilidad de un acceso verdaderamente universal y garantizado por el Estado a los mismos.

El resultado surgirá del texto que elabore aquella con el respaldo de dos tercios de los votos, lo que, en principio, obligaría a la búsqueda de acuerdos y moderaría los ímpetus de cambio. Sin embargo, ese mencionado 78%, decididamente reformista, desvela a la derecha más dura, heredera del pinochetismo, y a los agentes económicos más consustanciados con el modelo. Así las cosas, ¿qué saldrá de la elección de convencionales?

Ayer mismo comenzó una carrera sin postas hacia el 11 de abril del año que viene, cuando se celebrará lo que ya puede definirse como una superelección: ese día, además de los convencionales, se votará por primera vez a los gobernadores de las regiones -que hasta ahora han sido nombrados por el presidente de la República–, además de alcaldes y concejales.

La Convención Constitucional tendrá 155 miembros votados de acuerdo con las reglas que rigen los comicios para la Cámara de Diputados, esto es en base a criterios regionales, con distritos que oscilan entre tres y ocho escaños, según el caso. Participarán, claro, los partidos y alianzas tradicionales, pero además, en base al Acuerdo Por la Paz Social y la Nueva Constitución, firmado el 12 de noviembre del año pasado para poner fin a las protestas, muchas veces violentas, habrá espacio para sectores independientes.

Así, ciudadanos no afiliados a partidos políticos podrán conformar listas con una composición mínima de dos integrantes -regirá la paridad de género- o, como el resto de los sectores, en una boleta completa en el distrito en cuestión. Cada lista deberá presentar, para ser oficializada, firmas que la avalen: en caso de las incompletas, equivalentes al 0,4% de los electores que hayan votado en ese distrito en la última elección de diputados, esto es la de 2017, o, en el caso de las plenas, del 1,5%.

Sin embargo, las condiciones podrían ser más laxas, según una enmienda ya aprobada por la Cámara Baja y en estudio en el Senado, que reduciría esos requisitos del 0,4% a 0,2% y del 1,5% al 0,5%.

En teoría, estas reglas, aún en pleno debate, abrirían la puerta a una cierta dispersión del voto, algo que, según los más alarmados, podría prestarse a planteos radicales y dificultar los consensos necesarios. El tiempo dirá si esos pronósticos son fundados.

Llegar a los dos tercios en cada tema será entonces la cuestión. El mundo empresarial y financiero teme. ¿Qué pasará con el derecho de propiedad, cuál será el acuerdo de dos tercios que permita normar ese aspecto sensible? ¿Qué pasará con las garantías a la inversión extranjera? ¿Qué será, en definitiva, de uno de los pilares de un modelo económico basado en la idea del derrame y fuertemente dependiente de la inversión y la competitividad?

Por esa razón, diferentes referentes comenzaron ayer a lanzar llamamientos a la unidad de partidos y sectores afines. El ruego es para que primen en la elección los intereses organizados.

¿El centroizquierda irá unido? ¿El comunismo hará rancho aparte? Por otro lado, ¿qué hará la derecha? Los sectores más moderados de esta última primero respaldaron la realización del plebiscito y luego acompañaron el sí con el voto, lo que les genera escalofríos a los más sensibles. Para estos, una suerte de “coreacentrismo” permitió un resultado que terminará por capitalizar la izquierda para demoler el sistema económico de libérrimo mercado.

“Borrar tu legado será nuestro legado”, decía una bandera gigantesca, desplegada el domingo a la noche a la hora de los festejos en la plaza Baquedano de Santiago. Chile parece decidido a deshacerse para siempre de la sombra del tirano. Eso está claro. Lo que aún no toma forma es el futuro.

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