3 de junio 2005 - 00:00

Como Felt se hizo fuente de Woodward

El periodista Bob Woodward, quien junto con Carl Bernstein destapó el caso Watergate que derribó al republicano-Richard Nixon, escribió ayer en «The Washington Post» un apasionante relato sobre cómo su amigo Mark Felt se transformó en «Garganta Profunda». Reproducimos aquí los párrafos clave del artículo.

Bob Woodward y Mark Felt
Bob Woodward y Mark Felt
En 1970, cuando prestaba servicios como teniente en la armada de EE.UU., a veces actuaba como cartero, llevando documentos a la Casa Blanca.

Una tarde fui enviado con un paquete al piso más bajo del ala izquierda de la Casa Blanca, donde había un pequeño lugar de espera cerca de la Sala de Situación. Después de aguardar un rato, un hombre alto con un pelo gris perfectamente peinado, vino y se sentó cerca de mí. Probablemente, tenía 25 o 30 años más que yo. Era muy distinguido y tenía la postura de alguien acostumbrado a dar órdenes y a que ellas fueran cumplidas al instante. Después de varios minutos, me presenté. «Teniente Bob Woodward»; «Mark Felt», contestó.

* * *

Felt y yo parecíamos dos pasajeros sentados uno junto al otro en un largo vuelo con ningún lugar para ir y nada para hacer. Finalmente, logré sonsacarle la información de que era director asistente del FBI a cargo de la división de Inspección, un puesto importante debajo del director J. Edgar Hoover (...)

Yo fui respetuoso, pero debí haber aparecido muy necesitado. El fue simpático, y su interés en mí parecía de algún modo paternal. Le pedí su número de teléfono y me dio la línea directa de su oficina.

* * *

(Felt y Woodward establecieron una relación de amistad.) El fue una de las personas a las que consulté en profundidad acerca de mi futuro, el cual ahora asomaba más ominoso a medida que se aproximaba la fecha de mi baja de la armada.

En agosto de 1970, fui formalmente liberado de la armada. Me había suscripto a «The Washington Post» cuando supe que estaba liderado por un pintoresco y riguroso editor llamado
Ben Bradlee. Durante mi búsqueda por un futuro, había enviado una carta al «Post» pidiendo un trabajo como cronista. De algún modo, Harry Rosenfeld, el editor de Ciudad, accedió a verme. Me observó sobre sus anteojos con perplejidad. «¿Por qué 'The Washington Post' querría contratar a alguien sin experiencia?», dijo. Rosenfeld finalmente concluyó: «Deberíamos intentarlo.
Te daremos una prueba de dos semanas».
Después de dos semanas, yo había escrito quizás una docena de historias. Ninguna había sido publicada ni estuvo cerca de ser publicada. Ninguna había sido siquiera editada.

«Mirá, no sabés cómo hacer esto», dijo Rosenfeld. Tomé luego un trabajo en «The Montgomery Sentinel», donde Rosenfeld dijo que podía aprender a ser periodista. Llamé a Mark Felt, quien, en un modo gentil, me indicó que él pensaba que estaba loco. Dijo que los diarios no hacen un trabajo profundo y rara vez van al fondo de los hechos. «Bien. Estoy decidido», dije. Quizás él podía ayudarme con las historias.

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Las investigaciones del Watergate después revelaron que en 1970 un joven colaborador de la Casa Blanca llamado
Tom Charles Huston, había llevado adelante un plan autorizado por la CIA, el FBI y las unidades de inteligencia militar para intensificar la vigilancia electrónica contra las «amenazas a la seguridad doméstica,que autorizaba la aperturailegal de correspondenciay levantaba las restriccionespara métodos subrepticios o robo de información para cosechar pruebas de inteligencia. Huston advirtió en un memo top-secret que el plan era «claramente ilegal». Nixon inicialmente aprobó el plan de todas maneras.

Felt, un hombre mucho más instruido de lo que muchos creían, más tarde escribió que consideraba a Huston una especie de «gauleiter» de la Casa Blanca (gauleiter: jefe de un distrito político bajo control nazi).

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El 1 de julio de 1971, cerca de un año antes de que estallara el caso Watergate, Hoover promovió a Felt como número tres del FBI. A pesar de que el ladero de Hoover,
Clyde Tolson, era técnicamente el número dos, éste también estaba enfermo y no iba a trabajar muchos días.

En agosto, un año después de mi prueba fallida, Rosenfeld decidió contratarme. Empecé en el «Post» al mes siguiente. A pesar de que estaba ocupado en mi nuevo trabajo, conservé a Felt en mi lista de llamados.
Era relativamente libre conmigo, pero me insistió que él, el FBI y el Departamento de Justicia deberían estar al margen de lo que yo pudiera usar indirectamente o pasarlo a otros. Era severo y estricto acerca de aquellas reglas. El único modo de asegurarlo era no decirle a nadie que nos conocíamos o hablábamos, o que conocía a alguien en el FBI o en el Departamento de Justicia. A nadie.

Cerca de las 9.45 del 2 de mayo de 1972, Felt estaba en su oficina del FBI cuando un asistente le informó que Hoover había muerto en su casa. Felt estaba atontado. Por diferentes razones, él era el primero en la línea de sucesión para hacerse cargo del FBI. (Después de esta desilusión, Felt quedaría nuevamente impactado cuando, tras el intento de asesinato del gobernador de Alabama, George C. Wallace, Nixon le dijo personalmente: «Es un desastre que no hayan molido a ese hijo de puta».)

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El sábado 17 de junio, el supervisor nocturno del FBI llamó Felt a su casa.
Cinco hombres en traje de negocios, con billeteras llenas de billetes de cien dólares y portando micrófonos y equipos fotográficos, habían sido arrestados dentro de las oficinas centrales de los demócratas en el edificio Watergate a las 2.30.

A las 8.30, Felt estaba en su oficina en el FBI, buscando más detalles. El editor de Ciudad del «Post» me llamó y me pidió que vaya a cubrir un robo inusual.

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Al día siguiente,
Carl Bernstein y yo escribimos nuestro primer artículo juntos, identificando a un delincuente, James W. McCord Jr., un coordinador de seguridad del comité de seguridad de Nixon. Seguí la pista de E. Howard Hunt, cuyo número de teléfono había sido encontrado en la agenda de dos ladrones con una pequeña anotación junto al nombre, «W. House» y «W.H.».

Este es un momento cuando una fuente o un amigo en las agencias de investigación del gobierno es invalorable. Llamé a Felt al FBI. Lo ubiqué a través de su secretaria
. Era nuestro primer diálogo sobre el caso Watergate. El me recordó cuánto le disgustaban los llamados telefónicos a la oficina, pero me dijo que el caso del ladrón de Watergate iba a recalentarse por razones que no me podía explicar. Después, cortó abruptamente.

Un día más tarde, Carl tenía el día libre. Levanté el teléfono y disqué al 456-1414 --la Casa Blanca-y pedí por Howard Hunt. No estaba, pero la operadora dijo gentilmente que debía estar en la oficina de Charles W. Colson, asesor especial de Nixon. (Tampoco estaba, lo llamó a una oficina privada donde trabajaba.)

«¡Mi Dios!», gritó Hunt cuando me atendió antes de arrojar el teléfono. Llamé al presidente de la firma,
Robert F. Bennett -actual senador republicano de Utah-. «Estimo que no es un secreto que Howard estaba con la CIA», me dijo.

Llamé a Felt otra vez al FBI. Colson, Casa Blanca, CIA. Le dije: «¿Qué tengo? Cualquiera puede tener el nombre de alguien en su agenda. Quiero ser cuidadoso acerca de culpabilizar por asociación».
Felt parecía nervioso. Dijo off the record que Hunt era el principal sospechoso de robo en el Watergate por muchas razones más allá de la agenda. (Bernstein viajó a Miami, donde vivían los cuatro ladrones, siguiendo la pista del dinero, y se comprobó que había recibido fondos de Maurice H. Stans, principal financista de Nixon.)

Traté de llamar a Felt, pero no tomaría la llamada. Traté en su casa de Virginia y no tuve mejor suerte. Una noche aparecí en su casa de Fairfax. Era un lugar perfectamente guardado, típica casa del suburbio.
Su modo me puso nervioso. Me dijo: «No más llamadas, no más visitas a su casa, nada en público».

* * *
 Necesitaríamos preestablecer un sistema de notificación -un cambio en el ambiente que nadie más pudiera notar o asociar algún significado-.
Bajo presión, dije que tenía una bandera roja pequeña, del tipo que se usan en camiones largos, que una novia había encontrado en la calle. Yo movería el florero con la bandera hacia la parte posterior si necesitaba encontrarlo urgentemente. «Debe ser importante y excepcional», remarcó. La señal significaría que nos encontraríamos en el mismo lugar cerca de las dos de la mañana, al fondo del garaje subterráneo justo sobre el puente Key en Rosslyn.

Felt dijo que yo tendría que seguir las estrictas técnicas de contrainteligencia.
«Usá las escaleras posteriores cuando estés yendo a un encuentro conmigo. Tomá un taxi desde el hotel, bajate y luego caminá hasta Rosslyn. Tomá otro taxi y caminá varias cuadras antes de llegar al garaje. Si te siguen, no bajes.» (Siguen las indicaciones) «Cómo pudo observar diariamente mi balcón es todavía un misterio para mí.»

* * *
 Carl y yo obtuvimos una lista de todos los que trabajaban para el comité de reelección de Nixon. Le expliqué a Felt que nos cerraban muchas puertas en nuestra cara. Había un montón de miradas aterradas. Estaba frustrado.

Felt me respondió que no debía preocuparme por presionarlo a él (...). Era un mensaje inusual, alentándome enfáticamente a llegar a sus propias narices..
.

Sólo después de que Nixon hubiera renunciado, me comencé a preguntar por qué Felt había hablado tomando riesgos cruciales para él y el FBI. Felt creyó que estaba protegiendo al FBI encontrando un modo, clandestino como era, para hacer pública alguna información, para ayudar a construir presión pública y política para hacer a Nixon y a su gente responsables.

En nuestro libro «Todos los hombres del presidente», Carl y yo... más probablemente, concluimos:
«'Garganta profunda' estaba tratando de proteger su oficina, para provocar un cambio en su conducta antes de que estuviera perdida».

Cada vez que le llevé la pregunta a Felt, él tuvo la misma respuesta: «Tuve que hacerlo a mi modo».

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