8 de enero 2003 - 00:00

Debate por clonación llega a Washington

Washington - El Congreso de Estados Unidos enfrenta temas de guerra, de estímulos a la economía y de reforma al sistema de salud, todos los cuales podrían parecer trabajo fácil comparados con la clonación humana.

El mes pasado, la Universidad de Stanford anunció la creación de un nuevo instituto de investigación financiado con fondos privados, que buscará curas para el cáncer y otras enfermedades usando células tomadas de embriones humanos clonados.

El proyecto fue rápida y predeciblemente denunciado por activistas que consideran la clonación de embriones para investigación como el primer paso hacia las «granjas de bebés» y cosas peores.

Dos semanas después, un grupo de gente muy insólita que se hacen llamar los «raelianos» anunció que había logrado clonar un bebé en Europa. Por lo que cualquier observador independiente pudo establecer, la afirmación no era más que un palabrerío sin ninguna prueba. Los raelianos trajeron un poco de diversión durante la calma de la Navidad; siempre es bueno enterarnos de entusiastas que se niegan a leer diarios porque no creen en matar árboles, y nadie se olvidará de la imagen del mismo Rael, un ex piloto francés de carrera que pedía en la CNN que lo llamen «su santidad».

Hubo, no obstante, una lección en el extraño interludio raeliano: que una afirmación tan endeble pueda provocar tamaña reacción pública pone de relieve nuestra intranquilidad acerca del tema.
Esa es razón suficiente para que el Congreso se ocupe de la clonación.

El verano pasado la Cámara de Representantes aprobó por un margen sustancial una prohibición amplia contra la clonación, tanto para investigación y la creación de embriones para experimentar, como propone Stanford, como la «clonación reproductiva», que crea bebés, como los raelianos.

En el Senado tal prohibición requeriría 60 votos, dadas las vetustas normas de procedimiento del cuerpo. Ni las fuerzas anticlonación ni el establishment científico lograron reunir esos 60 votos.

«Probablemente reunimos algunos votos» con las victorias republicanas en las elecciones de otoño, dice
Mary Cannon, directora ejecutiva de Stop Human Cloning.

Algunos partidarios de la clonación para investigación, como
Max Cleland de Georgia y Strom Thurmond de Carolina del Sur, fueron reemplazados por senadores que se oponen a la clonación.

El nuevo líder de la mayoría en el Senado,
Bill Frist de Tennessee, es a la vez médico y opositor a la clonación para investigación.

• Intolerable

Los opositores a la clonación siguen careciendo de los votos que precisan para una prohibición general, dice Cannon. Lo más probable es que el estancamiento perdure, incluso aunque ambas partes del debate opinan que el statu quo es intolerable. «Hubo indignación pública por los raelianos», dice Kevin Wilson, de la Sociedad Estadounidense para la biología genética, que apoya la clonación con fines de investigación, «¿pero se da cuenta la gente de que lo que afirman los raelianos -clonar un bebé- es legal en Estados Unidos actualmente? Y es legal porque el Congreso no actúa». «El Senado podría aprobar una prohibición a la clonación reproductiva mañana. El presidente podría sancionarla para el fin de la se-mana. Pero no sucederá, por razones políticas», agregó.

Más precisamente no sucederá porque los partidarios de una prohibición general no apoyarán una prohibición parcial que abarque solamente la clonación reproductiva. Para ellos, la distinción entre clonación «reproductiva» y de «investigación» es una ficción de relaciones públicas. En ambos casos el procedimiento es idéntico, la única diferencia está en los usos que se les dará a los embriones clonados: pueden llegar a ser bebés o pueden ser destruidos durante la investigación.

A veces el campo de la política y el científico se cruzan, y otras se chocan. Cuando eso ocurre, corresponde a los políticos decidir qué hacer... Les guste o no.

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