Distinción a Rushdie le vale otra vez amenazas de muerte
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Islamistas
musulmanes
queman una
bandera
británica y
profieren
amenazas
(izquierda)
en reacción a
la concesión
de un título
honorífico a
Salman
Rushdie
derecha) por
parte de
Isabel II.
En Pakistán se quemaron efigies tanto de Rushdie como de la soberana británica y ardieron banderas británicas mientras cientos de personas gritaban «muera Gran Bretaña, muera Rushdie» y varios dirigentes islámicos llamaban a protestar el próximo viernes. Por su parte, Irán citó al embajadorbritánico en Teherán.
Mientras tanto, según el diario «The Times», la Organización para la Conmemoración de los Mártires del Mundo Musulmán, un grupo extremista, ofreció una recompensa de 150.000 dólares a cualquier persona que consiga acabar con la vida del novelista.
La polémica también resonó en el Reino Unido. El primer miembro musulmán de la Cámara británica de los Lores, lord Ahmed, expresó a la BBC su «horror» por la concesión del título a Rushdie cuando «hace sólo dos semanas, el primer ministro (Tony Blair) hablaba de construir buenas relaciones entre el mundo musulmán y Gran Bretaña».
El escritor, de origen indio y que ayer cumplió 60 años, se convirtió en el enemigo número uno de los fundamentalistas al publicar en 1988 «Los versos satánicos» que narra la historia de unas prostitutas que soñaban que eran las mujeres del profeta Mahoma. Tathcher era el personaje «Señora Tortura».
El 14 de febrero de 1989, Khomeini, guía supremo de la revolución islámica iraní, pronunció una «fatwa» contra Rushdie, condenándolo a muerte. El escritor se tuvo que resignar a vivir en la clandestinidad durante una década, rodeado de guardaespaldas.
El 12 de julio de 1991, el traductor japonés de su novela, Hitoshi Igarashi, fue asesinado a puñaladas en Tokio. Rushdie abandonó definitivamente la oscuridad en 1998, luego de que Teherán decidiera no aplicar el decreto de Khomeini tras negociaciones secretas con Londres
En octubre de 2006, en una larga entrevista con el diario británico «The Independent», el escritor expresó su preocupación por las desviaciones fundamentalistas del islam y denunció que, tras los atentados del 11 de setiembre en EE.UU., «todos vivimos bajo una 'fatwa'».



