Documentos complican escándalo Enron
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«Para el ciudadano común, daría la impresión de que estamos ocultando nuestras pérdidas», reza la carta de Watkins.
Dos meses después de ese memorándum, que ahora figura entre las seis cajas de documentos que analizarán el Congreso y el gobierno, Lay pidió un salvavidas ante el inevitable colapso de Enron, una empresa con sede en Houston (Texas).
Pero los contactos entre Enron y miembros del gabinete del presidente George W. Bush no surtieron el efecto deseado, pues la Casa Blanca decidió, por desgracia o por fortuna -o para evitar un posible conflicto de interés-no intervenir en el caso. Y es que Bush, amigo de Lay, fue uno de los principales beneficiados de Enron, tras recibir 623.000 dólares para sus diversas campañas electorales.
Enron también contribuyó con unos 5,7 millones de dólares para centenares de legisladores, aunque la mayor parte fue para republicanos. Ahora quieren determinar si estas donaciones pretendieron influir en la política energética del país.
Cinco comités del Congreso, la Comisión de Mercado de Valores (SEC) y los departamentos de Justicia y de Comercio investigan ya las presuntas irregularidades de contabilidad de la empresa energética y de Andersen. Lay, al igual que otros ejecutivos de Enron, han sido convocados por el Congreso el próximo mes para rendir cuentas sobre el origen de este complejo escándalo financiero.
La empresa, que gozó de fama y éxito en Wall Street en los años noventa, minimizó durante años el volumen de sus pérdidas y deudas, en un aparente intento de proteger el valor de sus acciones. Enron se declaró en bancarrota el 2 de diciembre, dejando a miles de empleados en la calle y sin fondos de pensiones y en la ruina a miles de accionistas. Sin embargo, algunos ejecutivos sí pudieron vender a tiempo sus acciones y, de ribete, obtuvieron ganancias por 1.100 millones de dólares.
La caída estrepitosa de Enron tiene todos los ingredientes de un escándalo de película: posible tráfico de influencias, falsas declaraciones, abuso de información privilegiada, fuertes conexiones políticas y posible obstrucción de la Justicia.
Arthur Andersen, en tanto, se encuentra en el ojo de la tormenta y para aplacar la ola de críticas y las amenazas de juicios decidió despedir al socio del gabinete David Duncan, que supervisaba la auditoría de las cuentas de Enron, al igual que a otros tres asociados.




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