30 de octubre 2006 - 00:00

El lulismo surge de las ruinas del PT

José Serra, Geraldo Alckmin y Fernando Henrique Cardoso, el ala paulista en pleno del PSDB. Este partido fue derrotado ayer, pero surge como una fuerte alternativa de poder para 2010.
José Serra, Geraldo Alckmin y Fernando Henrique Cardoso, el ala paulista en pleno del PSDB. Este partido fue derrotado ayer, pero surge como una fuerte alternativa de poder para 2010.
El de ayer fue un triunfo sólo de Lula da Silva. Es que en el último año y medio, y con especial fuerza en el tramo final de la campaña para la primera vuelta del 1 de octubre, no quedaron -escándalos mediante- ni rastros del que hace poco fuera considerado el partido más fuerte y disciplinado de Brasil, o el único en rigor: el Partido de los Trabajadores.

Así, más que nunca, en el nuevo gobierno que debutará el 1 de enero próximo, habrá que hablar de lulismo y ya no de petismo. Un rasgo que marcará a fuego su programa, su política de alianzas y la propia sucesión presidencial en octubre de 2010.

En la misma noche de 1 de octubre muchos analistas se sorprendían por el pase a segunda vuelta de Geraldo Alckmin y por el hecho de que éste hubiera superado 41% de los votos, afirmando que comenzaba una nueva elección de final abierto. Ambito Financiero señaló entonces que, salvo una nueva y extraordinaria denuncia que alcanzara de lleno al propio Lula y no ya a sus allegados, éste tendría asegurada la reelección en el ballottage. Lo primero nunca ocurrió; lo segundo, sí. Obsesionarse en centrar toda una campaña en la ética pública no es una tarea sencilla para un político como Alckmin, miembro de larga data de un establishment mirado en su conjunto con malos ojos por la sociedad.

Imaginar el segundo gobierno de Lula da Silva debe partir de recordar cuáles fueron las claves del primero, y de comprender las fortalezas y las debilidades del liderazgo avalado por las urnas.

La estabilidad, lograda gracias a una política económica ortodoxa, no sólo fue la carta de presentación que le abrió al presidente los mercados de crédito y el reconocimiento internacional. También fue la base del inexpugnable apoyo popular que volvió a encumbrarlo y que le permitió sortear todos los escándalos que, incluso, llegaron a ponerlo al borde del juicio político hace un año y medio. Algo que nunca comprendió la izquierda dura que él mismo hizo expulsar del PT.

En primer lugar, la estabilidad monetaria permitió que los aumentos de salarios, más allá de sus índices módicos, implicaran ganancias reales de poder de compra para los trabajadores. Segundo, el apego a un tipo de cambio fijado libremente por el mercado, no inflado como pretenden siempre allí los sectores industriales, derivó en una apreciación del real de 30% en los últimos cuatro años. Esto, a la vez que no impidió a Brasil vivir un boom exportador inédito, desalentó la exportación de algunos alimentos de consumo muy popular, los que, cuando fue necesario para mantener los precios bajo control, además pudieron ser importados con facilidad. Esto se tradujo en fuerte abaratamiento de los alimentos, algo que para millones de brasileños hizo la diferencia entre comer y no comer. Y, tercero, complementando esto, el Plan Bolsa Familia -modesto en prestaciones, pero muy abarcadoralcanzó a 44 millones de personas de renta mensual inferior a 120 reales (57 dólares) con dinero en efectivo (hasta 95 reales, o 45 dólares). ¿El costo? Este año llegará a casi 4.000 millones de dólares.

Cabe suponer, entonces, que estas pautas de gobierno no se alterarán, sobre todo cuando Lula tendrá en el apoyo popular su mejor defensa ante más que probables nuevas andanadas de denuncias, la «tercera vuelta» prometida por algunos opositores.

Pero Lula no podrá darse por satisfecho con mantener y administrar lo hecho hasta ahora. Brasil fue, más allá de la sensación de bienestar que generó entre la población durante su primer mandato, uno de los países emergentes con menor crecimiento en los últimos cuatro años, lo que lo obligará a tomar medidas para superar el tradicional «vuelo de gallina» de la economía brasileña: por caso, en la era Lula, Brasil creció un magro 2,6% anual promedio.

  • Desafío

    En lo político, más allá de las denuncias que pretenderán seguir erosionándolo, su desafío será andar los próximos cuatro años con una gran dificultad para dar continuidad a su proyecto más allá de ese plazo. Como dijimos, ayer ganó el lulismo, no el petismo, lo que lo deja sin un sucesor claro para 2010, año en el que Lula ya no podrá ser candidato. Y, para peor, con los dos estados más importantes -San Pablo y Minas Gerais- gobernados por dos presidenciales de peso de la oposición socialdemócrata: José Serra y Aécio Neves.

    Muchos suponen que el eje paulista -Fernando Henrique Cardoso, el propio Alckmin- forzarán la candidatura de Serra para 2010 en desmedro de Neves, reelecto hace cuatro semanas con más de 70% de los votos. En ese sentido, algunos imaginan a este último como el gran aliado de Lula para los próximos cuatro años, quien podría tentarse con buscar entonces la Presidencia por fuera de su partido. ¿Con apoyo del actual presidente?
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