Fueron cuatro días de vértigo y conmoción, cuyos resultados se leen -por supuesto- en Madrid, pero también en otras capitales europeas, en Washington y hasta en Bagdad, donde a partir de junio habrá un miembro menos en la coalición militar ocupante, tal como prometió el futuro presidente de gobierno español. Ni en sus peores pesadillas los leales ministros de José María Aznar se imaginaban hace cuatro días reconociendo una clara derrota frente a un candidato opositor al que le endilgaban extrema debilidad. Al-Qaeda y la manipulación del dolor lo hicieron posible.
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El gobierno de José María Aznar y el Partido Popular (PP) se mantuvieron durante los dos mandatos (1996-2000 y 2000-2004), como un bloque férreo con una subordinación indiscutida al jefe de Gobierno saliente. Del otro lado, el PSOE navegó en los últimos cuatro años en una pléyade de cacicazgos regionales de distinto signo. Sobre ellos, José Luis Rodríguez Zapatero, que asumió la secretaría general del PSOE después de la debacle electoral de 2000 y que intentó un liderazgo sin estridencias. Sobre todos, Felipe González, eterno incumplidor de sus promesas de retiro.
Aznar separó las aguas especialmente en su segundo gobierno y España quedó radicalmente dividida entre el nacionalismo principal, el español, y los regionales en el País Vasco y Cataluña. Todo síntoma de duda o de apertura, según quien lo analizara, fue denunciado por el PP como debilidad frente al extremismo que quería «quebrar la unidad de España». En ese marco, al PSOE no le fue fácil manejar sus contradicciones.
Es indudable que la prosperidad que otorgó un crecimiento cercano a 4% promedio anual en el primer mandato, y a 2% en el segundo, fueron un argumento decisivo para que los españoles le dieran sucesivas mayorías al centroderecha español. Aunque ajustada, una victoria de Mariano Rajoy era más que previsible hasta hace cinco días. Subidos al progreso, muchos españoles parecían dispuestos a perdonarle casi todo al gobierno. Tanto como la aborrecida participación de tropas españolas en la invasión a Irak, rechazada por 9 de cada 10 habitantes, un consenso tan magro como el que concita en España George W. Bush.
• Doble ganancia
El escenario horroroso se instaló en el centro de Madrid el jueves último. No se sabe si el argumento de que «el apoyo irrestricto de Aznar a Bush en Irak llevó la tragedia al seno de España» pudo haber sido decisivo en el vuelco electoral de ayer. Lo que sí está claro es que cuando se imponía no realizar ninguna especulación electoral sobre el dolor de las víctimas, el gobierno intentó forzar la culpabilidad de ETA, que le otorgaba una doble ganancia. Por un lado, evitaba el pase de factura por la participación española en Irak, y por el otro, ratificaba la necesidad de contar con un gobierno duro frente al terrorismo vasco. Los hechos se precipitaron, y el intento de Aznar fue vano.
Al-Qaeda demostró su enorme capacidad de daño humanitario con atentados al menos en EE.UU., Kenia, Turquía, Indonesia, Filipinas, Marruecos y ahora, aparentemente, en España. Lo que no había conseguido es cambiar un gobierno democrático en Occidente. Lejos de ellos, en EE.UU., Al-Qaeda provocó que los electores privilegiaran la seguridad por sobre cualquier derecho. Pero también en el país del Norte pareció levantarse una ola (a la que se subió John Kerry) que tardíamente busca cobrarle a Bush las tergiversaciones utilizadas para invadir Irak. En Italia sacan cuentas más que obvias y crece la preocupación. Hoy mismo están llegando a Madrid expertos antiterroristas para reunirse con colegas españoles, y el jueves diversas organizaciones llamaron a una manifestación en solidaridad con España.
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