4 de febrero 2002 - 00:00

Enron: el mal uso de opciones sobre acciones causó escándalo

Como el escándalo Enron va adquiriendo cada vez más y mayores proporciones, es posible que los árboles no nos dejen ver el bosque. Las múltiples investigaciones en curso han dado lugar a que esto parezca una novela policíaca. ¿Quién o quiénes destruyeron documentos? ¿Quién o quiénes llevaron a los inversores a conclusiones erróneas? ¿Quién o quiénes tergiversaron o transgredieron las normas de contabilidad? Las respuestas quizá expliquen lo ocurrido en Enron, cuyo presidente Keneth Lay desistió de prestar hoy declaración ante el Congreso. La empresa tuvo gran incidencia en la financiación de la campaña de George W. Bush, pero no necesariamente se encuentren allí las razones de lo ocurrido. Es preciso que se averigüen las causas de fondo, empezando por las acciones. He aquí un buen ejemplo de cómo una buena idea se transforma en mala: las opciones sobre acciones propician un corrosivo caldo de cultivo que tienta a muchos ejecutivos a actuar sin muchos escrúpulos a la hora de anunciar beneficios.

Como todo el mundo sabe, las opciones sobre acciones alcanzaron su mayor popularidad a finales de los '80 y en los '90. La teoría era simple. Si se convertía en propietarios a los más altos directivos y gestores de las empresas, su actuación iría en la línea de los intereses de los accionistas. Los paquetes retributivos de los directivos de empresa se vincularon de forma creciente con las opciones sobre acciones. En el año 2000, el típico consejero delegado de cualquiera de las 350 principales empresas del país cobraba unos 5,2 millones de dólares, y casi la mitad de esa suma se componía de opciones sobre acciones, según William M. Mercer Inc., una empresa de consultoría. Prácticamente la mitad de esas empresas tenía establecidos programas de opciones sobre acciones igualmente para la mitad de sus trabajadores, en el peor de los casos. Hasta cierto punto, la teoría funcionaba.

Hace 20 años, las empresas japonesas y alemanas iban sobre ruedas. Por el contrario, sus rivales de EE.UU parecían mastodónticas y burocráticas. Las opciones sobre acciones constituyeron uno de los instrumentos de una revolución de la gestión empresarial que volvió a centrar la atención en una mejora de la rentabilidad y de la eficacia en lugar de en el levantamiento de grandes imperios empresariales. Todo ello contribuyó a la recuperación económica de los años '90.

Ahora bien, poco a poco, las opciones sobre acciones empezaron a perder su sentido original por culpa de la ligereza con que se daban. A medida que más directivos acumulaban considerables participaciones individuales en opciones, el fin de mantener al alza el precio de las acciones se disoció del de mejorar las condiciones de rentabilidad. Eso es lo que parece que ha ocurrido en Enron.

En la empresa se profesaba auténtica adoración por las opciones sobre acciones. Más o menos 60% de los empleados recibía en forma de opciones un incentivo anual equivalente a 5% de su salario base. Los cuadros con responsabilidad y los principales directivos de la empresa recibían más. A finales del año 2000, todos los gestores y trabajadores tenían en su poder opciones por valor de casi 47 millones de acciones. De acuerdo con un plan normal de opciones, el receptor obtiene una opción que le da derecho a comprar un número predeterminado de acciones al precio de mercado del día en que se emitió la opción. Esto se conoce como precio de entrada. Lo normal, sin embargo, es que la opción no pueda hacerse efectiva más que transcurridos años. Si durante ese tiempo sube el precio de la acción, la opción puede reportar grandes beneficios. El afortunado receptor compra al precio de entrada y vende a precios de mercado.

• Evolución

El precio medio de entrada de los 47 millones de opciones de Enron fue de unos 30 dólares, mientras que a finales de 2000 el precio de mercado estaba en 83 dólares. El beneficio posible era de dos millones y medio de dólares. A la vista de una gratificación tan descomunal, lo sorprendente habría sido que los directivos de Enron no se hubieran obsesionado con el valor de las acciones de la empresa y que no hubieran tratado de influir en él.

Dentro de ciertos límites, las opciones sobre acciones constituyen una fórmula aconsejable de incentivación de la dirección de la empresa. Sin embargo, hemos perdido de vista los límites y las opciones se han convertido en una especie de dinero fácil que reparten a porrillo sin ton ni son los miembros de unos consejos de administración sin el menor espíritu crítico. Uno de los resultados imprevistos ha sido que se ha extendido una mentalidad, moralmente condenable, de hacerse rico a toda prisa. Si las empresas no restablecen esos límites impulsadas, si fuera necesario, por unas nuevas normas que dicte el gobierno, se habrá perdido en el olvido una de las grandes lecciones del escándalo Enron.

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