8 de octubre 2026 - 07:00

Europa en transformación: las fuerzas profundas detrás del nuevo malestar

La vivienda, el empleo, la educación y la seguridad revelan las dificultades de un modelo que durante décadas garantizó estabilidad, movilidad social y expectativas de progreso. Detrás de esas tensiones aparece un cambio más profundo en las condiciones que sostuvieron ese modelo.

La transformación del escenario internacional impacta sobre el crecimiento, el bienestar y la seguridad de Europa.

La transformación del escenario internacional impacta sobre el crecimiento, el bienestar y la seguridad de Europa.

El País

Durante varios siglos, Europa fue uno de los principales centros de organización del poder mundial. La expansión colonial, la revolución industrial y la formación de los Estados nacionales proyectaron su influencia sobre buena parte del planeta. Incluso después de las dos guerras mundiales, cuando el continente quedó devastado y Estados Unidos y la Unión Soviética emergieron como las dos superpotencias, éste conservó una posición central en la arquitectura internacional.

Después de 1945, Europa occidental quedó integrada a un orden transatlántico que combinó reconstrucción económica, seguridad e integración regional. El Plan Marshall impulsó la recuperación de las economías, la creación de la OTAN estableció el marco de seguridad bajo liderazgo estadounidense y el proceso de integración favoreció la apertura de los mercados y la expansión del comercio. Sobre esa arquitectura se consolidó un período excepcional de estabilidad, crecimiento y aumento del bienestar, que permitió construir buena parte de su modelo político y social.

Ese orden comenzó a transformarse desde fines del siglo XX con el final de la Guerra Fría, cuando desapareció la división bipolar que había estructurado el sistema internacional durante cuatro décadas y Europa pasó a desenvolverse en un escenario inicialmente dominado por la expansión de la globalización y la primacía estadounidense.

Con el avance del siglo XXI, ese marco comenzó a dar paso a una configuración diferente. La competencia entre Estados Unidos y China convive con una mayor multipolaridad. La interdependencia económica está ahora atravesada por preocupaciones de seguridad vinculadas con las cadenas de suministro, mientras la competencia tecnológica introduce nuevas tensiones en la globalización.

Al mismo tiempo, Washington concentra una parte creciente de su atención estratégica en Asia, mientras la administración de Donald Trump llevó más lejos una discusión que ya estaba planteada: cuánto está dispuesto a seguir sosteniendo la seguridad del viejo continente y cuánto deberán asumir los propios europeos. El aumento de las exigencias de defensa en el seno de la OTAN expresa ese desplazamiento y obliga a Europa a asumir costos de seguridad que durante décadas recayeron, en buena medida, sobre el país americano.

Ese cambio en las condiciones estratégicas también tiene consecuencias económicas y sociales. La pérdida de centralidad europea comienza a expresarse en un crecimiento más débil, dificultades de competitividad, mayores necesidades de defensa y restricciones fiscales que limitan la capacidad de los Estados para sostener el nivel de protección social construido durante las últimas décadas. A eso se agregan problemas de vivienda, envejecimiento demográfico y una creciente incertidumbre entre las generaciones más jóvenes.

Los factores que explican el nuevo escenario europeo

Estas transformaciones pueden leerse a partir de un concepto clásico de la historia de las relaciones internacionales: las “fuerzas profundas”, formuladas por el historiador francés Pierre Renouvin. Son factores económicos, demográficos, sociales y estratégicos que actúan por debajo de los acontecimientos inmediatos y condicionan las decisiones de los Estados y el comportamiento de las sociedades. Mirar Europa desde esta perspectiva permite conectar fenómenos que, observados por separado, parecen pertenecer a ámbitos diferentes.

La guerra en Ucrania aceleró varios de estos procesos. La invasión rusa obligó al continente a revisar sus supuestos de seguridad, aumentar el gasto militar y reducir su dependencia energética del país de Vladimir Putin. También volvió más urgente el debate sobre cuánto puede depender de las garantías estadounidenses. Defensa, energía y autonomía estratégica pasaron a ocupar un lugar mucho más importante en la agenda europea.

Las manifestaciones de esa tensión empiezan a formar un patrón reconocible. En Francia, el deterioro de las cuentas públicas reduce el margen de maniobra de un Estado sometido a demandas sociales y presión de los mercados. El rendimiento de los bonos a diez años alcanzó en octubre su nivel más alto desde 2002, mientras el debate presupuestario expone la dificultad de compatibilizar disciplina fiscal, gasto público y expectativas sociales. Las protestas estudiantiles agregan otra dimensión: detrás de las demandas educativas aparece la preocupación por las oportunidades futuras y la capacidad de las instituciones para garantizar movilidad social.

En España, la dificultad de acceder a una vivienda, el aumento de los alquileres y la prolongación de la dependencia económica de los jóvenes transformaron un problema del mercado inmobiliario en una cuestión política de primera magnitud. Cuando el acceso a la vivienda deja de ser una etapa previsible de la vida adulta, también se modifica la percepción sobre las posibilidades de progreso que ofrece el sistema.

España atraviesa una creciente presión sobre el acceso a la vivienda, especialmente entre los jóvenes, en un contexto de mayores dificultades económicas.

España atraviesa una creciente presión sobre el acceso a la vivienda, especialmente entre los jóvenes, en un contexto de mayores dificultades económicas.

En Bélgica, las movilizaciones estudiantiles vinculadas con el costo y las condiciones de la educación muestran que determinadas demandas comienzan a compartir lenguajes y repertorios más allá de las fronteras nacionales. La conexión con las protestas francesas resulta significativa: problemas que inicialmente aparecen como conflictos domésticos empiezan a adquirir una dimensión europea.

En Alemania, el avance electoral de Alternativa para Alemania (AfD), un partido de derecha, adquiere especial relevancia en el este del país. Su crecimiento en Sajonia-Anhalt, uno de los estados federados de la antigua Alemania Oriental, revela otra dimensión del fenómeno: el debilitamiento de los partidos tradicionales en territorios donde persisten problemas económicos y demográficos, junto con una percepción de distancia respecto de las élites políticas nacionales.

La fragmentación partidaria y el crecimiento de fuerzas radicales en todo el continente forman parte de esa misma transformación. Los partidos tradicionales enfrentan sociedades más heterogéneas y Estados con menos margen fiscal, mientras el entorno internacional exige mayores inversiones en defensa, energía y tecnología. La representación política queda así sometida simultáneamente a presiones internas y externas.

Durante décadas, el modelo europeo se sostuvo sobre una combinación de crecimiento, movilidad social, expansión del bienestar, integración regional y seguridad garantizada por la alianza transatlántica. Esa combinación permitió que amplios sectores sociales asociaran el futuro con una mejora progresiva de sus condiciones de vida. Hoy, esa expectativa encuentra obstáculos económicos, demográficos y estratégicos más difíciles de administrar.

Lo que está cambiando se encuentra por debajo de la coyuntura. Son las fuerzas profundas que durante décadas configuraron su estabilidad las que están entrando en una nueva etapa. La transformación del orden internacional alcanza también a las sociedades y modifica la relación entre ciudadanía, Estado y poder. El desafío reside en cómo las instituciones responderán a unas condiciones históricas que están alterando las bases sobre las que se construyó el modelo europeo.

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