La presentación supone un intercambio cultural sin precedentes entre Estados Unidos y Corea del Norte: el régimen de Pyongyang fue incluido en 2002 por el presidente George W. Bush entre los países del «eje del mal» debido a sus ambiciones nucleares.
Pyongyang (EFE, Reuters) - La Filarmónica de Nueva York ofreció ayer un concierto histórico en Pyongyang, retransmitido en directo por televisión en el país comunista, en el que interpretó los himnos de dos naciones enemigas desde hace seis décadas. Entre las banderas norcoreana y estadounidense en el Gran Teatro de Pyongyang, la orquesta más antigua de EE.UU. dio un concierto de hora y media de marcado contenido simbólico, destinado a acercar, al menos culturalmente, a dos países con regímenes antagónicos, que concluyó con el público de pie en un unánime aplauso.
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Estados Unidos y Corea del Norte, un régimen estalinista con armamento nuclear, siguen técnicamente en conflicto ya que la guerra de Corea concluyó en 1953 con la firma de un armisticio, pero no de tratado de paz.
Este concierto fue único en todos los sentidos: la primera vez que actúa en la capital del país comunista una agrupación cultural estadounidense del nivel de la Filarmónica de Nueva York, y la vez que más estadounidenses han pisado Corea del Norte, unos 300, en más de medio siglo.
Reconciliación
Así las cosas, el concierto de hoy fue mucho más que un acto cultural con un programa formado por el preludio del tercer acto de la ópera Lohengrin de Wagner, la novena sinfonía de Dvorak «Del Nuevo Mundo» y «Un americano en París» del estadounidense George Gershwin, bajo la dirección de Lorin Maazel. «Puede que algún día pueda haber norteamericanos en Pyongyang», indicó Maazel al presentar la última obra, cuya inclusión en el programa no pasó desapercibida por nadie.
Poco antes, el director había asegurado que éste es el concierto más importante que ha ofrecido la orquesta que dirige, desde el que ofreció en la Unión Soviética en 1959, en plena Guerra Fría, y que supuso una influencia del exterior para un mundo cerrado. « Disfruten del concierto y pasen una buena noche», fueron las primeras palabras que dedicó, en coreano, Maazel a una audiencia entregada de 1.500 personas, formada sobre todo por profesores y estudiantes de música de ese país y unos 200 norteamericanos.
Según fuentes norcoreanas citadas por «Yonhap», alrededor de 80 periodistas se desplazaron a Pyongyang para cubrir este evento musical, la mayoría eran estadounidenses, aunque también había surcoreanos. No estuvo sin embargo, pese a los rumores, el «amado líder», Kim Jong-il, responsable del único reducto de la Guerra Fría que existe en el mundo.
En representación del régimen estalinista acudió Yang Hyong Sop, vicepresidente de la Asamblea Suprema del Pueblo norcoreana, que estuvo sentado en primera fila. El concierto, que contó con el apoyo explícito del Departamento de Estado de EE.UU., fue retransmitido en directo en las dos Corea por la televisión surcoreana «MBC», que desplazó a 70 personas a Pyongyang para una cobertura más que digna.
El concierto comenzó con la interpretación del himno estadounidense y también el norcoreano, «Canción Patriótica», y concluyó con la fuera de programa «Arirang», una canción de folclore popular muy querida tanto en el norte como en el sur de la península coreana. Según «Yonhap», con motivo del concierto, Corea del Norte retiró gran parte de la propaganda antinorteamericana que generalmente está colocada en las calles de Pyongyang.
Este concierto fue muy bien recibido por Washington y Seúl, que tampoco firmó la paz con su vecino del Norte, pero que aspira, como fin último, a la unificación de la península coreana.
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