Nueva York - «¿Estamos seguros de que una guerra contra Irak sería una guerra justa según los principios morales tradicionales?», le pregunta el padre Aldo Tos a sus feligreses. El párroco Aldo Tos, curtido en Vietnam, transformó la pequeña iglesia del Village neoyorquino en un importante foco de activismo contra la contienda en ciernes. La actitud combativa y comprometida de esta parroquia no es, sin embargo, ejemplo uniforme en los EE.UU. En un país donde la religiosidad y la asistencia a oficios religiosos no paró de crecer en la última década, la actitud hacia la guerra creó una ruptura entre las innumerables confesiones. La Iglesia Católica, la más numerosa con 60 millones de fieles, es una de las voces más altas en el mensaje pacifista. Aunque no tanto por la actitud de la jerarquía nacional como por los llamamientos del Vaticano y la labor de parroquias y organizaciones de base. «Los obispos parecen distraídos», dice Aldo.
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«Encontramos difícil justificar que la guerra contra el terrorismo se extienda a Irak, ya que no hay una evidencia clara y satisfactoria que implique a Irak en los ataques del 11 de setiembre o en un ataque grave inminente», afirma ahora la jerarquía católica. La tibieza de los obispos, denunciada por párrocos como Tos, contra la fe guerrera del presidente Bush es fruto de las propias discrepancias dentro de los fieles a Roma, de los cuales 46% lo votó en 2000.
Metodistas, presbiterianos, episcopalianos (anglicanos) y luteranos conforman el principal frente pacifista entre las denominaciones protestantes. Son participantes en manifestaciones y campañas de recogidas de firmas. Los metodistas han llegado a colocar a sus obispos en anuncios de televisión. «Sería inconcebible que Jesús apoyara el ataque», llegó a decir su dirigente Jim Winkler. Los sermones de los ministros metodistas han encontrado oídos sordos en dos de sus fieles más influyentes, George W. Bush y su vicepresidente, Dick Cheney, devotos asistentes a las misas dominicales de esta congregación. «Una guerra preventiva va contra el más pequeño principio del Evangelio, las enseñanzas de la Iglesia y nuestra conciencia», le recordaron a su díscolo feligrés los obispos metodistas en una carta.
George Bush senior tuvo que salir recientemente en defensa de su hijo frente a las palabras del obispo episcopaliano Frank Griswold. «Me gustaría viajar por el mundo sin tener que pedir perdón por ser de los EE.UU.», manifestó éste. «Son palabras ofensivas», le respondió el viejo ex presidente.
• Amparo
Los halcones de Washington han encontrado, no obstante, un necesitado amparo espiritual en el sur del país, que se confirma como el bastión moral de la derecha. Los baptistas, la segunda organización religiosa, que cuenta con amplia implantación en el hogar tejano de Bush, y las pequeñas iglesias evangélicas bendicen la cruzada del presidente contra el diablo de Bagdad. Los baptistas, que en su día condenaron y amenazaron con expulsar de su seno al presidente Bill Clinton por su conducta en el caso Lewinsky, reclamaron el respaldo a la guerra a sus 16 millones de seguidores. «La guerra justa, por definición, siempre debe ser defensiva. Y creo que nos estamos defendiendo», manifestó su líder, el ultraconservador Richard Land, que reinterpreta las doctrinas de San Agustín para ajustarlas al actual marco geopolítico.
Desde la propia administración Bush se potencia a los teólogos de la guerra dentro del catolicismo y a los pastores evangélicos y a los radicales líderes neo-cristianos (conversos) que cuentan con una amplia presencia mediática.
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