4 de abril 2005 - 00:00

Juan Pablo II: "Cristianismo fue clave contra comunismo"

En 1993, Juan Pablo II concedió la única entrevista periodística de su pontificado. Dialogó con Jas Gawronski, editorialista del diario italiano «La Stampa». Con amplísima repercusión internacional en su día, quedaron plasmados los pensamientos del Papa ahora fallecido sobre el comunismo y su caída, la influencia del cristianismo en ese proceso y su opinión profunda sobre el socialismo y el capitalismo. De la entrevista, cuyos principales pasajes se reproducen a continuación, surge un papa eminentemente político, cuyas reflexiones conviene recordar a la hora del balance del pontificado más relevante de la historia moderna.

Periodista: Santo Padre, ¿cuál cree que ha sido su papel en la caída del comunismo? Muchos afirman que ha sido determinante.

Juan Pablo II: Yo pienso que si ha habido un papel determinante, ha sido el del cristianismo como tal, de su contenido, de su mensaje religioso y moral, de su intrínseca defensa de la persona humana y de sus derechos. No he hecho más que recordar, repetir, insistir en que esto es un principio que es necesario observar, sobre todo el principio de la libertad religiosa, pero no sólo ésta. También es preciso respetar las demás libertades propias de la persona humana.


P.:
¿Por qué el comunismo ha tenido tanto éxito en la historia?

J.P.II: El comunismo ha tenido éxito en este siglo como reacción a un cierto tipo de capitalismo excesivo, salvaje, que todos nosotros conocemos bien. Basta tomar de nuevo las encíclicas sociales, y especialmente la primera, la «Rerum novarum», en la cual León XIII describe la situación de los obreros de su tiempo. Esta situación la describió también a su manera Karl Marx. La realidad social era aquélla, no cabía duda, y se derivaba del sistema, de los principios del capitalismo ultraliberal. Por esta razón, nació una reacción contra aquella realidad, una reacción que fue creciendo y que adquirió un amplio consenso entre la gente y no sólo en la clase obrera, sino también entre los intelectuales. Muchos de ellos pensaban que el comunismo podía mejorar la calidad de la vida. Por ello, muchos intelectuales, también en Polonia, se entregaron para prestar su colaboración con las autoridades comunistas. Después, en un determinado momento, se dieron cuenta de que la realidad era más diversa de lo que ellos pensaban. Algunos, los más valientes, los más sinceros, comenzaron a distanciarse del poder y pasaron a la oposición.


P.:
Usted se ha batido con energía y pasión contra el comunismo. Actualmente, en los países que se han liberado de él, reina la degradación moral, se difunde la droga, la prostitución. En la ex Yugoslavia hay una guerra que humilla el concepto de civilización. ¿Le ocurre a veces el preguntarse si valía realmente la pena derrotar al comunismo?

J.P.II: Me parece que es equivocado plantear el problema en estos términos. Desde luego, era legítimo combatir el sistema totalitario, injusto, que se definía socialista o comunista. Pero también es verdad lo que dice León XIII, es decir, que existen semillas de verdad también en el programa socialista. Es obvio que estas semillas no han de ser destruidas, no han de perderse. Lo que hace falta ahora es una confrontación precisa y objetiva, acompañada de un vivo sentido de discernimiento. Los defensores del capitalismo a ultranza, bajo cualquier forma, tienden a desconocer incluso las cosas buenas realizadas por el comunismo: la lucha contra la desocupación, la preocupación por los pobres. En el sistema del socialismo real, un excesivo proteccionismo del Estado ha producido frutos negativos. Ha desaparecidola iniciativa privada, se ha extendido la inercia y la pasividad. Ahora, al cambiar el sistema, la gente se ha encontrado de golpe sin experiencia, sin capacidad de combatir por medio de sus propias fuerzas, sin el hábito del ejercicio de la responsabilidad personal. Al mismo tiempo, ha habido también personas emprendedoras que han manifestado en seguida un espíritu de iniciativa económica, que han sabido aprovecharse de la inicial desbandada para enriquecerse no siempre de manera lícita y honesta. Y una gran parte de estas personas, por las razones que he dicho antes, son miembros de la ex « nomenklatura». Como puede comprobarse, es muy difícil este tránsito de un sistema a otro. También sus costos son muy altos: el aumento del desempleo, de la pobreza y de la miseria.


P.:
Usted ha dicho que hay un «núcleo de verdad» en el marxismo. Ha sido una declaración que ha sorprendido no poco.

J.P.II: Pero esto no es ninguna novedad. Ha sido siempre un elemento de la doctrina social de la Iglesia. Lo decía León XIII y nosotros no podemos hacer otra cosa que confirmarlo. Por lo demás, esto es lo que piensa el ciudadano medio. En el comunismo ha habido una preocupación por lo social, mientras que el capitalismo es más bien individualista. Esta atención a lo social en los países del socialismo real, como he dicho antes, ha tenido sin embargo un precio muy alto, pagado con una degradación en muchos sectores de la vida de los ciudadanos.


P.:
Santo Padre, se lo pregunto con gran humildad, pero cuando yo lo oigo hablar como ahora, entonces me ocurre que no logro entender y no puedo evitar este pensamiento: que usted es más contrario al capitalismo que al comunismo. ¿Es ésta la impresión que Su Santidad quiere dar?

J.P.II: Yo repito lo que he dicho hasta ahora y que resumo en un verso de un poeta polaco, Michiewicz: «No castigues a una espada ciega; castiga más bien a una mano»; es decir, hay que remontarse a las causas de los fenómenos que vivimos. Y, en mi opinión, en el origen de los numerosos y graves problemas sociales y humanos que actualmente atormentan a Europa y al mundo están también las manifestaciones degeneradas del capitalismo. Naturalmente, el capitalismo actual no es el de los tiempos de León XIII. Este ha cambiado, y se debe en buena parte a los méritos del pensamiento socialista. El capitalismo hoy es diverso, ha introducido amortiguadores sociales, gracias a la acción de los sindicatos ha puesto en marcha una política social, está controlado por el Estado y por los sindicatos.


P.:
¿Qué aporte puede hacer la Europa del Este a la formación de la gran Europa que usted siempre ha deseado?

J.P.II: Ante todo, el aporte de la identidad de estas naciones. Se trata de naciones europeas que, a pesar de todas las transformaciones impuestas por los regímenes comunistas, han sabido mantener su identidad propia. Quizá incluso la han reforzado, gracias al instinto de conservación. Sustancialmente, en cada país se desarrolló una verdadera lucha entre el internacionalismo proletario y la identidad nacional que se quería borrar a toda costa. Se decía: el obrero no tiene patria, porque su patria es la clase obrera. Al final se ha visto que esta ideología de clase, de lucha de clases y de la dictadura de clase no ha logrado derrotar a la conciencia nacional, ni ha logrado derrotar a la conciencia religiosa, la dimensión religiosa del hombre. La medida de la identidad nacional y la medida de la identidad religiosa han permanecido intactas y, en un cierto sentido, reforzadas.


P.:
Usted habla a menudo de los grandes personajes, de los grandes fundadores de Europa, como Monet, Adenauer, Schumann, De Gasperi. Hoy parece que ya no hay líderes de este nivel. Ha quedado sólo usted. ¿Existe una explicación para esto?

J.P.II: No sabría cómo explicarlo, pero creo que es un problema de visión. Los nuevos políticos la han reducido demasiado, mientras que la de los fundadores era alta, completa, integral. Sí, la confrontación con la Unión Soviética ha constituido un impulso fuerte. Los fundadores pensaban en la unidad no sólo económica y política, sino también cultural y espiritual. Hoy tengo la impresión de que todo se reduce a la simple dimensión económica, o casi. En esta situación, surge una gran tarea y un fuerte desafío para la Iglesia, para el Papa con los obispos, a fin de promover otros valores, con frecuencia olvidados.

P.: En su diario inédito, Pablo VI habla de la «extrema soledad del Pontífice», que termina por tener que tomar él solo todas las decisiones más importantes. Usted, Santo Padre, no da precisamente la impresión de sufrir de soledad; sin embargo, permítame que le pregunte: ¿le ocurre a veces que se siente solo?

J.P.II: Verdaderamente, no. Pero quizá tengo otro temperamento, y por lo demás siempre tengo a mi lado personas amigas próximas a mí. Incluso las decisiones no las tomo yo solo. Trabajo colegialmente con los episcopados, con la Curia.

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