Kurdos, un pueblo paria
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Considerados grandes guerreros (kurdo significa «héroe» en persa), paradójicamente han vivido siempre dominados. Aunque su sociedad está basada en principados, gozó de relativa autonomía tanto durante el Imperio Persa como al principio del Otomano.
A partir del siglo XIX, no han dejado de sucederse las rebeliones kurdas. El feudalismo-tribal y la falta de un liderazgo común impidieron la creación de una conciencia nacional y contribuyeron a sofocar los numerosos levantamientos kurdos que se han producido en los últimos doscientos años.
Al final de la Primera Guerra Mundial, en la que ayudaron a los aliados contra el Imperio Otomano, los kurdos lograron que en recompensa a ese apoyo el Tratado de Sevres de 1920, que trazaba las nuevas fronteras de Medio Oriente, estableciera la independencia del Kurdistán.
Sin embargo, ese tratado nunca se ratificó y fue sustituido por el de Lausana, en 1923, que omitió por diversos intereses, entre ellos los petroleros, aquella promesa hecha al pueblo kurdo y el territorio que históricamente le pertenecía fue repartido entre Turquía, Irak, Irán, Siria y Armenia.
En 1978, Abdullah Öcalan, estudiante de Ciencias Políticas en al Universidad de Ankara, fundó el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), actualmente en la lista de organizaciones terroristas de EE.UU. y la Unión Europea, y que tiene sus bases de resistencia en el norte de Irak.
La represión ha sido una constante sobre su población. Las matanzas y la destrucción de sus pueblos y ciudades, así como la desaparición de miles de kurdos en operaciones militares, han obligado a casi un millón de ellos a vivir lejos de su hogar.
En el caso de Irak, el régimen de Saddam Hussein asesinó en 1988 a unos 5.000 kurdos (muchos de ellos ancianos y niños) con gas nervioso en la ciudad norteña de Halabja.
Por otra parte, destaca la campaña militar de Anfal, que se desarrolló entre 1986 y 1989 y costó la vida a 182.000 civiles en zonas rurales del Kurdistán iraquí.




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