12 de septiembre 2002 - 00:00

La lucha contra el terror, un dilema de difícil solución

El ataque de los japoneses a Pearl Harbor, el 7 de diciembre de 1941, que Roosevelt calificó de «una fecha que perdurará en la historia de la infamia», cambió nuestro mundo para siempre. Cuando haya transcurrido un siglo, ¿tendrán los atentados del 11-S la consideración de otro más de los grandes momentos críticos de la historia? ¿O allá por 2101 habrán perdido importancia como parte de un pasado semiolvidado?

Eso es lo que ha ocurrido con el 15 de febrero de 1898, el día en que el acorazado Maine explotó en el puerto de La Habana y murieron 260 oficiales y marineros. Prometía ser una fecha que perduraría para siempre en la historia de la infamia. Sin embargo, cuando llegó el centenario del hundimiento, en 1998, los norteamericanos se había olvidado del Maine. En nuestros tiempos, el 15 de febrero es un día como cualquier otro.

Los atentados de Al-Qaeda pusieron en cuestión la idea que la nación tenía de sí misma. Produjeron un efecto de vulnerabilidad personal desconocido hasta entonces entre la inmensa mayoría de los norteamericanos. La gente tiene la sensación de que su mundo está cambiando irremediablemente. Ahora bien, ¿tendrá siempre esa misma sensación? Todo depende de cómo se desarrolle la guerra contra el terrorismo.

Nos enfrentamos hoy a una alternativa casi idéntica a la que tuvimos que enfrentarnos hace medio siglo, ante el comienzo de la Guerra Fría. Entonces, hubo quienes se mostraron partidarios de la moderación y la disuasión frente a la hostilidad soviética. Otros se pronunciaron a favor de la destrucción del poderío soviético mediante una guerra de prevención
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•Moderación

Con enorme tacto, las democracias se inclinaron, en palabras de George Kennan, «por la moderación paciente, pero firme y vigilante, a largo plazo», que condujo a finales de los '80 al agotamiento del poderío soviético sin necesidad de una Tercera Guerra Mundial.

Hoy, la guerra contra el terrorismo da lugar a un debate parecido, si no tan intenso, en la medida en que la dimensión del enemigo no es comparable: no se ha podido demostrar ninguna vinculación entre el fundamentalismo religioso de Bin Laden y el secular de Saddam Hussein. Saddam, sin embargo, debido a que dispone, según se cree, de armas de destrucción masiva, ha pasado a convertirse en el objetivo final de la guerra contra el terrorismo.

Quienes ahora abogan en favor de una guerra de prevención nos han sorprendido con una nueva frase, más suave, pero eso de la «guerra anticipada» viene a ser lo mismo. Bush ha declarado que el «cambio de régimen» de Irak es un objetivo nacional y cada día se escapan del Pentágono nuevas filtraciones sobre los planes militares al respecto.

Si bombardeamos e invadimos Irak, matando seguramente a cientos de civiles iraquíes; si desestabilizamos a los países árabes; si seguimos tolerando que Israel niegue a los palestinos un Estado separado, corremos el peligro de unificar a todo el mundo musulmán en nuestra contra y hacer que estalle el tan temido «choque de civilizaciones». Eso sí que podría llevarnos a una Tercera Guerra Mundial, a un conflicto de siniestras consecuencias en el que se recurriría a la guerra biológica, química, radiológica y, que el cielo nos asista, nuclear. Si éstas fueran las consecuencias que siguieran, a buen seguro que el 11-S se convertiría en una fecha que perduraría en la historia de la infamia.

•Improbable

Ahora bien, ¿por qué tenemos que correr semejantes riesgos? ¿Por qué no probamos esa combinación de moderación y disuasión que nos hizo ganar la Guerra Fría? No es probable que Saddam vaya a atacar a otros países. Es perfectamente consciente de que así le estaría haciendo el juego a Bush. La respuesta sería inmediata y contundente, y Saddam no tiene ningún interés en suicidarse.

El terrorismo como tal no va a desaparecer nunca por completo. Los norteamericanos podemos aprender a vivir con un cierto grado de terrorismo, al igual que ya han aprendido a hacerlo los ciudadanos de buena parte del mundo. Así, nos garantizamos que el 11-S no nos va a abocar a una Tercera Guerra Mundial y no va a cambiar nuestro mundo para siempre.

Si la alternativa por la que nos inclinamos los norteamericanos es la moderación, en lugar de la guerra preventiva, la catástrofe del 11-S, como la del acorazado Maine, empezará con el tiempo a perder importancia en la memoria colectiva. Eso no va a hacer que desaparezcan en el olvido el tremendo horror causado por el asesinato masivo de inocentes. Ese recuerdo perdurará durante mucho tiempo, y debería ser motivo para que renováramos nuestra confianza en el vigor de los Estados Unidos del futuro.

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