10 de marzo 2003 - 00:00

Los trucos de Saddam para que no lo maten

Saddam Hussein es inexpugnable a un eventual intento de asesinato. Una feroz represalia de sus adversarios y una ingeniería del camuflaje le protegen la vida.
Saddam Hussein es inexpugnable a un eventual intento de asesinato. Una feroz represalia de sus adversarios y una ingeniería del camuflaje le protegen la vida.
Suleymania, Irak - Es una pregunta que se hace mucha gente. ¿No sería mucho más sencillo eliminar a Saddam Hussein con un atentado que montar una guerra para echarlo del poder? ¿Cuál es la razón por la que ni un solo general se ha alzado contra Saddam Hussein a pesar de las millonarias promesas que la administración Bush ha hecho a quien dé un golpe de Estado? ¿Cómo es posible que nadie haya alzado su mano o apretado un gatillo para acabar con el tirano? Las razones son complejas y diversas.

Todos los intentos de derrocar a Saddam, orquestados desde la sede de la CIA en Langley o desde el Pentágono, han acabado en fracaso estrepitoso y no porque el presidente iraquí sea querido o venerado por su pueblo. Saddam resiste, impertérrito, en el poder, porque toma todas las precauciones imaginables y reprime con ferocidad y saña, sin que le tiemble la mano, cuando llega la hora de hacerlo.

• Estrategias

La terrible suerte que dispensó a sus yernos, la eliminación sistemática hasta del más leve sospechoso, la fría crueldad con la que voló la nuca de uno de los asistentes al Consejo, que simplemente le había disgustado, y el destino corrido por los discrepantes y los tibios a lo largo de los pasados 30 años hacen imposible encontrar un candidato interno al magnicidio.

Los satélites, los aviones y las escuchas electrónicas permiten localizar fábricas, adivinar laboratorios y pillar in fraganti conversaciones pringosas, pero son incapaces de descubrir dónde duerme Saddam Hussein
. Ni siquiera los agentes israelíes, que se las han arreglado para sacar subrepticiamente de Irak unos antiquísimos pergaminos de la Torah, que corrían riesgo de ser destruidos por el tirano, sirven de mucha ayuda.

Saddam es demasiado astuto como para arriesgarse a impartir instrucciones por teléfono. Tampoco usa desaforadamente los ordenadores, como parecen hacer los dirigentes de Al-Qaeda.
La orden de invadir Kuwait, el 4 de agosto de 1990, fue impartida a mano, usando como correo a un modesto motoquero.

• Grandes dudas

Se dice que Saddam cuenta con una red subterránea de cable óptico, construida por los chinos, pero nadie ha visto nada y, si la tuviera, ya lo sabría la CIA, porque los chinos venden todo como hicieron los asesores militares rusos en 1990.

Se rumorea que la principal guarida de Saddam está enclavada un centenar de metros por debajo del Hotel Rachid, cubierta y protegida por el gigantesco búnker donde se refugiarán los periodistas internacionales en cuanto caiga el primer Tomahawk sobre Bagdad.

Los sombreros con los que aparece en las fotos oficiales están acolchados con kevlar, el material de los chalecos antibalas.
Jamás ingiere nada sin que lo pruebe un secretario y sin que los presentes, camareros incluidos, engullan previamente un buen trozo.

El esquema incluye desde un centenar de refugios blindados secretos hasta dormitorios rodantes, pasando por un equipo de dobles encargado de despistar a propios y ajenos. Pruebas previas. Desde diciembre de 2000, manda a los actos a sus sosías y sólo aparece en persona en la pantalla del televisor.

La entrevista que le hizo
Dan Rather no fue filmada por camarógrafos de la CBS. La estrella de la televisión norteamericana fue obligada a esperar varios días. En la inopia. Después, sin previo aviso, fue guiada a ciegas hasta un lugar anónimo y allí, antes de acercarse al líder y después de un registro digno del corredor de la muerte, tuvo que introducir las manos en un extraño líquido.

Quizá temían que transportara oculto un germen letal. Saddam ha hecho de su paradero un misterio, que envuelve a toda su familia.
Desde diciembre de 1966, cuando unos desventurados dispararon sobre la caravana de Mercedes-Benz en que iba su primogénito Uday, el presidente no se desplaza en un coche reconocible. Tampoco avisa dónde va a cenar. Durante la I Guerra del Golfo, consciente de que el Pentágono disponía hasta de los planos de sus palacios, eludió las bombas y la metralla con el simple truco de ir saltando de casa en casa.

Hasta la llegada sigilosa y aterradora de los guardaespaldas, ninguno de sus forzados anfitriones supo quién llegaba a dormir a su hogar esa noche. Los que cometieron después la indiscreción de comentar algo, para darse importancia, no pertenecen ya al reino de este mundo.

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