Los trucos de Saddam para que no lo maten
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Saddam Hussein es inexpugnable a un eventual intento de asesinato. Una feroz represalia de sus adversarios y una ingeniería del camuflaje le protegen la vida.
Los satélites, los aviones y las escuchas electrónicas permiten localizar fábricas, adivinar laboratorios y pillar in fraganti conversaciones pringosas, pero son incapaces de descubrir dónde duerme Saddam Hussein. Ni siquiera los agentes israelíes, que se las han arreglado para sacar subrepticiamente de Irak unos antiquísimos pergaminos de la Torah, que corrían riesgo de ser destruidos por el tirano, sirven de mucha ayuda.
Saddam es demasiado astuto como para arriesgarse a impartir instrucciones por teléfono. Tampoco usa desaforadamente los ordenadores, como parecen hacer los dirigentes de Al-Qaeda. La orden de invadir Kuwait, el 4 de agosto de 1990, fue impartida a mano, usando como correo a un modesto motoquero.
Se rumorea que la principal guarida de Saddam está enclavada un centenar de metros por debajo del Hotel Rachid, cubierta y protegida por el gigantesco búnker donde se refugiarán los periodistas internacionales en cuanto caiga el primer Tomahawk sobre Bagdad.
Los sombreros con los que aparece en las fotos oficiales están acolchados con kevlar, el material de los chalecos antibalas. Jamás ingiere nada sin que lo pruebe un secretario y sin que los presentes, camareros incluidos, engullan previamente un buen trozo.
El esquema incluye desde un centenar de refugios blindados secretos hasta dormitorios rodantes, pasando por un equipo de dobles encargado de despistar a propios y ajenos. Pruebas previas. Desde diciembre de 2000, manda a los actos a sus sosías y sólo aparece en persona en la pantalla del televisor.
La entrevista que le hizo Dan Rather no fue filmada por camarógrafos de la CBS. La estrella de la televisión norteamericana fue obligada a esperar varios días. En la inopia. Después, sin previo aviso, fue guiada a ciegas hasta un lugar anónimo y allí, antes de acercarse al líder y después de un registro digno del corredor de la muerte, tuvo que introducir las manos en un extraño líquido.
Quizá temían que transportara oculto un germen letal. Saddam ha hecho de su paradero un misterio, que envuelve a toda su familia. Desde diciembre de 1966, cuando unos desventurados dispararon sobre la caravana de Mercedes-Benz en que iba su primogénito Uday, el presidente no se desplaza en un coche reconocible. Tampoco avisa dónde va a cenar. Durante la I Guerra del Golfo, consciente de que el Pentágono disponía hasta de los planos de sus palacios, eludió las bombas y la metralla con el simple truco de ir saltando de casa en casa.
Hasta la llegada sigilosa y aterradora de los guardaespaldas, ninguno de sus forzados anfitriones supo quién llegaba a dormir a su hogar esa noche. Los que cometieron después la indiscreción de comentar algo, para darse importancia, no pertenecen ya al reino de este mundo.




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