Con la idea de aglutinar a amplios sectores del país, el presidente electo Lula Da Silva evitó los extremismos, en las designaciones para el gabinete que entra en funciones el miércoles que se manejaron con independencia de su estricta orientación ideológica.
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Como buen aficionado al fútbol, Luiz Inácio Lula Da Silva decidió aplicar las tácticas de su ídolo, Luiz Felipe Scolari -técnico de la selección brasileña que ganó el último Mundial-para despejar las dudas sobre su programa de gobierno y mostrar el equipo con el que responderá a la esperanza de cambio que reclaman los brasileños. «Como hace Felipao, vamos a evitar los penales, vamos a entrar con todo al campo, tomaremos jugadores de todos los equipos y luego escucho al pueblo y le doy algo de lo que quiere», dijo el presidente electo cuando presentó a su futuro gabinete.
Lula cumplió al pie de la letra todo lo que había prometido para la transición. Confeccionó un gabinete con técnicos, profesionales y políticos teniendo en cuenta más su capacidad que su ideología. Ha puesto al frente del Banco Central a un banquero, Henrique Meirelles (ex presidente del Bank Boston), que alerta a las huestes de la izquierda más radical del Partido de los Trabajadores (PT), pero a través de él busca mantener tranquilos los mercados.
En esa armazón de gobierno queda claro cuál será la estrategia que seguir del hombre que pasado mañana terminará de plasmar «el sueño americano» en el país más grande del continente. De entrada, entregó a los empresarios nacionales el Ministerio de la Producción para comenzar a plasmar la ecuación «más producción = más empleo».
•Desafío
En Brasil estará uno de los meollos para saber si 2003 puede ser el año de la transición de un modelo, el liberal, y un proyecto que pretende mejor distribución de la riqueza. Ese es el desafío de este Lula atildado versión 2003, a quien se le pide de todo. No sólo desde Brasil, sino desde toda América latina, que se mantiene expectante por saber el rumbo que va a seguir un líder tan carismático.
Lula Da Silva defiende la necesidad de responder a los compromisos financieros de Brasil y mantener una macroeconomía sana, pero sin renunciar a lo que ha sido la base de su triunfo: la esperanza de un futuro mejor para la mayoría social, que espera, expectante, que su destino empiece a cambiar.
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