7 de noviembre 2007 - 00:00

Negocio del opio empina a rebeldes

Kabul - La leyenda de que ningún invasor extranjerohabía conquistado Afganistán desde los tiempos de Alejandro Magno se vino abajo con la fulgurante operación Libertad Duradera. ¿O no tanto? La prometida democratización no ha llegado a un país en el que las elecciones de 2004 y 2005 se celebraron salpicadas por rumores de fraude, y la violencia está presente en la mayor parte de la nación.

Los talibanes se rearman, y la producción de opio y heroína alcanza niveles desproporcionados. Estados Unidos se vanaglorió de quitar los «burkas» a las afganas, pero ahora la comunidad internacional está atascada en el corazón de Asia.

Las mujeres, despojándose de las prendas impuestas por los integristas, y los hombres, afeitándose sus barbas, fueron una operación de imagen, ya que en la práctica el fundamentalismo sigue vigente en Afganistán con los nuevos grupos que ocupan el poder, como la Alianza del Norte, bajo la bendición de Washington. Organizaciones de defensa de las libertades, como Rawa (Revolutionary Association of the Women of Afganistan), denuncian que no hay mucha diferencia entre la actual situación y la de la época talibán. Además, estos últimos se han reagrupado en las montañas del sur del país y, en algunas zonas fronterizas, llegan a controlar la administración, representando una amenaza para el debilitado poder central. A esto hay que sumar los continuos enfrentamientos de las guerrillas y la desesperada situación de los más de dos millones y medio de refugiados que han regresado al país desde que, en diciembre de 2001, cayó el régimen talibán. Otros 2,7 millones de afganos aún no han podido regresar.

La historia dice que ni británicos ni soviéticos habían conseguido doblegar a un pueblo indómito, en un territorio muy favorable para la lucha de guerrillas. Los primeros nunca llegaron a controlar del todo a un país que consiguió su independencia en 1919. Los segundos encontraron su propio Vietnam en una guerra que duró de 1979 a 1989. Los «muyaidin» afganos, armados y entrenados por EE.UU., metieron en un callejón sin salida al poderoso ejército ruso. Pero ni después de la retirada de los tanques de Moscú un país empobrecido conoció la paz, sumido en un caos en el que multitud de facciones luchaban por hacerse con el control del Estado.

En setiembre de 1996, uno de esos grupos tomó Kabul. Eran los «estudiantes del Islam» o talibanes, que no tardaron en imponer su extremista concepto de la religión musulmana: prohibición del derecho al trabajo y a la educación para las mujeres, amputación de manos para delitos como el robo o castigo de apedreamiento para los casos de adulterio, entre otras violaciones de los derechos humanos, a la que asistía impotente la comunidad internacional.

Los atentados del 11 de setiembre cambiarían el destino de Afganistán. Los estadounidenses pidieron a los talibanes la cabeza de Osama bin Laden, y como éstos se negaron a concedérsela, entraron a buscarla el 7 de octubre de 2001 con su Libertad Duradera (el nombre elegido en primer lugar para la operación, Justicia Infinita, se sustituyó para no ofender a los musulmanes).
Nunca encontraron al líder de Al-Qaeda.

  • Derrocamiento

    Una coalición internacional y algunos de los grupos opositores al régimen anterior, la Alianza del Norte, desalojaron a los talibanes del poder. La ONU se hizo cargo en diciembre del mismo año de mantener la paz tras la salida de los integristas, a través del mandato de la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad en Afganistán (ISAF), hasta la celebración de unos comicios democráticos, que llegarían en 2004 con la victoria de Hamid Karzai. Durante todo ese tiempo, este líder « pastun» asumió la presidencia del país dirigiendo un nuevo gobierno de transición con representantes de todas las etnias afganas.

    Desde agosto de 2003, es la OTAN la encargada de controlar la ISAF, su primera misión de paz fuera de Europa. Formada por unos 30.000 soldados, repartidos en cinco comandancias regionales -Kabul, norte, oeste, sur y este-.

    Ahora, la raquítica democracia afgana convive con los cada vez más poderosos talibanes, que, enriquecidos gracias a la acelerada producción de opio (6.100 toneladas en 2006, 59% más que el año anterior), pagan hasta cinco kilos de oro por cada soldado de la OTAN que maten. Así, la organización atlántica que dirige el holandés Jaap de Hoop Scheffer se juega gran parte de su futuro y credibilidad en un conflicto en el que se ha demostrado impotente, y cada semana acumula muertos por ataques a convoyes, secuestros y guerrillas. La mayoría de los países vacila a la hora de aumentar su presencia militar en un país en el que los soldados tienen 3,5 veces más posibilidades de morir que en Irak.
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