ver más

Ya superaste el límite de notas leídas.

Registrate gratis para seguir leyendo

6 de agosto 2002 - 00:00

NOTA DEL DIARIO LA TERCERA DE COLOMBIA SOBRE LAS ELECCIONES EN BRASIL (1/7/02)

ver más


El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.

Si Fernando Henrique Cardoso -coautor de la Teoría de la Dependencia en los años '60- personifica una transición desde las posiciones más dogmáticas del intervencionismo estatal hacia una economía abierta y políticas de redimensionamiento del tamaño y funciones del Estado; un eventual triunfo de Luis Inacio "Lula" da Silva en las elecciones presidenciales de octubre, importaría para muchos inversionistas recorrer el camino del retorno a los tiempos ideológicos que por politizar y conflictuar la economía terminaban provocando conflictos, ahuyentando al capital extranjero y generando más miseria. América Latina conoció amargamente esa realidad hace treinta años.
Lo que vive Brasil hoy es la preponderancia del factor riesgo político. No cabe duda que más allá de las dificultades contingentes en medio de crisis financieras internacionales, el manejo económico del gobierno de Cardoso goza de amplia credibilidad en los organismos internacionales. A diferencia de lo que ocurre en Argentina, el FMI no dudó en brindarle apoyo, precisamente para emitir la señal de colaborar con un gobierno que tuvo el coraje de renunciar al pasado e impulsar con seriedad las reformas derivadas del Consenso de Washington.
El temor al futuro es lo que ha comenzado a generar la crisis que se refleja en la devaluación de la moneda y en el fuerte incremento del riesgo-país. Y el hecho que el país haya comenzado un período económicamente recesivo, en un año electoral donde siempre hay tentaciones populistas, favorecerá al candidato del Partido de los Trabajadores.
Brasil vive una crisis de deterioro de confianza, respaldada por los resultados de las encuestas que reiteran a Lula como el más probable ganador de primera vuelta en las elecciones e incluso en una segunda ronda, donde sus contendores podrían hacer un frente común. En efecto, no existen postulaciones alternativas que sean percibidas como capaz de vencer a Lula. El candidato oficialista José Serra está a veinte puntos de diferencia, mientras que las otras postulaciones son aún menos alentadoras, como la de Anthony Garotinho, ex gobernador de Río de Janeiro, cuyo perfil es una curiosa combinación de socialismo, populismo y fundamentalismo evangélico y la de Ciro Gómez del Partido Popular Socialista que cuenta con el respaldo del Partido Comunista.
Debe agregarse, para avalar el potenciamiento de Lula, que desde el propio bloque gubernativo han desertado destacados personeros del Movimiento Democrático Brasileño como los ex Presidentes José Sarney e Itamar Franco, e incluso el ex gobernador Tasso Jereissati, correligionario de Cardoso en la Social Democracia Brasileña.
La responsabilidad que pudiera imputársele a Cardoso en este escenario es su persistente afán de respaldar a su correligionario y amigo José Serra, aun a costa de enajenar las simpatías del Frente Liberal, fiel aliado en sus dos gobiernos, por contribuir a boicotear a su candidata presidencial, Roseana Sarney, quien sí superaba a Lula en las intenciones de voto. Retirada esta postulación, quienes eran sus partidarios, lejos de concentrarse en Serra, dispersaron sus preferencias. Mantener una candidatura sin perfil ganador ha terminado siendo un acto de suicidio político para las pretensiones gubernativas de proyectar su proyecto transformador.
La bajísima probabilidad de que el formidable proceso transformador que ha impulsado el Presidente Cardoso sea proyectado en la administración que le sucederá abre incógnitas profundas que alimentan una crisis que está en sus inicios. Mientras que el hecho de que su eventual sucesor sea Lula incrementa las inquietudes de los inversionistas. Cabe preguntarse a estas alturas del análisis, ¿por qué su figura provoca inquietud, toda vez que otras figuras provenientes de la izquierda latinoamericana han llegado al poder y no han provocado ese mismo temor? Es porque el antiguo sindicalista de Sao Paulo no ha evolucionado en su pensamiento ni tampoco su partido se sitúa en el polo renovado de la izquierda que ha llegado a compatibilizarse con la economía de mercado. Entre el presidente chileno Ricardo Lagos y el venezolano Hugo Chávez, los seguidores de Lula se sienten mucho más cercanos a éste último. En efecto, una larga campaña en contra de la economía de mercado, genéricamente presentada como "neoliberalismo", el fuerte respaldo entregado al Foro de Sao Paulo, que reúne al socialismo más tradicional del continente, aquél que oscila entre el arcaico marxismo tradicional y el populismo mesiánico y demoledor, las severas críticas al gobierno de Chile por aplicar un esquema económico "liberal" y hacer concesiones hacia la derecha conforman una serie de factores que sugieren que un triunfo de Lula no será la instalación de la "Tercera Vía" socialdemócrata de Blair o un socialismo al estilo de Felipe González, sino el retorno de Brasil al plano de la confrontación ideológica de los años '60. Tras un discurso antiglobalización (que sustituye al vocablo "imperialista" de aquella década) volverán las movilizaciones, esta vez desde el poder, para marchar entusiastas y agresivas hacia el desmantelamiento de la liberalización económica. Una marcha irresponsable hacia el colapso y la miseria.
Algunos analistas brasileños indican que ante la cercanía del poder y para no perder la elección presidencial por cuarta vez, Lula ha moderado su lenguaje, cambiado su forma de vestir y conversando con empresarios. Más allá de que esta actitud sea expresión de una táctica electoral o esté inspirada en el ala socialdemócrata de su partido, no cabe duda que este cambio no se verá reflejado en su eventual gobierno, dado que en su partido se acumulan viejos resentimientos y muchas presiones para demoler al capitalismo globalizador y avanzar hacia un socialismo populista de viejo cuño, tanto más si su eventual gobierno deberá enfrentar un escenario de crisis económica, donde las presiones para no servir la deuda externa y para incrementar el gasto público, aunque ello importe inflación, le serán irresistibles.
¿Qué de extraño resulta entonces que la inversión extranjera de largo plazo esté más cerca de la fuga que de consolidarse en Brasil?

Por Andrés Benavente y Jorge Jaraquemada

Últimas noticias

Dejá tu comentario

Te puede interesar

Otras noticias