El triunfo de Evo Morales fue más amplio que lo estimado inicialmente. Con 93% de los votos escrutados oficialmente, su caudal ascendía a más de 54%. Por un lado, esto confirma su triunfo y su asunción el 22 de enero, sin necesidad de ser ratificado por el Congreso. Además, demuestra que su influencia superó con holgura a su electorado original, eminentemente campesino, y logró penetrar con fuerza en centros urbanos. Con todo, cabe una pregunta: ¿cuán difícil le resultará mantener ese apoyo a medida que avance su gestión, cuando llegue el tiempo de la formulación de políticas y ya no pueda seguir apelando a un lenguaje ambiguo? Mientras, sigue reiterando a diario que respetará la propiedad privada y la rentabilidad de las empresas, puntualmente las petroleras extranjeras. Pero, a la vez, insiste con un impreciso concepto de nacionalización del gas, advierte sobre una «intervención total» en ese mercado y amenaza con sanciones a varias compañías. Se acerca el tiempo de las definiciones.
Ese resultado puede acelerar la desaparición del partido del extremista Quispe, el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP), puesto que la ley estipula que los partidos con un respaldo menor de 3% serán borrados del registro electoral y deberán pagar las costas de la impresión de más de 3,6 millones de papeletas de sufragio. Otros tres partidos, la Nueva Fuerza Republicana, el Frente Patriótico Agropecuario y la Unión Social de los Trabajadores, corren la misma suerte que el MIP.
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