14 de febrero 2002 - 00:00

Para Michael Armacost son problemas del mundo sin fronteras

Madrid - ¿Quién iba a decirles a los defensores a ultranza de la globalización que ésta crearía unos monstruos como Osama bin Laden y la red terrorista Al-Qaeda? Al menos, a Michael Armacost, subsecretario de Estado para Asuntos Políticos en la Administración Reagan y uno de los más prestigiosos expertos estadounidenses en política exterior, no le cabe la menor duda de que el mundo sin fronteras que propugna el capitalismo tiene estos inconvenientes.

«Bin Laden y Al-Qaeda son producto de la globalización: los terroristas que perpetraron los atentados del 11 de setiembre se movieron con plena libertad por Estados Unidos, tomaron lecciones de vuelo sin problemas y realizaron operaciones bancarias por todo el mundo a través de las redes de alta velocidad», recuerda Armacost, presidente de la Brookings Institution, uno de los think tank (un centro de análisis y de estrategia) más reconocidos en Estados Unidos.

«Al-Qaeda no ha sido destruida y puede seguir organizando ataques. Sus células están escondidas en muchos países, por lo que el reto queda claro: combatir el terrorismo exige nuevos instrumentos», asegura Armacost, que expuso en Madrid su visión sobre los cambios en la política exterior norteamericana tras el 11-S. Para Armacost, el mayor enemigo de EE.UU. no es el fanatismo islámico, sino «los grupos terroristas dispersos y que están dispuestos a actuar en cualquier momento. Para acabar con el terrorismo hay que desarticular a los 6.000 miembros de Al-Qaeda que quedan por el mundo».

¿Qué ha aprendido Estados Unidos de los atentados del 11 de setiembre? «Ha aprendido de los fallos, de la necesidad de reforzar las fronteras y los sistemas de defensa sin impedir por ello el libre comercio y la libertad de movimientos de las personas». También ha descubierto que su imperio no era intocable. «Los atentados han mostrado la vulnerabilidad de EE.UU. en su propio territorio. Ahora tenemos por delante una tarea ímproba en reordenar el trabajo de las distintas agencias, como el FBI y la CIA, para evitar que esto vuelva a suceder», manifestó Armacost.

•Prioridad

«No estábamos preparados para el terrorismo catastrófico del 11-S», se lamenta. «Debemos superar nuestras deficiencias, y ésa es la prioridad de Ridge (director de Seguridad Nacional). Hay que cambiar la cultura del FBI y de la CIA, que no estaban acostumbrados a intercambiar información».

Según Armacost, se debería aumentar la colaboración «con los servicios de inteligencia extranjeros, compartiendo información o facilitando datos sobre cuentas bancarias que pudieran estar vinculadas a grupos terroristas». Para el presidente de la Brookings Institution -un organismo que presume de su carácter independiente, aunque la prensa le atribuye un ideario próximo al centroderecha-, la prioridad de Bush de atacar el terrorismo «debe buscar el equilibrio entre la seguridad y los derechos civiles», tal y como reclaman algunos países europeos, como Francia, que ha comenzado a criticar abiertamente la política de Bush. Pero, según Armacost, los terroristas cometieron «un error fundamental», al pensar que EE.UU. se quedaría solo en su lucha contra el mal. No sólo no ocurrió eso, sino que «se ha creado una coalición fundamental, Rusia ha reorientado su política y se ha logrado el apoyo de las repúblicas centroasiáticas». Pese a todo ello, el analista estadounidense considera que hay pocas razones para ser autocomplaciente: «La guerra contra el terror ha tenido éxito en Afganistán, pero no ha hecho más que empezar».

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