Además de la estatua de barro de San Francisco colocada detrás de su silla, Lula mantuvo una imagen del siglo XVIII de un Jesús crucificado e incluyó una estatuilla de Santa Ana, una de Nuestra Señora bizantina, una miniatura de la Virgen tallada en madera, así como una imagen de Nuestra Señora de las Gracias, obsequiadas al presidente por simpatizantes y religiosos en viajes por el país.
Pero los toques místicos del presidente brasileño trascienden su lugar de trabajo y se evidencian también en pequeñas señales de tono religioso, como su aparición en público luciendo en su saco un broche de Nuestra Señora Aparecida, tras estallar en junio denuncias de un esquema de compra de votos en el Congreso por parte de su Partido de los Trabajadores.
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