Perú: la Justicia electoral, el mercado y militares desgastan prematuramente a Pedro Castillo

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El resultado del balotaje se demora insólitamente. El izquierdista acusa recibo de las condiciones de un sistema que lo mira con recelo. Gobernabilidad y erosión de su autoridad. Un futuro que preocupa.

La inestabilidad política no es una novedad para Perú, país que debió acudir a cuatro hombres para poder completar el último mandato presidencial de cinco años, inaugurado por el liberal Pedro Pablo Kuczynski y que culminará el 28 de julio con la entrega del mando por parte del moderado Francisco Sagasti. El vencedor de la segunda vuelta, el izquierdista Pedro Castillo, aguarda todavía que el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) consagre su triunfo por una diferencia de algo más de 44 mil votos, pero eso se ha complicado por las impugnaciones de la derechista Keiko Fujimori, que involucran unos 200 mil sufragios. En el medio, la grieta -ya global- da para todo: campesinos leales al vencedor se manifiestan en Lima mostrando machetes, militares retirados replican -no se sabe si por creer en las denuncias no probadas de fraude o por su aversión a lo que llaman “comunismo”- exhibiendo uniformes y sables en las calles, el mercado financiero condiciona y el propio órgano electoral cae presa de una crisis que conspira contra el futuro Gobierno.

Dicha inestabilidad de larga data y que da indicios de profundizarse sigue a lo ocurrido con los alzamientos populares en Colombia y Chile y, más atrás, en Ecuador. Mientras, Venezuela parece políticamente cada vez más enferma y el Brasil de Jair Bolsonaro vuelve a coquetear con los excesos del Poder Ejecutivo, comisiones investigadoras del Congreso y pedidos -incluso en las calles- de juicio político. La Argentina luce, pese a su constante chisporroteo, como una de las pocas islas de estabilidad de la región.

La indefinición del JNE sobre el resultado de la segunda vuelta del 6 de junio no debería poner en peligro la asunción de Castillo. Por otro lado, más allá de lo gritan Fujimori -que no se sabe si reacciona contra su tercera derrota consecutiva, posible preludio de su final, o contra la posibilidad de terminar presa por financiamiento ilegal de campaña- y militares con agenda propia, nada indica que haya habido fraude. Así lo señalaron Estados Unidos y hasta la OEA, tan presta a denunciarlo en Bolivia, donde precipitó el golpe de noviembre de 2019.

La crisis que acaba de desatarse en el Jurado Nacional de Elecciones peruano es seria. Su decisión de no hacer lugar a las primeras impugnaciones de Fujimori provocó la renuncia del único fiscal que había votado en línea con los deseos de la candidata, Luis Arce Córdova. Este, que no puede renunciar en medio de un proceso electoral, acusó a sus pares de “sobreponer los formalismos sobre la justicia y la verdad electoral” y se acogió a la figura de la “declinación”. El problema es que esta no existe y el gesto podría paralizar las sesiones del organismo o forzarlo a avanzar con un miembro suplente, algo que en el futuro podrían utilizar los rivales de Castillo para tratar de socavar su legitimidad, según denunció en Twitter el partido de este, Perú Libre.

Fue en ese río revuelto que Alberto Fernández salió el 10 de junio a saludar, vía Twitter, el triunfo del docente y sindicalista. Con el gesto, el Gobierno argentino hizo una excepción en su política de no injerencia en los asuntos internos de otros Estados, principio que esgrimió, por caso, para evitar una condena a Nicaragua en la OEA. Sin embargo, según le explicó a Ámbito una fuente oficial familiarizada con esa decisión, El mandatario “habló como parte de un acuerdo con (Luiz Inácio) Lula da Silva y con (el boliviano) Luis Arce para evitar que se declarara la nulidad de la elección y que le robaran el triunfo a Castillo”.

Todo parece condicionar, incluso antes de su proclamación, al candidato.

Los medios más influyentes le han jugado abrumadoramente en contra y nada indica que dejarán de hacerlo si avanzara con su agenda de reforma constitucional, mayores impuestos a la minería y distribución del ingreso. De acuerdo con la última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos (IEP), publicada por el diario la República, una amplia mayoría considera que los medios favorecieron adrede a alguno de los candidatos en el balotaje. Más en concreto, el 59% detectó un favoritismo hacia Fujimori, la defensora del modelo de libre mercado -al que pretendía adosarle una dosis fuerte de mani dura-, mientras que apenas un 7% observó una promoción de Castillo.

En tanto, el mercado financiero también condiciona. Desde el 4 de junio, la víspera hábil de los comicios, la Bolsa de Lima se ha derrumbado 15% y el dólar trepó más del 3%, cifra -esta última- acotada debido a la masiva intervención vendedora del Banco Central.

Castillo, cuyas posturas en materia de seguridad y agenda de género son de lo más conservadoras, propone un modelo económico progresista. Con todo, consciente del modo en que el establishment lo condiciona, ya salió a dar garantías de moderación.

“No somos chavistas y no somos comunistas. Somos emprendedores y garantizaremos una economía estable, respetando la propiedad privada, la inversión privada y, por encima de todo, los derechos fundamentales, como el derecho a la educación y la salud”, dijo ya, no sin ambigüedad.

En tanto, su principal consejero económico, Pedro Francke, le dijo a la agencia AFP que “no haremos expropiaciones, no haremos estatizaciones, no haremos controles de precios generalizados, no haremos un control de cambios que haga que no puedas comprar y vender dólares y sacar los dólares del país”. Mientras, la élite de Lima se ha entregado con fervor a la tocata y fuga.

¿Seguirá Castillo el derrotero de antecesores como Alejandro Toledo, el segundo Alan García y Ollanta Humala, que cruzaron toda la cancha de izquierda a derecha a la velocidad de Kylian Mbappé? Mientras esa pregunta se desvela, el hombre comienza a acusar recibo del pliego de condiciones de un sistema que le hace saber de todo su recelo.

En algunos países de la región, la voluntad popular vive tiempos de libertad vigilada.

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