13 de febrero 2007 - 00:00

Pescadores de cadáveres en el río Tigris

Sin embargo, Nuri comprendió que ambas situaciones no guardaban ningún paralelismo cuando encontró una cabeza emergiendo de una cloaca. «Ahí estaba.

Envuelta en una tela. Era la de un hombre de 30 años. No tenía disparos. No hacía falta», asegura cuando se aproxima al desagüe donde se produjo el macabro hallazgo.

El iraquí intenta que su barca permanezca cuanto más tiempo posible debajo de uno de los puentes que cruzan el río. «Es para evitar las balas que caen del cielo», apunta.

Nuri recuerda con añoranzalos tiempos dorados del Tigris. Un torrente de agua con más de 6.000 años de historia que inmortalizó en verso el gran poeta Muhammad Al-Jawahiri. Aquel río repleto de los tradicionales botes redondos (los Quffa) o de barcazas llenas de turistas, donde abundaba la pesca. «Hoy sólo pescamos cadáveres. El río es un basurero para los asesinos. Es un ejemplo de la tragedia que sufrimos.»

Antes, Nuri aprovechaba la bonanza para aleccionar a los visitantes sobre los cientos de años que permanecen anclados en los márgenes del caudal. Legados como el Palacio Abasid del siglo XII --ubicado cerca del puente 17 de Julio-o el famoso Colegio Mustansiriyah, de la misma época. Hoy su conversación deriva hacia el horror más absoluto.

El testimonio tan sólo confirma el dislocado clímax que alcanzó la guerra civil que sacude a Irak, y en especial, el conflicto que se libra por el control de Bagdad. La capital se convirtió en una villa dondeproliferan los escuadrones de la muerte, los falsos controles donde se asesina siguiendo patrones sectarios y los coches bomba. Una ciudad donde en cada jornada aparecen decenas y decenas de cuerpos con signos de haber sido ejecutados. Muchos terminan en el Tigris.

Como Adnar Nuri, las fuerzas de seguridad -que patrullan en lanchas rápidas protegidas por ametralladoras pesadas-se acostumbraron a certificar el espanto en que se sumió el río. «Yo saqué ya 50 cuerpos», asume Hussin Ali, un buzo que lleva 35 años en la unidad policial.

  • Pavoroso

    El goteo de cadáveres se torna en flujo pavoroso en Suwayrah, a unos 30 kilómetros al sur de Bagdad. Allí, las autoridades iraquíes instalaron hace años 14 redes metálicas para intentar limpiar el cauce de plantas y desperdicios. Ahora también recolectan restos humanos. En los primeros 11 meses de 2006, se encontraron 366 cuerpos en ese lugar, según las estadísticas que manera el Ministerio de Salud.

    Sometidos a la presión que genera este escenario anárquico, los iraquíes olvidaron décadas de convivencia para atrincherarse en el odio sectario, alentado especialmente por las nuevas emisoras de televisión del tipo de Al-Forat, órgano de expresión del chiita Consejo Supremo de la Revolución Islámica.

    Para el profesor Ibrahim Al-Marashi, un iraquí con nacionalidad también americana, que publicó un reciente estudio sobre la influencia sectaria en los medios de comunicación locales, éstos alcanzaron ya el nivel tres en una escala de cuatro, cuyo máximo exponente sería la tristemente célebre Radio Mil Colinas que alentó el genocidio tutsi en Ruanda.

    La animadversión confesional encontró su expresión más irracional en el furor que se desató en la ciudad en torno a los «ringtones» de teléfonos móviles que afirman la filiación comunitaria del portador.

    Al socaire de esta crecientefobia partidista, la capital asiste a una acelerada redistribución demográfica en la que los sunnitas -que antes de 2003 eran mayoría en la población-parecen encontrarse a la defensiva.

    Los propios mandos norteamericanos admitieron en diciembre al diario «The New York Times» que los grupos armados chiitas consiguieron limpiar al menos 10 barrios que hasta 2006 eran mixtos, reforzando así el dominio político que ya ejercen sobre una ciudad en cuyo ayuntamiento sólo uno de los 51 concejales es sunnita.
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