24 de mayo 2005 - 00:00

Polémica: señalan a Zapatero por alentar proyecto "masón"

Ya fue un hallazgo el libro «Tabaré Vázquez, misterios de un liderazgo que cambió la historia» (reseñado por la revista «Veintitrés») cuando detectó al flamante presidente del Uruguay como un iniciado hermano masón. Según los autores del volumen, la incorporación de Vázquez a la logia José Artigas data de hace 16 años y explica mucho de la personalidad política del mandatario. En la misma línea, el debate sobre la masonería en política se reabre en España con la aparición de un artículo del historiador Ricardo de la Cierva en el cual afirma que el primer ministro español, José Luis Rodríguez Zapatero, también es masón. No sólo eso: De la Cierva afirma -sobre la base de una revista masónica publicada en la Argentina- que España tiene hoy 5 mil «masones y masonas» con los que cuenta Rodríguez Zapatero para llevar adelante el proyecto tradicional de la masonería, que es el desmembramiento de España. Ese proyecto, reseña el historiador, lo instrumenta Gran Bretaña a través de la masonería desde comienzos del siglo XIX y explica los procesos de emancipación hispanoamericana. El artículo de De la Cierva se publicó en la revista española «Epoca», e interesan sus conceptos en la Argentina, no sólo porque de aquí proviene la fuente sobre masonería española actual que cita este historiador, sino también por la celebración mañana del 25 de Mayo. Curiosa la recurrencia de ciertos debates que fluyen y refluyen a lo largo de los siglos. Pensar, hace 10 años, que la política internacional volvería a discutirse en términos de «Cruzadas» vs. islamismo hubiera sido un extravío. Hoy, la guerra contra el terrorismo se hace en nombre de esas consignas que tienen más de 1.000 años de historia. Este debate que se plantea en España reflota, por su lado, un viejo demonio del pasado americano: la acción de la masonería en la independencia de las colonias del viejo imperio español hace más de 200 años.

Agradezco a José Luis Rodríguez Zapatero que no haya encargado respuesta alguna a la entrevista que me acaba de publicar el semanario «ALBA» en la que me pareció necesario comunicar mi convencimiento de que el señor presidente está vinculado a la masonería.

Con este silencio ha frenado, por el momento, mi ya preparada réplica en la que pensaba informar sobre los miembros de su gobierno y de su partido que están afectados por la misma vinculación, según fuentes masónicas fiables.

De esta forma podré profundizar, matizar y completar esa lista, para que la opinión pública pueda comprender mejor los orígenes y los cauces de esa política indudablemente masónica que se está realizando en España desde que Rodríguez Zapatero ha tomado el poder en circunstancias anómalas.

Se trata de un aplazamiento, no de una cancelación. Porque esa política incide directamente en mi campo de actividad profesional -la historia de España- mediante ese fraude vengativo al que llaman «recuperación de la memoria» aunque no es realmente más que recuperación del odio y el miedo, los dos grandes factores que según otro masón distinguido, Manuel Azaña, provocaron la Guerra Civil de 1936, y no ese falso «golpe militar fascista» que han definido, dogmática y absurdamente las Cortes españolas metidas en un campo que nada tenía que ver con el suyo.

Para este número de «EPOCA» sobre la unidad de España he pensado articular brevemente una tesis que me parece indudable: a lo largo de la historia contemporánea española la masonería ha actuado como un ariete mortal contra esa unidad. Es muy fácil demostrarlo por capítulos.

La masonería moderna se gestó en la segunda mitad del siglo XVII y cristalizó en las primeras décadas del siglo XVIII. Sus iniciadores fue un decidido grupo de pastores protestantes radicalmente anticatólicos en Inglaterra, que acertaron a transformar la anterior masonería cristiana de los arquitectos y constructores medievales en una masonería sectaria, anticatólica y paganizante que teóricamente prohibía en su seno los debates sobre política y religión.

Pero en realidad, y dentro del ámbito de la Gran Logia de Londres (que era y sigue siendo el patrón y matriz de toda la Masonería Regular), se identificaba con la Iglesia Anglicana (y una rama con la presbiteriana) y actuaba al servicio de la corona británica en su política exterior imperialista y económica.

En mi reciente libro
«La masonería invisible» (Editorial Fénix), demuestro punto por punto esa realidad. Inglaterra ya había tramado un reparto del Imperio español a finales del siglo XVII, y cuando en el XVIII perdió su primer imperio en América (en parte por culpa de Francia y España), trató de compensarlo con la conquista del Imperio español en el continente americano, Cuba y Filipinas.

Cuando finalmente fracasó en este empeño, volvió a intentarlo con el asalto al Río de la Plata, hasta que la invasión napoleónica de España invirtió el sistema de alianzas y las fuerzas británicas destinadas a la conquista de Buenos Aires, al mando de Wellington, fueron destinadas a Portugal para combatir a favor de España contra los franceses.

• Pantomima

El Reino Unido organizó nuevamente la conquista de la América española por vías más sutiles (el imperialismo económico) sobre la trama masónica de la Independencia. Todos los libertadores eran masones reconocidos. Los Borbones de España (ninguno de los cuales fue masón, pese a ciertas consejas sobre Carlos III) habían forjado «la España de ambos hemisferios», como la llamó grandiosamente la Constitución de Cádiz en 1812. Implicaciones masónicas comprobadas provocaron la pérdida de la América continental hasta culminar en la falsa batalla de Ayacucho, que fue en parte una pantomima masónica.

España había recuperado virtualmente su imperio americano en 1815. Pero la dudosa presencia del general Morillo y la decidida intervención contra la expedición naval española de 1820 por parte del masón comandante Riego y del masón Juan Alvarez Mendizábal ( intendente del Ejército de la Isla y futuro ministro desamortizador) frustraron el envío de esa segunda escuadra al Río de la Plata, con inmensa alegría masónica de Bolívar y San Martín.

Así se produjo aquella pérdida de la España americana, que se consumó en 1898 con la de Cuba, Puerto Rico y Filipinas a través de una gran conspiración masónica en España y Ultramar, que algunos historiadores alucinados se obstinan en negar arbitrariamente.

La exacerbación autonómica, con fuertes dosis masónicas, estuvo a punto de desintegrar a la Primera República y volvió a intentarlo en la Segunda.


En medio de los eternos bandazos que, por desgracia, configuran la historia moderna de España nos debatimos hoy en una cresta masónica que, como en los casos anteriores, amenaza gravemente nuestra unidad nacional, nuestra misma existencia como nación. Conviene que no perdamos de vista uno de los focos principales de ese peligro.

Acabo de recibir el último número de una revista masónica, «Hiram Abif», de Buenos Aires, ya posterior a la elección del Papa Benedicto XVI, en la que
afirman que los masones españoles que estuvieron a punto de conseguir la secularización total y la desintegración de España en la Segunda República eran solamente 5.000. Pues bien, en un artículo del corresponsal de la revista en España, Joan Palmarola, que me parece inteligente y documentado, nos detalla que hoy, en 2005, hay en España 25 obediencias y grupos masónicos que suman en total 3.905 hermanos y hermanas. El primer experto español en el problema de las sectas que conoce esta lista de «Hiram Abif» me sugiere que el número auténtico de masones y masonas ronda los 5.000, es decir, un número equivalente al que logró semejantes objetivos en la última República. Que el ya inminente santo Juan Pablo II y los innumerables santos y mártires españoles de la Segunda República nos protejan.

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