Primera y última víctimas del temible Muro de Berlín
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El Muro de Berlín fue desde su inicio un símbolo de los atropellos que puede cometer el autoritarismo contra uno de los principales derechos del ser humano: la libertad.
Jürgen Litfin rehabilitó con la ayuda de sus amigos este cubículo de cemento para convertirlo en su segundo hogar. Desde él vela por la memoria de su hermano. Cuando se cumplen 15 años de la caída del Muro de Berlín -comenzó a hacerse añicos en la noche del 9 de noviembre-, Litfin recupera la historia de la primera víctima que se cobró aquella mole de hormigón: su hermano Günter Litfin. Y Karin Gueffroy cuenta la de la última: su propio hijo Chris Gueffroy.
Entre el primero y el último están los nombres de otras 264 personas que perdieron la vida intentando cruzarlo.
«Hacía sólo diez días que habían comenzado a levantar las alambradas -cuenta su hermano-. Si Günter hubiera sabido que esa misma noche se había dado la orden de disparar sobre cualquier fugitivo, nunca lo habría intentado», añade.
• El primero
Günter Litfin -un sastre de finos modales, presume su hermano, que trabajaba en un prestigioso taller del Ku dammdecidió probar suerte y, sin avisar a su familia, cruzar la frontera a nado. Jürgen llevaba meses reformando para él un apartamento en el Oeste, al que pensaba mudarse. Pero una bala asesina se cruzó en su camino.
Günter Litfin -cuya muerte no conoció su familia hasta dos días después gracias a la prensa «del otro lado»- encabezaría una larguísima lista. Un año más tarde, el mundo despertaba conmocionado al ver las imágenes de un muchacho de 18 años, Peter Fechter, que moría desangrado en la alambrada del Check Point Charlie.
Entre 1962 y 1963 (los dos primeros años después de su construcción) se registró el mayor número de muertos y detenidos. Antes de que se levantara el segundo muro -creado para habilitar un terreno por donde patrullar, la denominada «franja de la muerte»-, antes de que se cavaran las trincheras, antes de que los canales fueran vestidos con mallas que impidieran a avezados buceadores cruzar bajo el agua, antes de las vallas electrizadas, todavía había quien estampaba sus sueños contra aquella prohibición mortal, que no en vano acabó por llamarse el telón de acero. El trágico goteo de víctimas no terminó hasta pocos meses antes de su derribo.
• El último
Chris Gueffroy, con tan sólo 20 años, fue el último que perdió la vida, el 5 de febrero de 1989, en el intento de conocer otro mundo. Su madre, Karin Gueffroy, quien 15 años después sigue reteniendo las lágrimas, recuerda cómo su hijo le echó en cara que estuviera « secuestrada por una cuenta bancaria y un puesto de trabajo». «Sus palabras siguen sonando en mi cabeza», relata.
Frente al memorial que la ciudad de Berlín ha levantado cerca del lugar donde le dispararon (según averiguó a través de las actas de los servicios secretos de la Stasi, el cuerpo de su hijo fue encontrado con la espalda contra la valla, con 10 agujeros de bala), reconoce que no es tan difícil abandonarlo todo, tal y como le animó su hijo.
Porque después de sufrir el acoso y los interrogatorios de la policía durante meses, Karin Gueffroy solicitó un visado de salida de la RDA para dejar aquel país que le había robado lo más preciado. No se atrevieron a denegárselo. «Me veían demasiado decidida a acercarme al muro con un ejército de madres, tan indignadas como yo, y dispuestas a que nos llenaran también el cuerpo de balas.» Hoy se ha retirado del mundanal ruido e intenta pasar inadvertida. Sólo en contadas ocasiones se anima a hablar del « espíritu jovial» de su hijo, «por los demás, aunque después yo no pueda conciliar el sueño durante días».
Ni a Karin Gueffroy ni a Jürgen Litfin se los encontrará en las fotos de aquellos que hace 15 años se bañaron con las masas para celebrar la caída del Muro. «Aquella noche sólo lloré, de alegría, porque se cumplía el sueño de mi padre, lloré como no había llorado ni siquiera en el entierro de mi hermano», cuenta Jürgen Litfin, en esa torrecilla donde ahora quiere preservar su memoria. «No podía creer que por fin acabara aquel sistema criminal, que sometía a una vigilancia continua, que obligaba por ley a denunciar al padre o madre si resultaban sospechosos de deslealtad al régimen, que mataba o vendía a sus ciudadanos.»
Litfin pasó 10 meses en prisión por haber comprado muebles a un germanooriental que luego trató de huir. «Me acusaron de haberle ayudado en el intento», dice todavía incrédulo, como si contara la historia por primera vez. Pero tanto él como su familia vieron la libertad mediante un generoso cheque del gobierno occidental. «Este gobierno (de la RDA) lucraba con la venta de sus prisioneros», dice indignado. El canje de entre 30 y 40 mil prisioneros políticos (por sumas que rondaban los 100.000 marcos de entonces, 50.000 euros de ahora) sirvieron, sin duda, para alimentar las maltrechas arcas comunistas.



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