Principales fragmentos de su legado espiritual
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El testamento de Juan Pablo II de su puño y letra, según lo hizo público ayer el Vaticano.
No dejo tras de mí ninguna propiedad de la que sea necesario tomar disposiciones. Por lo que se refiere a las cosas de uso cotidiano que me servían, pido que se distribuyan como se considere oportuno. Que los apuntes personales sean quemados. Pido que vele sobre esto don Stanislaw, a quien agradezco su colaboración y ayuda tan larga a través de los años y por haber sido tan comprensivo. Todos los demás agradecimientos los dejo en el corazón ante Dios, pues es difícil expresarlos.
5-III-1990 Tras la muerte, pido santas misas y oraciones.
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24-II / 1-III-1980
Durante estos ejercicios espirituales he reflexionado sobre la verdad del sacerdocio de Cristo en la perspectiva de ese tránsito que para cada uno de nosotros es el momento de la propia muerte. Del adiós a este mundo para nacer al otro, al mundo futuro, signo elocuente, decisivo, que es para nosotros la Resurrección de Cristo.
He leído por tanto testamento registrado del último año, realizado también durante los ejercicios espirituales. Lo he comparado con el testamento de mi gran predecesor, el padre Pablo VI, con ese sublime testimonio de su muerte de cristiano y de Papa, y he renovado en mí la conciencia de las cuestiones a las que se refiere el testamento registrado del 6-III-1979, preparado por mí (de manera más bien provisional).
Hoy quiero añadir sólo esto: que cada quien debe tener presente la perspectiva de la muerte. Y debe estar dispuesto a presentarse ante el Señor y Juez, y contemporáneamente Redentor y Padre. Yo también tomo en consideración esto continuamente, confiando ese momento decisivo a la Madre de Dios y de la Iglesia, a la Madre de mi esperanza.
Los tiempos en los que vivimos son inenarrablemente difíciles e inquietos. Se ha hecho también difícil y tenso el camino de la Iglesia, prueba característica de estos tiempos, tanto para los fieles como para los pastores. En algunos países, como por ejemplo en uno sobre el que he leído informes durante los ejercicios espirituales, la Iglesia se encuentra en un período de persecución tal que no es inferior a la de los primeros siglos, es más, la supera por el nivel de crueldad y de odio. «Sanguis martyrum, semen christianorum». Además de esto, muchas personas desaparecen inocentemente, también en este país en el que vivimos.
Deseo una vez más ponerme totalmente en manos de la gracia del Señor. El mismo decidirá cuándo y cómo tengo que terminar mi vida terrena y el ministerio pastoral.
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«Totus Tuus ego sum»
5-III-1982
El atentado contra mi vida, el 13-V-1981, en cierto sentido me ha confirmado la exactitud de las palabras escritas en el período de los ejercicios espirituales de 1980 (24-II - 1-III).
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5-III-82
En relación con la última frase de mi testamento del 6-III-1979 («Sobre el lugar -es decir, el lugar del funeral-que decida el Colegio Cardenalicio y los compatriotas»). Aclaro que con esto pienso en el arzobispo metropolitano de Cracovia o en el Consejo General del Episcopado de Polonia.
Mientras tanto, al Colegio Cardenalicio pido que responda en lo posible a las eventuales peticiones de los antes mencionados.
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1-III-1985
Vuelvo sobre lo que se refiere a la expresión «Colegio Cardenalicio y los compatriotas»: el «Colegio Cardenalicio» no tiene obligación alguna de consultar sobre este argumento a «los compatriotas»; puede hacerlo si, por algún motivo, lo considera justo.
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Ejercicios espirituales del Jubileo del año 2000 (12/18-III)
Cuando en el día 16 de octubre de 1978 el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski, me dijo: «La tarea del nuevo papa consistirá en introducir a la Iglesia en el Tercer Milenio». Lo dijo el hombre que ha pasado a la historia como el primado del milenio. Un gran primado. Fui testigo de su misión, de su total entrega. De sus luchas, de su victoria. «La victoria, cuando llegue, será una victoria a través de María», solía repetir el primado del milenio estas palabras de su predecesor, el cardenal August Hlond.
A medida que avanza el Año Jubilar 2000 va quedando día a día a nuestras espaldas el siglo XX y se abre el siglo XXI. Según los designios de la Providencia, se me ha concedido vivir en el difícil siglo que está quedando en el pasado y ahora, en el año en que mi vida alcanza los ochenta años («octogesima adveniens»), es necesario preguntarse si no ha llegado la hora de repetir con el bíblico Simeón: «Nunc dimittis» [traducción: «ahora renuncia»].
El 13 de mayo de 1981, día del atentado contra el Papa durante la audiencia general en la Plaza San Pedro, la Divina Providencia me salvó milagrosamente de la muerte. El mismo único Señor de la vida y de la muerte me ha prolongado esta vida, en cierto sentido me la ha vuelto a dar de nuevo. A partir de este momento le pertenece aún más a El. Espero que me ayude a reconocer hasta cuándo tengo que continuar este servicio al que me llamó el día 16 de octubre de 1978. Le pido que me llame cuando El mismo quiera. «Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos... del Señor somos» (Cf. Romanos 14, 8). Espero que hasta que pueda cumplir el servicio petrino en la Iglesia, la Misericordia de Dios me dé las fuerzas necesarias para este servicio.
Como en todos los años, durante los ejercicios espirituales he leído mi testamento del 6-III-1979. Sigo manteniendo las disposiciones que contiene. Lo que entonces, y durante los sucesivos ejercicios espirituales se ha añadido, refleja la difícil y tensa situación general que ha marcado los años ochenta. Desde el otoño del año 1989, esta situación ha cambiado. La última década del siglo pasado ha quedado libre de las precedentes tensiones; esto no significa que no haya traído consigo nuevos problemas y dificultades. Sea alabada la Providencia Divina de manera particular por el hecho de que el período de la así llamada Guerra Fría ha terminado sin el violento conflicto nuclear, peligro que se cernía sobre el mundo en el período precedente.
Al estar en el umbral del tercer milenio, «in medio Ecclesiae», deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, al que junto con toda la Iglesia, y sobre todo con todo el episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo se les concederá a las nuevas generaciones recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha ofrecido. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primero hasta el último día, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a realizarlo. Por mi parte, doy gracias al eterno Pastor que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa en el transcurso de todos los años de mi pontificado.
En los más de veinte años que desempeño el servicio petrino «in medio Ecclesiae», he experimentado la benevolente y particularmente fecunda colaboración de tantos cardenales, arzobispos, y obispos, de tantos sacerdotes, de tantas personas consagradas -hermanos y hermanas-y, por último, de muchísimas personas laicas, en el ambiente de la Curia, en el vicariato de la diócesis de Roma, así como fuera de estos ambientes.
¡Cómo no abrazar con un agradecido recuerdo a todos los episcopados del mundo, con los que me he encontrado en las visitas «ad limina Apostolorum»! ¡Cómo no recordar también a tantos hermanos cristianos, no católicos! ¡Y al rabino de Roma y a tantos representantes de las religiones no cristianas! ¡Y a quienes representan al mundo de la cultura, de la ciencia, de la política, de los medios de comunicación social!
A medida que se acerca el final de mi vida terrena, vuelvo con la memoria a los inicios, a mis padres, a mi hermano y a mi hermana (a la que no conocí, pues murió antes de mi nacimiento), a la parroquia de Wadowice, donde fui bautizado, a esa ciudad de mi amor, a mis coetáneos, compañeras y compañeros de la escuela, del bachillerato, de la universidad, hasta los tiempos de la ocupación, cuando trabajé como obrero, y después a la parroquia de Niegowic, a la de San Florián en Cracovia, a la pastoral de los universitarios, al ambiente... a todos los ambientes... a Cracovia y a Roma... a las personas que el Señor me ha confiado de manera especial. A todos sólo les quiero decir una cosa: «Que Dios os dé la recompensa».
«In manus Tuas, Domine, commendo spiritum meum» A.D. 17-III-2000


