¿Qué cambiaría con uno u otro en la Casa Blanca?
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Holbrooke comparó hace unas semanas la lucha contra el terrorismo con la lucha contra la pobreza, como concepto o ambición, provocando durísimas críticas entre los republicanos.
En cualquier caso, incluso con mediadores moderados, no es tan seguro que los aliados estén dispuestos a participar. El primer ministro de Canadá, Paul Martin, por ejemplo, ya ha dicho que no enviará tropas a Irak, aunque gane Kerry.
Las diferencias podrían apreciarse más en casa, con los planes de Kerry para ampliar la financiación pública del seguro privado de los estadounidenses (aún muy lejos de la cobertura universal), eliminar las bajas de impuestos de Bush para quien gane más de 200.000 dólares al año o dar más dinero a las escuelas públicas. Sin embargo, incluso en las políticas domésticas, los cambios podrían ser muy limitados, sobre todo si los demócratas no recuperan el Senado y los republicanos siguen controlando el Congreso, capaz de bloquear cualquier reforma.
El auténtico contraste para EE.UU. es más bien lo que no pasará con Kerry. El demócrata no nombrará para el Supremo jueces ultraconservadores que quieran anular Roe vs. Wade (la sentencia que en 1973 extendió el derecho al aborto a todo el país) y no se opondrá a la investigación con células madre. Pero con un déficit presupuestario de 400.000 millones de dólares, medio país irritado por la derrota (la división bipartidista de EE.UU. no se acabará hoy) y los republicanos dispuestos, en palabras del periodista Seymour Hersh, «a morderle los tobillos» a Kerry, el margen de maniobra en política doméstica puede ser más estrecho que en el escenario internacional. Como ha escrito «The New York Times», «si la campaña fue dura, gobernar podría ser brutal».




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