5 de febrero 2007 - 00:00

Se percibe incipiente culto a la personalidad

San Mateo de Anzoátegui, Venezuela - En 1977, un subteniente y cuatro soldados desconocidos fundaban en una pequeña loma en medio de la nada el Ejército Bolivariano de Liberación del Pueblo de Venezuela (EBLPV). Un movimiento subversivo dentro del ejército, que por aquel entonces contaba con más siglas que efectivos.

Años más tarde, aquel movimiento fue rebautizado de distintas maneras, sumó nuevos miembros y protagonizó, en 1992, un fallido golpe de Estado liderado por el líder de ese germen revolucionario: el teniente coronel Hugo Chávez Frías. Su derrota militar se convirtió en victoria política, incluso mediática, que lo llevó, después de giras maratónicas por todo el país, al Palacio de Miraflores, la sede de la Presidencia venezolana.

Treinta años después de prometer el triunfo de la revolución, ese cerro perdido en San Mateo de Anzoátegui -a unos 400 kilómetros al este de Caracas- exhibirá el primer monumento personalista al líder de la revolución.

Una plaza-mirador, con hito y placa conmemorativa en el centro para celebrar el nacimientodel movimiento bolivariano. «La obra cuenta con un presupuesto inicial de 1.300 millones de bolívares (460.000 euros), aunque este monto sólo incluye la primera fase de ejecución», explica Edgar Maestro, alcalde de este municipio. «El monumento será una plaza, con distintas zonas adyacentes, adornadas con bancos y jardines».

¿Y la estatua estará en medio de la plaza? «No hay estatua. Al presidente no le gustan. Habrá un monumento con una placa conmemorativa», explica Maestro.

La plaza, proyectada con fondos de la gobernación de Anzoátegui, será construida por la empresa Vanesa Servicios (Vaserca) y estará lista en noviembre para rememorar el 30 aniversario del primer germen revolucionario.

Aunque sin estatua al más profundo y clásico estilo dictatorial (Hitler, Stalin, Saddam Hussein, Kim Jong-Il...), la presencia e imagen del presidente está copando cada rincón del país. Una red de supermercados Mercal, las casas de alimentación, los hospitales de Barrio Adentro, las escuelas y universidades bolivarianas, la televisión... y así, hasta un sinfín de vallas publicitarias de carretera convertidas en soportes propagandísticos, que, poco a poco, están relegando a Simón Bolívar a mero espectador de una revolución que todavía lleva su nombre.

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