¿SÍmbolo, enigma o esperanza?
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Sebastián Lacunza. Enviado especial a EE.UU.
El símbolo Obama no es menor ni secundario para este presente. En rigor, no hay proyecto político sin sustento simbólico. En este caso, el pasado indica que es un logro humano de enorme magnitud que un negro ocupe el Salón Oval de la Casa Blanca. Más que eso, su arribo representa al país diverso que busca dar vuelta la página a una cara demasiado texana, petrolera y religiosa que muchos veían como insuficiente para explicar a Estados Unidos.
No es el único símbolo. El segundo nombre de Barack es Hussein, y recibió educación islámica. Con estos datos, sumados a un pasado con alguna militancia en el centroizquierda, jugaron durante toda la campaña los republicanos más duros, tratando de estirar al máximo el significado de las medias palabras. «¿Quién es Barack Obama?», insistieron desde las tribunas con voz tenebrosa, como si se tratara de un invasor extranjero que venía camuflado en una apariencia atractiva. Hasta rivales de Obama dentro del Partido Demócrata cayeron en la tentación. Finalmente, las encuestas indican que una sólida mayoría cercana al 80% confía en el próximo presidente, rompiendo fronteras partidarias.
La diversidad que asoma con Obama no está dada meramente por un componente más «educado» y citadino, o por un progresismo «cool» del que hacen gala algunos demócratas en contraste con el ciclo que culmina. El «exotismo histórico», en los términos exóticos de José María Aznar, viene dado en realidad por el dato de que el ex senador por Illinois pudo arribar a la Presidencia fuera de todo pronóstico que se hubiera hecho hace sólo dos años, y una democracia que rompe sus reglas de elegibilidad puede llegar a ser -no lo es siempre- una democracia avanzada.
Este hombre joven, flexible y cordial suscita esperanza en el pueblo estadounidense. Hay que ver la alegría con la que sus seguidores deambulan por las calles, parques y subtes de Washington, a la espera de la última amansadora que llegará en horas.
El hecho de que Obama se haya permitido decir una idea y, luego, exactamente la contraria durante su carrera política, y muy especialmente dentro de la misma campaña electoral que lo consagró, no lo inhabilita para mantener la esperanza de los suyos. Ocurrió en lo referido a la relación con el mundo musulmán y específicamente Medio Oriente, pero los vaivenes obamistas surcaron también desde aspectos sensibles a los derechos civiles hasta la profundidad de los cambios económicos enunciados.
La contradicción y el apego desmesurado al marketing electoral son pecados comunes en los políticos, que se traducen en letales para conservar el poder cuando los asesores de imagen, enamorados de la retórica que inventan, terminan ocupando sillones que no les pertenecen.
No hay por qué pensar que un político que ha demostrado ser inteligente y sensible como Obama vaya a prolongar indebidamente sus lagunas. Frases como: «No hay un Estados Unidos demócrata y otro republicano, ni uno negro y otro blanco, ni afroamericanos, ni latinoamericanos, ni asiáticoamericanos» porque la «unidad de los estadounidenses» solucionará todos los problemas le sirvieron a Obama para ganar votos, no le alcanzarán para encontrar soluciones.
«La vaguedad desaparece en sí misma cuando comienzan las acciones. Es mejor ser impreciso primero porque ello permite tener más espacio para cambiar una vez que aprendés el juego. Es una buena posición para emprender el camino propio», indica desde Amherst a Ambito Financiero Michael Hannahan, experto en Ciencias Políticas de la Universidad de Massachusetts.
Frente a sí, el primer presidente negro de EE.UU. tiene la tarea inconmensurable de dar impulso a una nueva era del capitalismo. En apariencia, el cambio que se viene será, incluso más allá de Obama, de una magnitud fundacional como la que tuvieron el New Deal disparado por la crisis del 30 o el avance arrollador de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, que deglutieron las vacas sagradas de los socialdemócratas al punto de dejarlos tratando de tocar su misma cuerda. Ello, por al menos dos décadas.
El presidente saliente y su entorno son acaso una muestra de que no siempre la convicción, la autosuficiencia y la seguridad plena llevan a buen puerto. Otros ejemplos demuestran, por el contrario, que la falta de principios, el reino del márketing y la publicidad y la voluntad de agradar a todo el mundo terminan por licuar el poder rápidamente, o por defraudar las expectativas creadas para dar paso a un entramado distinto al prometido. (Ver más inf. en págs. 14, 15 y 16.)




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