Una bandada de aviones MiG sobrevuela los barrios cercanos a la Plaza de la Revolución, los perros ladran, las amas de casa se santiguan y los niños señalan al cielo. Durante varias semanas hemos padecido por los constantes preparativos de un desfile militar que se anuncia como el más grande de las últimas décadas y que pretende conmemorar los 50 años de los sucesos de Playa Girón y dar inicio al VI Congreso del Partido Comunista. Los soldados ensayaron su paso del ganso en las avenidas y calles, cuarenta y cinco grados de piernas levantadas mientras al hombro les colgaban sus fusiles AK. Estos excesos de verde olivo nos han llevado a cuestionar si existe realmente sinceridad en el talante de cambio que presenta el gobierno cubano, o si es sólo otra táctica para mostrar un rostro más moderno y reformador hacia afuera mientras nos enseña a nosotros los tanques y los cohetes. Contrasta la parafernalia de la guerra con los anuncios de flexibilizaciones y tímidas aperturas que se esperan que salgan de este evento partidista. Tal parece que nuestras autoridades intentan recalcar su poderío militar, ante la posibilidad de tener que brindar algunas migajas en el plano económico. Tratan de poner, como decimos por acá, el parche antes de que salga el hueco, por eso nos muestran las bayonetas a sabiendas de que deberán ceder terreno en otros aspectos de la vida nacional.
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Hace más de doce meses, cuando se anunció a bombo y platillo que el único partido legalizado en el país se reuniría en su máxima cita, las expectativas de cambio se elevaron inmediatamente entre la población. Después de trece años sin que la "máxima fuerza rectora de la sociedad" se congregara para decidir rumbos y estrategias, la noticia de su cónclave levantó innumerables esperanzas. La fantasía popular se exacerbó, comenzaron a circular rumores que se permitirían todo tipo de actividades laborales por cuenta propia y que el evento se constituiría en un antes y un después que dejaría atrás los excesivos controles y la ineficiencia. La lectura del proyecto de lineamientos redactado para ser aprobado por los delegados, también alimentó las ilusiones, a pesar de carecer de cualquier enfoque reformador en el plano de los derechos ciudadanos o políticos. No obstante, el mero hecho de anunciar que se introducirían flexibilizaciones en el tema de la compra y venta de casas y autos, desbocó los ensueños y atizó las esperanzas. Para muchos observadores extranjeros resultará paradójico que el plato fuerte de un congreso comunista constituya un aspecto de corte inmobiliario. Sin embargo, en medio del centralismo que vivimos hasta el simple acto de decidir dónde vivir necesita de innumerables autorizaciones, trámites, cuños.
El gobierno de Raúl Castro ya no puede sostener financieramente a ese mamut siberiano que es la burocracia cubana, pero tampoco tiene reales intenciones de sacrificarlo. Su gran dilema, la verdadera encrucijada en la que se encuentra, es promover o no ajustes para reducir en algo los absurdos mecanismos que atenazan cada aspecto de la cotidianidad, de hacerlo sabe que se arriesga a perder el control sobre esas parcelas de nuestra vida que llevan cincuenta años bajo supervisión del estado. El derecho a adquirir de manera legal una vivienda o un auto moderno, nos ha sido negado por un gobierno que le teme a la redistribución de la riqueza que se destrabaría de no existir la actual camisa de fuerza legal. Hace mucho tiempo que el sistema no puede eliminar las diferencias sociales brindando más oportunidades a los desfavorecidos. En su lugar aplica la estrategia de cortar las alas a los emprendedores y disimular los fuertes contrastes convirtiendo los símbolos de estatus en privilegios que sólo se pueden disfrutar por el camino del ascenso ideológico. De ahí que la mención a que esta cadena de restricciones pudiera venirse abajo en breve haya provocado infinitas especulaciones y vaticinios.
No obstante la curva del entusiasmo popular ha caído en picada. La imagen de un Raúl Castro reformista, especie de Gorbachov tropical que vendría a enmendar los desaciertos causados por su hermano, ha dado paso a la de un hombre atenazado entre los deseos de cambio de la gran mayoría y la resistencia que oponen los burócratas a que estos se lleven a cabo. Ni siquiera él mismo es el pragmático que parecía, sino un hombre que ha reforzado la presencia de la policía política en nuestras calles, excarcelado presos políticos por una lado mientras mantiene en el código penal las leyes que los llevaron a prisión; un gobernante bajo cuyo mandato reaparecieron los oprobiosos actos de repudio contra disidentes y que aprobó una serie de programas televisivos satanizando a la oposición. Tanto los cambios anunciados en un principio para esta citapartidista, como la propia proyección del General Presidente han sufrido -en los últimos meses- un proceso de pérdida de la confianza ciudadana. En una encuesta realizada de manera clandestina, tres de cada cuatro compatriotas aseguraban que Raúl Castro no podrá empujar las transformaciones urgentes que el país necesita. Quizás por esa convicción cada vez más extendida, los cubanos han preferido centrar sus expectativas en pasos cortos -pero inmediatos- como el de liberar el mercado de casas y autos.
Ya nadie proyecta que en el Palacio de las Convenciones se vaya a derogar en los próximos días las limitaciones de entrada y salida del país, las restricciones a la libre expresión o de asociación ni la lacerante dualidad monetaria. Tampoco se escuchan voces que pronostiquen el nombramiento en los más altos cargos del poder de una generación más joven, o la propia dejación de Raúl Castro del cargo de primer secretario del PCC para que éste sea asumido por alguien de otra generación. En fin, que las esperanzas han sido pasadas por agua debido a la tibieza, a la falta de compromiso político con los cambios y a estos aviones MIG que en estos días vuelan sobre nuestras cabezas.
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