Un Nobel a las buenas intenciones
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Se premió una intención. Un contraste. En definitiva, se premió el alivio que representa la figura de Barack Obama como contracara de George W. Bush, un hombre que pasará a la historia por su legado de guerra, destrucción, avance sobre las libertades individuales y desmanejo de la economía.
Obama pretendió sentar a la mesa del diálogo a palestinos e israelíes, intentando arrancar a éstos la promesa de cesar la construcción en los asentamientos de Cisjordania ocupada; no lo logró.
Obama permite avanzar en la investigación sobre los casos de tortura ocurridos en la era Bush, pero da señales de que el proceso podría abortarse por consideraciones de seguridad nacional.
Obama condena esos malos tratos, pero censura la difusión del material que lo prueba en los medios de prensa.
Obama quiere luchar contra el cambio climático, pero se aguardan aún más propuestas concretas.
Obama realizó gestos de distensión con Cuba, pero mantiene el anacrónico y políticamente inocuo embargo comercial.
Obama condenó el golpe de Estado en Honduras, pero se resiste a pronunciar la palabra golpe y no va a fondo con medidas que podrían precipitar la recuperación de la democracia.
Obama es todavía un brillante orador, un hombre de intenciones honestas, pero una enorme incógnita política.
Obama es una esperanza, un gesto, un suspiro de alivio, un estilo diferente al de Bush. Al Comité Nobel le alcanzó, algo que le generará al premiado una responsabilidad adicional que, acaso, termine de conformar su fisonomía política. ¿A usted le alcanza?




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