15 de abril 2002 - 00:00

Un severo revés para la política norteamericana

El desenlace, por ahora precario, de la crisis institucional venezolana del fin de semana constituye un fuerte revés para la política de los Estados Unidos en la región, que en estos días pareció dibujar un giro tan espectacular como sugestivo.

Por primera vez desde la restauración democrática en la región, los gobiernos de América no se deshicieron el jueves -el día en que se desencadenaron los acontecimientos-en esfuerzos para evitar un quiebre institucional irreparable en Caracas. El silencio fue más notable en los casos de EE.UU., Brasil y la Organización de los Estados Americanos (OEA).

Sin duda, la reacción internacional al golpe contra Hugo Chávez que se fue delineando claramente durante toda la tarde de ese día fue muy diferente de la que se produjo en las recientes crisis políticas de la Argentina, Perú, Ecuador y Paraguay, cuando quedó más que claro que sería imposible convalidar cualquier cambio político que no respetara mínimamente la legalidad constitucional, sobre todo a partir de la continuidad en el funcionamiento de los respectivos parlamentos. La conclusión parecía ser que a partir del jueves las aventuras militares dejaban de ser un imposible en América latina.

El viernes, el empresario Pedro Carmona apareció en las imágenes televisivas jurando como presidente de Venezuela rodeado de una nube de militares; sólo el color de las imágenes señalaba que no se trataba de episodio salido de un noticiero de los años '70.
Recién cuando las cartas ya parecían echadas, los mandatarios latinoamericanos tomaron conciencia de que sus debilidades son una invitación al golpismo y emitieron pronunciamientos más claros de apego a la legalidad constitucional. Sin embargo, la administración de George W. Bush saludó al gobierno de Carmona y comenzó a resistir una condena explícita de la OEA.

El revés para los Estados Unidos es múltiple.
Por un lado, desnudó una ruptura con los intereses políticos de los presidentes latinoamericanos, revirtiendo una doctrina de apego a la legalidad institucional que funcionaba como un reaseguro imprescindible en un contexto que se multiplica de gobiernos sumidos en crisis políticas y económicas y con muy bajos índices de popularidad.

Por otro lado, deberá seguir lidiando con Chávez, un personaje que le resulta intolerable, a pesar de haber hecho de su «revolución» más un ejercicio retórico y gestual que una realidad capaz de alterar la estructura política y económica de la sociedad venezolana. Un hecho que preocupa en momentos en que Brasil comienza a definir si instalará en el poder en octubre a Luiz Inácio Lula Da Silva -más edulcorado, pero igualmente enigmático-o si lo destierra definitivamente al olvido.

Sin embargo, lo que Washington siente por Chávez no es una mera repulsión ideológica, basada en su retórica antinorteamericana y en su declarada simpatía por Fidel Castro o Saddam Hussein. Hay también al menos dos hechos importantes que aluden a un conflicto de intereses significativo, que después del aparente fracaso de la asonada cívico-militar permanecerán sin solución.

El primero de ellos es el petróleo. Chávez ha sido uno de los principales impulsores en el seno de la Organización de Países Exportadores de Petróleo -presidida por el venezolano Alí Rodríguez-de una amplia política de recortes de producción y, por ende, de un incremento de los precios.

El otro asunto que queda sin solución con la segunda resurrección política de Chávez -más sorprendente incluso que la primera, cuando pasó de la cárcel a la Presidenciaes su rol en el conflicto colombiano, que se perfila como la gran prioridad de los EE.UU. en la región.


La previsible elección del duro Alvaro Uribe el mes que viene como próximo presidente colombiano prenuncia una guerra abierta y total contra la guerrilla de izquierda, esta vez muy posiblemente con una intervención más directa de los Estados Unidos. El atentado que sufrió ayer el candidato es sólo una muestra de lo que le espera a ese país.

En ese sentido, el golpe contra Chávez podía entenderse como el primer episodio de esa lucha: la remoción del mandatario venezolano, con evidentes contactos con las rebeldes Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y con una aparente permisividad para la instalación de bases guerrilleras temporarias al otro lado de la frontera común de 2.219 kilómetros, puede ser entendida como un intento de evitar que la guerrilla cuente con un santuario invalorable en el escenario que se avecina.

A partir de hoy, comenzará a develarse si Chávez ganó definitivamente la pulseada o si, en realidad, el equilibrio de fuerzas en los cuarteles sólo prolongará la crisis por unas semanas o meses. Si el gobierno sale decidido a quebrar el frente golpista -compuesto por un poderoso conglomerado de líderes militares, sindicatos, sectores empresariales y hasta medios de comunicación-, dará un indicio de fortaleza y -a la vez-prenunciará un posible desborde autoritario. Si no lo hace, desnudará impotencia, y los sectores enfrentados en Venezuela simplemente comenzarán otra vez a velar sus armas.

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