15 de marzo 2007 - 00:00

Una bacteria, el arma más temida por tropas de EE.UU.

La bacteria A.Baumannii vistaen un microscopioelectrónico.Ataca en Irak yAfganistán y hadesarrolladoresistencia atodos losmedicamentos.
La bacteria A. Baumannii vista en un microscopio electrónico. Ataca en Irak y Afganistán y ha desarrollado resistencia a todos los medicamentos.
Washington - Versátil, adaptable y flexible. Esas deben ser las tres características fundamentales de todo ejército. Cuando los generales estadounidenses hablan de sus fuerzas armadas, siempre utilizan esos adjetivos. Pero también los emplean para referirse a las guerrillas y a los grupos terroristas del país.

Y versátil, adaptable y flexible es el nuevo enemigo al que Estados Unidos debe hacer frente en sus guerras en Oriente Medio. No es ningún terrorista sino un bacilo, es decir, una bacteria. Se llama Acinetobacter Baumannii (A. Baumannii) y su historial en la guerra de Irak evoca historias de terror como «El puente de Cassandra», una película de los años 70 protagonizada por Ava Gardner, Sophia Loren y Burt Lancaster, que describe la propagación de una epidemia por un tren en una ruta transeuropea.

A. Baumannii es el nuevo terrorista que ha lanzado una guerra biológica que ya ha afectado de lleno a los soldados estadounidenses, británicos y canadienses en Irak y Afganistán.

A. Baumannii no es iraquí. De hecho, cada vez que visitamos un hospital nos exponemos a ella. Es oportunista, ya que sólo ataca a personas con defensas bajas y con heridas. Es una vieja conocida de los hospitales. Está en alrededor de 27% de los retretes y en 20% de los suelos de los centros hospitalarios.

Así que la reaparición en 2003 de este microorganismo entre los soldados heridos en Irak no alarmó excesivamente a las autoridades médicas estadounidenses. Porque A. Baumannii ya había sido la infección más común entre los soldados estadounidenses en Vietnam. Es cierto que al menos 240 soldados heridos en Irak fueron infectados en los dos primeros años de ocupación de ese país, y que existen numerosas sospechas de que el Pentágono ocultó las muertes causadas por el bacilo y las atribuyó a las heridas sufridas en combate por los militares. Pero, aunque serio, el peligro parecía contenido.

Hasta que, en 2004, el Pentágono comprobó que el bacilo, como todo buen terrorista, estaba evolucionando. Primero, había 11 antibióticos que lo combatían con éxito. En apenas un año, todos dejaron de ser efectivos. Los médicos tuvieron entonces que recurrir al colistín, un fármaco apenas utilizado desde la Segunda Guerra Mundial y que es tan potente que en Estados Unidos se le conoce como «la bomba atómica de los antibióticos». El colistín provoca daños en los riñones en 25% de las personas que lo toman. También puede afectar al sistema nervioso.

En 2005 A. Baumannii volvió a adaptarse a esta nueva arma, y aparecieron sus primeras cepas resistentes al colistín. Así, la bacteria ha llevado al mundo a la situación anterior a 1928, cuando Alexander Fleming descubrió el primer antibiótico, la penicilina. Las nuevas normas oficiales de EE.UU. acerca de cómo tratar esta infección reflejan que no hay forma de combatir la enfermedad, y que lo más que se puede hacer es evitar el contagio: «Higiene de las manos y aislamiento; examen activo de las ingles, las axilas y muestras de tejidos de las heridas; precaución en el contacto con los pacientes; uso de alcohol para la higiene de las manos». A. Baumannii se había convertido así en una superbacteria.

  • Contagiados

    ¿Cuál es el peligro real? Aunque no hay cifras oficiales sobre su incidencia, A. Baumannii ha contagiado al menos a 700 soldados estadounidenses. Según cifras oficiales difundidas por la revista «Wired», sólo ha causado la muerte de siete personas: dos militares y cinco civiles que se infectaron en hospitales en los que había soldados heridos en Irak. De ser así, este germen apenas sería preocupante, dado que EE.UU. ha tenido hasta la fecha 33.655 militares heridos en Irak y Afganistán. Pero hay elementos de duda en esas estadísticas oficiales. El más obvio es que, amparándose en la ley, tanto el Departamento de Defensa como el Centro de Control de Enfermedades (CDC según sus siglas en inglés, la principal agencia de sanidad pública de EE.UU.) son muy renuentes a la hora de dar información sobre este caso.

    Pero incluso las cifras oficiales son extrañas. Los cinco civiles muertos son todos los casos de personal no militar infectado. Así que parece increíble que A. Baumannii tenga una mortalidad de 100% entre los civiles y de 0,28% entre los militares. Y más aún cuando el epidemiólogo israelí Yehuda Carmeli ha explicado, en un artículo en la revista «Nature» -una de las publicaciones científicas más prestigiosas del mundo- que en los hospitales de Israel, donde hubo una epidemia de este bacilo en los años 90, la mortalidad del A. Baumannii es de 40%. Y aquélla era una cepa muchísimo más benigna que la superbacteria actual.

    El caos de la sanidad militar estadounidenseañade argumentos a quienes no creen la versión oficial, en particular después del escándalo desatado por el diario «The Washington Post» y la revista online «Salon.com», que han desvelado que hay unidades del hospital Walter Reed, en Washington -el mayor centro asistencial para los heridos que EE.UU. ha tenido en Irak- con las paredes cubiertas de moho e infestadas de ratones y cucarachas.

    En esas condiciones, la nueva arma biológica de Irak puede lanzar fácilmente ataques mortales contra los soldados convalecientes, que presentan heridas graves y suelen tener las defensas bajas, por lo que son víctimas perfectas. Gente como Jonathan Gadsden, un infante de marina de 20 años que sufrió rotura de cráneo y costillas y perforación del bazo y del estómago en un ataque en Irak, el 21 de agosto de 2004. La rapidez con la que fue evacuado y una serie de operaciones le salvaron la vida. Pero, justo cuatro meses después del ataque, cuando su recuperación se daba por hecha, entró en coma y murió.

    Oficialmente, Gadsden falleció por «las heridas causadas en operaciones de combate». Sin embargo, una autopsia que nunca ha sido hecha pública, pero a la que ha tenido acceso «Wired», confirma la presencia de A. Baumannii en su organismo.
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