En ciertos aspectos, la situación económica argentina se puede comparar con la de un ser atrapado en una telaraña con dificultades para cortar las fibras que lo mantienen agarrado y sujeto a los vaivenes de los vientos y otras circunstancias, incluyendo efectos de movimientos propios. Así es como el PBI y empleo crece y decae, el tipo de cambio real peso-dólar fluctúa entre 90 y menos de 30. Hay una dinámica de elementos interrelacionados que explican esta realidad. Su resolución requeriría acciones y persistencia en varios frentes para romper la inercia y alcanzar una salida que no signifique un salto que termine golpeando fuertemente al sujeto.
Sin pretender ser cubrir todo ni dar un orden de importancia y causalidad, entre los factores que alimentan los bretes pueden identificarse: (a) dificultades de inserción en el comercio global y en el funcionamiento económico internacional, (b) donde hay problemas de adaptación de sectores de la economía a estructuras productivas más modernas, (c) llevando a desafíos recurrentes para sostener el crecimiento de ingresos, (d) que repercuten en tensiones sociales con exacerbación de pujas redistributivas, (e) y “justifican” determinada Inestabilidad en las reglas de juego, debilidad institucional y erraticidad en la política económica, (f) dando lugar a un incremento de la percepción del riesgo, retracción de capitales con suba de primas de riesgo y disminución de recursos disponibles y (g) y al debilitamiento del resultado y composición de la estructura fiscal y de deuda.
En materia financiera, los canales de propagación de las tensiones son a través del mercado de títulos de deuda y de la demanda de dinero. Si bien ambos están conectados entre sí, los efectos de corto plazo son diferenciables.
Los precios de los títulos pueden reaccionar rápido pero normalmente su exigibilidad de pago está escalonada en el tiempo. En principio, las variaciones de precios son cuestiones entre compradores y vendedores. De todas maneras, el emisor debe plantearse cómo enfrenta los vencimientos, particularmente en un contexto adverso en los mercados de capitales. Esto es, alguna combinación entre acciones que mejoren sus posibilidades de repago y sus perspectivas y, además, prevea fuentes alternativas de financiamiento. Sin embargo, y de persistir en el tiempo una situación de tensión, las limitaciones (restricciones) al acceso de financiamiento generan aumentos en el costo de capital, con consecuencias sobre nuevos proyectos de inversión y gasto en general, tanto para el sector público como el privado.
Comparando con muchos otros países, el BCRA tiene capacidad limitada de responder cuantitativamente a los desequilibrios que pueda haber en el mercado monetario en pesos, particularmente cuando hay caídas súbitas en la demanda de dinero. Esas circunstancias se traducen, con mayor o menor intensidad, en el tipo de cambio. Una depreciación del peso tiene además efectos sobre la tasa de inflación y la formación de expectativas que pueden retroalimentar el proceso de reducción de la demanda de dinero local. Todo ello ocurriendo a gran velocidad y con derivaciones redistributivas y de disminución del gasto en términos reales.
En consecuencia, el riesgo en bonos, aún con su volatilidad en el corto plazo, puede contrarrestar pérdidas con ganancias en el largo plazo; aunque tiene efectos sobre el desarrollo en la economía real que, acumulados en el tiempo, dejan secuelas profundas. Por otro lado, históricamente, el riesgo de una fuerte caída de valor de los saldos monetarios en pesos no arrojó resultados que se compensaron entre sí a lo largo del tiempo. Fueron pérdidas reales producto de las depreciaciones recurrentes del peso con sus efectos más inmediatos sobre el poder adquisitivo local. Ampliar el margen de maniobra para potenciar la política monetaria sería deseable, pero eso durante un período considerable comprobando una trayectoria meritoria del BCRA inserta en un contexto local propicio.
Un ejemplo ilustra lo señalado: Cien dólares invertidos en bonos soberanos argentinos en 1998 y los intereses reinvertidos en ese activo, al día de hoy tendrían un rendimiento acumulado para el tenedor superior a la colocación en bonos del tesoro de EEUU durante el mismo período. Sin embargo esa misma suma de dinero invertida durante el mismo tiempo en un depósito a plazo fijo en pesos y reinvertidos sus intereses valdría al día de hoy alrededor de la mitad en dólares.
En este sentido, salir de la telaraña -minimizando las posibles complicaciones que ello conllevaría- requiere el diseño y la implementación de una estrategia de conjunto que atienda los factores mencionados inicialmente. Aunque sería aconsejable implementarla en secuencias, tendrá que considerar las distintas dimensiones que intervienen en el proceso. Hacerlo con un enfoque parcial no solo diluiría su efectividad sino que también podría anular los efectos de medidas por estar fuera de contexto. Así vistas, las soluciones no dependen de personalismos o propuestas atadas a mandatos partidarios temporales, aunque haya lógicas diferencias entre las opciones electorales. Los esfuerzos deben centrarse en construir bases que consensuen una agenda de mediano y largo plazo que no descuide la adaptación y asistencia a los sectores más vulnerables en la transición. En ciertos casos de economías más volátiles fueron útiles acuerdos internacionales que abran oportunidades y refuercen el marco institucional. De todas maneras, tomar la decisión y llevarla adelante es una cuestión que deben tomar los dirigentes políticos locales.
(*) Economista y socio de la consultora Quantum
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