Los directores rojos

Opiniones

A 30 años del colapso del comunismo europeo revisamos la historia silenciada de qué pasó con los activos del Estado soviético. Un falso regreso triunfal y el futuro.

En su pretensión de que Chernobyl no fuese el desastre por el que sería siempre recordado, Mijail Gorbachov emprendió rápidamente reformas que no sabía bien dónde terminarían pero que sí lograron hacerlo a fines de los ochenta enormemente popular fuera de Rusia. Aún cuando el humo radiactivo todavía se expandía y la limpieza de las zonas contaminadas se llevaba cientos de vidas, la reformas de Gorbachov hicieron que CNN, The Economist y demás medios occidentales lo retratasen como un héroe.

El resultado de Perestroika y Glasnost es conocido: el comunismo europeo colapsó, Alemania Federal aprovechó para anexarse rápidamente a su vecina socialista y unos años después, los países de Europa del Este entraron en la alianza militar de Estados Unidos.

¿Y Rusia?

Un grupo de individuos tuvo visión sobre lo que sucedería y esa visión no tenía nada que ver con las expectativas de la población. Como lo explicó el historiador marxista Eric Hobsbawm: “El socialismo soviético generó una tremenda despolitización en la sociedad”. La hizo dependiente y lo más peligroso: ingenua. Los rusos, en su idealismo, realmente creyeron en el relato de que podrían combinar lo mejor del socialismo con lo mejor del capitalismo. O que occidente les extendería una ayuda al estilo Plan Marshall.

Pero la OTAN se limitó a observar y disfrutar como su gran enemigo se desintegraba. En el peor momento del desgobierno ruso, los medios occidentales llegaron a mencionar la posibilidad de “internacionalizar Siberia”.

En la historia reciente se dieron dos episodios donde la expectativa de vida cayó fuerte en tiempos de paz: África subsahariana con la epidemia del SIDA y Rusia en los noventa. Drogas duras, alcoholismo, suicidio, retorno de enfermedades que habían sido erradicadas fueron algunos de los dramas que vivieron los rusos mientras el resto del planeta crecía y miraba Friends.

Muchas autoridades de las empresas estatales de Rusia, los llamados directores rojos, entendieron tan temprano como en 1987 -en medio del optimismo reformista- que el rumbo al que se dirigía el país era el caos. Para hacerse rápidamente de capital comenzaron a vaciar las empresas que comandaban, entraron en el contrabando de bienes que los rusos habían deseado por décadas (como jeans) y prosperaron en el nuevo negocio del diferencial del tipo de cambio cuando la población comenzó a ahorrar en moneda extranjera para cubrirse. Todo a través de los viejos contactos que tenían en el régimen y de las nuevas desregulaciones que las autoridades firmaban frenéticamente.

Gorbachov fue desplazado por otro jerarca aún más ambicioso, Boris Yeltsin. Así como el primero se engolosinó con los aplausos occidentales al “liberar” Europa del Este, Yeltsin de la noche a la mañana les regaló la independencia al resto de las repúblicas soviéticas. Un imperio edificado en cuatrocientos años era rematado en meses.

¿Y qué pasó con las grandes empresas rusas? Los directores rojos -ahora los financistas del partido de Yeltsin- necesitaban legitimar y legalizar su apropiación de esos activos. Primero se recurrió al sistema de vouchers a los trabajadores y a parte de la población. Millones de rusos serían dueños de una pequeña parte de las 15.000 empresas que entraron en este procedimiento. Pero inmediatamente después se realizó una reforma monetaria que licuó los ahorros de la población. Los trabajadores se vieron obligados a vender sus vouchers ¿A quiénes? A los directores rojos.

La segunda etapa comenzó en 1995 cuando la popularidad de Yeltsin se desmoronaba y el Partido Comunista se había recuperado obteniendo la mayoría en la Duma. Faltaba poco para las elecciones presidenciales de 1996. El candidato comunista, Gennady Zyuganov, prometía desandar las reformas. Había que apurarse, por eso Yeltsin firmó un decreto por el cual el Estado se endeudaría con los bancos, le prestaría ese dinero a empresarios “nacionales” y estos podrían comprar los mayores activos públicos, que no habían entrado al sistema de vouchers.

Para dar sólo un ejemplo, Yukos, la petrolera estatal, se vendió por sólo U$S300 millones. Muchos de los préstamos nunca fueron devueltos.

El proceso estaba completo. De golpe, los directores rojos se habían convertido en billonarios: a fines de los 90 ya estaban en las listas de la revista Forbes de los más ricos del mundo. La población los rebautizó “los oligarcas”. Todavía hoy son las personas más detestadas de Rusia.

Finalmente hubo una ayuda occidental de la mano del FMI pero no con el fin de ayudar a todos los rusos sino a uno sólo: a Yeltsin a reelegir. Todavía se disputa si esa reelección fue o no fraudulenta. En un reportaje de 2012, el ex presidente Dmitri Medvédev aseguró que “no fue Yeltsin quien ganó”.

Finalmente, en 1998 Rusia se hundió del todo al defaultear su deuda.

Al año siguiente, en una jugada para la historia, mientras el resto del planeta miraba los fuegos artificiales del cambio del milenio, Yeltsin renunció y dejó su cargo a un desconocido Vladimir Putin. Putin tuvo un paso por el servicio secreto soviético pero principalmente había trabajado junto a un ex gobernador liberal de San Petersburgo que perdió su reelección.

El cambio de rumbo fue sutil al principio pero concreto. En 2003, Putin eligió dos blancos entre los oligarcas. Uno era el hombre más rico del país, Mikhail Khodorkovsky, con un patrimonio que en su momento era de u$s 15.000 millones (recordemos que se había quedado con la petrolera estatal por u$s 300 millones). Otro, Boris Berezovsky, empresario del sector automotriz y dueño del mayor canal de televisión. Amenazando a Rusia con juicios en el exterior (similar al que YPF tiene en hoy en Nueva York), Estados Unidos y Europa apoyaron a los oligarcas, pero Putin endureció su embestida. Khodorkovsky fue preso por diez años y su empresa terminó en manos del Estado y Berezovsky se suicidó -o fue suicidado- en Londres.

La disparada del precio del petróleo (boom de los commodities) terminó de consolidar la popularidad del Presidente: había terminado con el separatismo en Chechenia, disciplinado a los oligarcas y las ganancias del oro negro fluían para que Rusia no sólo pague buena parte de su deuda externa sino para que acumule un fuerte fondo de resguardo que todavía posee.

El mundial de fútbol, la construcción del edificio más alto de Europa en San Petesburgo, la recuperación de Crimea y la intensa propaganda gratuita que EEUU y Europa hacen de un supuesto poder ruso para intervenir en todas las elecciones que no salen como el establishment occidental quiere, ayudan a que Vladimir Putin disimule en su país que los buenos tiempos del boom petrolero terminaron y que las reformas en la educación superior, en el sistema de salud y en el régimen previsional son nuevos desmantelamientos -aunque lentos y más digeribles- de la herencia soviética.

A los oligarcas rusos hoy ni se les ocurre contradecir el dirigismo económico del presidente ni mucho menos aliarse con occidente, pero también tienen claro que el sistema que legitimó su poder, basado en uno de los saqueos más grandes del siglo pasado, llegó para quedarse.

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