Bernanke optó por enviar los soldados al combate de a uno
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En ese ajedrez, la decisión inicial de inyectar liquidez tropezó con un paralelo agrietamiento de los canales de crédito. La magnitud de las disrupciones se tradujo en un estallido de diferenciales de tasas de interés al interior del propio mercado monetario. No sólo se fragmentó el segmento bancario. La brecha entre las tasas de las Letras del Tesoro -libres de riesgo- y de las obligaciones privadas de corto plazo (commercial papers) se multiplicó. La huida hacia la calidad desplomó la tasa de las Letras a un mes de 4,95% (el martes 7, cuando culminaba la reunión convencional de la Fed) a 3,03%, en el pico de la zozobra, el jueves 16.
La Fed podría haber intentado dominar la situación aumentando la liquidez hasta que desbordase. Optó, en cambio, por una solución micro que va dirigida directamente al corazón de los inconvenientes. Prefirió dotar de liquidez a los mercados específicamente obturados. En vez de abrir camino con el hacha de siempre, desliza un bisturí. La ventanilla de redescuento asume el rol que dejó vacante la ausencia de market makers en activos que, en un mundo dominado por la incertidumbre «à la Knight», nadie osa tocar. Saber que esos instrumentos pueden ser redescontados debería, a su vez, enmendar las fisuras entre valor y precio y restablecer el funcionamiento de los mercados secundarios.
El caso Countrywide -que mudó de la caza mayor de cartera inmobiliaria a convertirse en agitada presa de la iliquidez- habrá ejercido gran influencia. Se trata del banco hipotecario número uno de los EE.UU. ¿Cuál es el mensaje que fluye de sus penurias extremas? Podrá discutirse si los créditos subprime constituyeron un desatino. Es una cuestión de grado. Después de todo, aun hoy sólo supuran los concedidos en 2005 y 2006. Es difícil afirmar que toda hipoteca -aun las ajustadas a las prácticas tradicionales- deba ser castigada como una equivocación terrible a menos que lleve una garantía cuasiestatal. Es obvio que allí ya se incursiona en el terreno de la exageración.
En paralelo, la experiencia canadiense -el último jueves- recordó otro aspecto importante de la gestión de la crisis. Allí un grupo de diez instituciones -encabezado por la Caisse de Québec (y con la lustrosa compañía de jugadores como Deustche Bank y HSBC)- decidió cortar de raíz la indigestión del mercado de commercial papers con colateral (ABCP) emitidos por entidades no bancarias. El riesgo de «roll over» -la vicisitud de no encontrar compradores de nuevos papeles que permitan renovar los vencimientos- hizo crujir la paz habitual del mercado monetario. Diez horas de febriles negociaciones definieron la iniciativa bautizada ya como Propuesta de Montreal. Las instituciones aceptaron consolidar los activos en cartera transformándolos de deuda de corto en obligaciones de largo plazo (de igual tenor que las garantías subyacentes). El Banco de Canadá y el Ministerio de Finanzas -ajenos, en principio, a las tratativas- expresaron su beneplácito. Con visión de portafolio -y no meramente legal- tal independencia es sólo relativa. Como la Fed, el Banco de Canadá es el que aporta la liquidez adicional que requiere el sistema.
No hay ninguna iniciativa similar gestada en los EE.UU. Sí se sabe de una reunión de la Fed con un conjunto de bancos para explicarles en detalle el alcance del paquete de medidas. Nada más. Empero, a nadie escapa que el compromiso de las entidades para mantener el crédito entre sí y a sus clientes guarda un protagonismo clave. Cuando el comunicado dice que los bancos pueden llevar sus activos a la ventanilla de descuento, inclusive los hipotecarios, el destinatario del mensaje no es el potencial usuario (que conoce la lista de títulos admisibles) sino el lego que lo leerá en la prensa. El objetivo de la hora es restablecer la mutua confianza. Con todo, si tal empeño no alcanzase, vale recordar que la ventanilla de descuento puede, en condiciones «inusuales y exigentes», usarse para proveer financiamiento no sólo a los bancos. Otros jugadores financieros no bancarios e inclusive corporaciones e individuos pueden recibir asistencia sin que haya necesidad de cambiar una sola coma en las normas que rigen la Fed (según la sección 13.3 de su acta constitutiva).
¿Cómo seguirá la película? La estrategia persiste: irrigar liquidez a tasas cuyo piso sigue clavado en 5,25%. Las medidas complementarias buscan destrabar los nudos del crédito. No bajan el costo mínimo del fondeo sino que promueven su accesibilidad a un costo efectivo previsible. El diagnóstico oficial sigue siendo que la crisis es de liquidez (los casos de insolvencia que se observan responden al apalancamiento monumental pero no a un deterioro grave de la calidad de los activos subyacentes). Como ya se dijo en otra oportunidad, el enfoque gradual, la mesura de mandar los soldados al campo de combate, de a uno en fila, entraña sus propios riesgos. La Fed lo sabe, sin duda, pero, aun con la mochila de una economía debilitada, ha decidido que vale la pena correrlos. En tiempos borrascosos, menuda muestra de confianza.




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