Cinco violaciones de Argentina a la Convención de Viena
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Pero además, la difusión anticipada del nombre, afecta a la persona propuesta ya que podría demorarse la respuesta o, eventualmente, no ser aceptada, creándose la impresión que el Estado enviante no valora adecuadamente estas circunstancias, ni las reglas mediante las cuales corresponde conducir las relaciones con el otro Estado. Anticipos, rumores y opiniones de la prensa no son inusuales y ocurren en todo el mundo. El problema se presenta cuando la fuente que da a conocer el nombre es oficial o muy próxima y cuando ello constituye una práctica habitual.
Los países con instituciones más antiguas, prestigiosas y democráticas han hecho del acto de presentación de cartas credenciales un evento memorable, un hito positivo entre los dos gobiernos, una ocasión para conocer al jefe de Estado y un momento irrepetible para hacer llegar alguna comunicación que sólo puede hacerse verbalmente y directamente al destinatario.
Los especialistas del Derecho Diplomático han destacado positivamente aquellos que han sabido crear una verdadera tradición de esta ceremonia porque ello refleja el respeto a las normas y prácticas internacionales y una clara vocación para ocupar el lugar que les corresponde en el mundo. Así, Sir Ernest Satow, tal vez el más respetado tratadista, ha identificado a cuatro países como realmente significativos. Estos son: los Estados Unidos de América, el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, la entonces Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y... la República Argentina, cuya ceremonia describe con un nivel de detalle que debe enorgullecernos. Aparece la figura prestigiosa del director nacional de Ceremonial, el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, el escuadrón del Regimiento de Granaderos a caballo, el diálogo con el señor Presidente de la Nación, la oportunidad de dirigirse a la prensa y el regreso a la sede de la embajada, siempre acompañado por los granaderos (Ernest Satow, «Guide to Diplomatic Practice», fifth edition, 1980, chapter 13, pág. 104). Es entonces de aplaudir que, recientemente, se haya retomado la tradición de presentar las cartas credenciales a la señora Presidente de la Nación, tradición que había sido abandonada inexplicablemente desde el año 2003. Sería también de esperar que la ceremonia retome el antiguo brillo porque ello redundará en una mayor consideración hacia la Argentina y también en una más amplia y justificada consideración de nuestras máximas autoridades.
Las sugerencias de la diplomacia deben ser instrumentadas sin demoras innecesarias porque es el canal ineludible para cualquier gestión, de conformidad con la Convención de Viena, y porque asegura que los intereses argentinos en terceros países -que obviamente siguen puntillosamente estas reglas- serán también atendidos y considerados. En relaciones internacionales el principio de reciprocidad es regla de oro. El «no hagas a otro lo que no quieres que te hagan a ti» es algo que se aprende desde el primer día en el Instituto del Servicio Exterior, academia donde se forman los diplomáticos de carrera en nuestro país desde hace más de cuarenta años.
Cuando la Convención de Viena estipula que todos los asuntos han de ser tratados con el Ministerio de Relaciones Exteriores o por conducto de él, con el ministerio que se haya convenido, tiene bien en claro la función creciente que le cabe en el orden interno a las relaciones exteriores y viceversa. Si ello no se percibe con claridad y la Cancillería es vista como no imprescindible para brindar acceso a otras áreas del Estado, aun las más altas e importantes, la relación bilateral se enrarece, aparecen las « diplomacias paralelas», se pueden generar suspicacias y la seriedad y continuidad de proyectos e inversiones se resienten. Se perjudican los ciudadanos, en especial los jóvenes porque toda política exterior debe tener un horizonte a mediano plazo y se fomenta, involuntariamente, el aislamiento.
Naturalmente que este panorama no es general. Pero la Convención de Viena en su Preámbulo consagra, en gran medida por iniciativa de la Argentina y de América latina y el Caribe, la igualdad soberana de los Estados. No se puede hacer diferencias ni discriminar. Las facilidades de Aduana se conceden a todos sobre la base de la utilidad hacia la función, la cortesía y la reciprocidad. No se deben suprimir intempestivamente, aunque se pueda. Mucho menos retroactivamente. No conviene a los intereses argentinos porque también éstos se benefician en el exterior, haciendo la representación y el trabajo más simple y menos oneroso.
Indudablemente un Estado cuidadoso de su imagen encontrará el equilibrio entre el derecho de libertad de expresión y el deber de proteger a las sedes de la embajadas para que no sufran sus actividades, movimientos, comunicaciones y valija diplomática.
Estas reflexiones se formulan para ayudar y no para criticar. Persiguen por objetivo que se enmienden aquellas deficiencias que no se justifican ni pueden explicarse. Pero, además, sumado todo lo anterior, hay que tener presente que en la actualidad, la evolución del método diplomático ha asignado roles más visibles que en el pasado a las más altas autoridades, incluso en actividades de instrumentación de las relaciones con otros Estados. En este nuevo escenario es donde se valoran estrictamente las formas y los detalles. Los contactos y amistades que así se generan son fundamentales porque se incorporan al patrimonio diplomático de las naciones. Pasan a pertenecer al país y no sólo al funcionario.
El momento de establecerlos es cuando se ocupan posiciones de poder, que no son eternas. Por ello es desaconsejable cancelar o postergar los compromisos, salvo por reales razones de fuerza mayor. Los contactos y diálogos entre presidentes implican un gran trabajo logístico de ambas partes y suponen tiempo reservado con anticipación a los más altos niveles que no siempre puede utilizarse si el viaje no se concreta. Las visitas presidenciales, sean de trabajo, oficiales o de estado, son siempre útiles cuando han sido minuciosamente preparadas. Esto porque, por más confianza y amistad que exista, los presidentes no deberían encontrarse públicamente si no están aseguradas las condiciones para que puedan estrecharse en un abrazo luego de haber coincidido en los puntos centrales de su agenda.
Estas nuevas modalidades de la actividad internacional conducida desde las cúpulas, no desmerecen el trabajo de las cancillerías ni el de la diplomacia tradicional. Por el contrario, la mayor comunicación recíproca entre presidentes, la creciente frecuencia de las reuniones entre ellos y la complicada variedad temática de las agendas, obligan a una tarea técnica mucho más intensa donde la experiencia, los conocimientos y ciertas formalidades siempre resultan esenciales para comunicarse, tender puentes y vinculaciones personales que son el legado más genuino que una gestión diplomática puede dejar. Una mirada rápida al panorama internacional actual permite observar la dinámica que ha adquirido la diplomacia, considerada ésta como el instrumento para conducir las relaciones exteriores mediante la negociación y el compromiso.




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