Presencialidad escolar versus educación online: una falsa dicotomía

Opiniones

No cabe duda que las clases presenciales sirven a la integración de niños y adolescentes. Pero se debe analizar cada caso para que este "remedio" no resulte peor que la enfermedad. ¿Qué aspectos tener en cuenta?

Ante el comienzo del Ciclo Lectivo 2021 se ha instaurado en la comunidad un fuerte debate acerca de la modalidad que se utilizará durante este período para acompañar en su aprendizaje y socialización a nuestros niños y adolescentes.

Como punto de partida me interesa resaltar que no dudo un solo momento acerca de la importancia de “la presencialidad” como instrumento idóneo para que niños y adolescentes alcancen un grado de desarrollo cognitivo adecuado, incorporen el pensamiento complejo y se favorezca su desarrollo emocional, la conciencia social y una posición empática frente a los otros; entre muchos otros beneficios que han sido demostrados con la escolarización tradicional.

Pero (si no hubiese “peros” no estaría escribiendo estas líneas), nos encontramos frente a una situación muy compleja que requiere un fuerte consenso entre los diferentes actores que intervienen en la problemática para definir la conducta más apropiada. Yendo al grano, presencialidad: sí, pero ¿cuándo y cómo?

No es un debate menor, el mismo “remedio” puede significar el alivio y la cura pero también puede convertirse en un vector que acarrea severas complicaciones. Todo dependerá de cómo se lo utilice.

Quizás, el modelo de abordaje médico de una enfermedad pueda servir para establecer analogías y echar un poco de luz acerca de la cuestión.

La experiencia en el ejercicio de la pediatría, la docencia de pre y postgrado, la lectura científica y la investigación clínica me han aportado algunas herramientas que me interesa repasar y utilizar como instrumento de comparación para el análisis de la problemática.

En la actualidad, la estrategia de abordaje de cualquier problemática de salud con más consenso dentro de la comunidad científica es la que propuso Engels en 1977: “el modelo bio-psico-social”. El mismo establece la salud/enfermedad como un proceso bidireccional influenciado por la genética, por el medio ambiente, por el medio social, por factores emocionales, culturales y religiosos. Con esta modalidad de abordaje cada vez que nos situamos frente a un paciente -independientemente de cuál sea su problema- vamos recorriendo diferentes etapas y poniendo énfasis en los siguientes puntos:

  • Diagnóstico de “situación” pormenorizado y preciso. Nótese que reemplazamos la palabra enfermedad por “situación”. Cada paciente es él y sus circunstancias. Antes de implementar cualquier tratamiento se considera prioritario hacer un pormenorizado interrogatorio de la problemática particular de ese individuo y de la magnitud del impacto que la enfermedad produce tanto en su cuerpo como en su subjetividad y en la de su núcleo familiar. La enfermedad “X” no es la misma para el paciente “A” que para el paciente “B” y en consecuencia su abordaje puede diferir.
  • Primun non nocere. Si decidimos intervenir farmacológicamente, el medicamento seleccionado debe cumplir con un requisito fundamental “primero, no hacer daño”. “El remedio puede ser peor que la enfermedad” es un axioma que siempre tenemos presente.
  • Valoración apropiada del contexto. Un determinado tratamiento puede ser de elección en un niño de clase media, con una vivienda adecuada, con un domicilio urbano, con un sostén familiar sólido y continente; mientras que el mismo tratamiento puede tornarse contraproducente en una familia dónde no se cumplen muchos de esos requisitos.
  • La química del medicamento y su investidura. La acción que un medicamento produce debido a su composición química, justifica sólo una parte de su efecto terapéutico. Está probado que “la investidura” -aquello que le agrega el profesional que lo indica generando confianza, expectativa positiva, certidumbre, trasmitiendo empatía, calidez y esperanza- produce un fuerte efecto potenciador en el receptor y hace más eficiente la respuesta. No va a obtener la misma respuesta el médico que indica un analgésico para una migraña, por ejemplo, sin siquiera levantar la vista del escritorio que aquel que se toma el tiempo necesario para explicar cómo actúa el fármaco, cuáles son sus beneficios y que detalla cuáles son sus efectos colaterales transmitiendo confianza y seguridad.
  • Cada paciente es único e irrepetible. No hay enfermedades sino enfermos.
  • Los rangos de dosificación son variables. Algunos medicamentos tienen un rango de seguridad muy alto: la dosis tóxica está muy alejada de la dosis terapéutica y en otros el margen es muy estrecho: si me paso -un poquito nada más- de la cantidad recomendada puedo tener severos efectos adversos.
  • Monitoreo permanente de sus efectos. Así hayamos hecho el diagnóstico adecuado e implementado la terapéutica específica para “ese” paciente y en “ese” contexto, el proceso salud/enfermedad es sumamente dinámico y las estrategias terapéuticas deben ser permanentemente monitoreadas y adecuadas a cada momento.

Volvamos ahora al asunto principal que motivó la realización de este artículo: “presencialidad escolar, ¿cuándo? y ¿cómo?”. No tengo una respuesta unívoca, pero se me ocurre plantear algunas inquietudes e interrogantes para seguir debatiendo.

  • ¿No sería oportuno esperar a que un número significativo de docentes, adultos mayores y población de riesgo reciban la inmunización correspondiente?
  • ¿Pueden los docentes transmitir confianza a sus alumnos y ser eficientes en sus acciones si se sienten temerosos, ansiosos, angustiados y con incertidumbre?
  • ¿La infraestructura de las escuelas de Argentina es comparable a la de las de Suecia?
  • ¿“El Sarmiento” o “El Mitre” son comparables con el Metro de París?
  • ¿La bici que Don José utiliza para llevar a los críos a la escuela tiene la misma capacidad de trasporte que la Van de Paul Mc Gregor?
  • ¿Ha habido una medición científica de la magnitud del impacto que se produjo en los alumnos por la no presencialidad escolar durante el 2020? Dicho de manera más sencilla: ¿van a ser todos los niños burros, deprimidos e irrecuperables, como en la canción de María Elena Walsh “La vaca estudiosa”?
  • ¿Cuál sería el impacto en la salud mental de Juancito si se entera que su abuelito -conviviente en su domicilio- se contagió el Covid-19 que él trajo de la escuela y se murió por la enfermedad?

En fin, los interrogantes son numerosos, las respuestas aún insuficientes.

Resulta prioritario seguir trabajando en forma transdisciplinaria, donde cada sector ponga su saber al servicio de la causa obteniendo un amplio consenso y los actores protagónicos de este complejo desafío, los docentes, se sientan seguros, confiados, respetados y cuidados para poder, a su vez, cuidar de nuestros niños.

*El doctor Eduardo Silvestre (MN 57.969) es Médico Pediatra y Divulgador Científico de Grupo Medihome.

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