13 de febrero 2026 - 17:51

Colonización de la subjetividad: salud mental y economía

La colonización de la subjetividad se ha convertido en una de las principales fuerzas económicas de nuestro tiempo, no se trata solo de comunicación ni de redes sociales como herramientas informativas, sino de dispositivos capaces de modelar percepciones, orientar afectos y producir decisiones que incluso van contra los propios intereses subjetivos y materiales.

Cerca del 80% de empresarios pymes apoyaron a Milei en nombre de la desregulación, y hoy una proporción significativa está al borde del cierre por recesión y tarifas.

Cerca del 80% de empresarios pymes apoyaron a Milei en nombre de la desregulación, y hoy una proporción significativa está al borde del cierre por recesión y tarifas.

Depositphotos

Cuando el sentido común es intervenido de manera sistemática, la racionalidad económica deja de operar como límite, sujetos, consumidores y votantes pueden sostener políticas que los empobrecen creyendo que los liberan.

Este fenómeno no es abstracto. Las plataformas digitales operan sobre el miedo, la bronca, la humillación y la promesa de restitución narcisista. Allí donde la economía real exige previsibilidad, inversión y horizonte, la economía de plataformas produce gratificación inmediata y consignas simples. El resultado es una subjetividad dispuesta a sacrificar estabilidad, trabajo y consumo a cambio de una ilusión de orden, castigo o revancha simbólica.

En términos económicos, las consecuencias son directas. Una sociedad que vota contra sus propios intereses no solo deteriora su bienestar, altera las reglas básicas de los negocios. Se destruye la previsibilidad macroeconómica, se debilita el mercado interno y se vuelve riesgosa cualquier inversión productiva de mediano y largo plazo. Ningún empresario puede tomar decisiones racionales en una sociedad capturada afectivamente, cuando la subjetividad está colonizada, el mercado deja de responder a incentivos y comienza a responder a consignas. Cuando la pérdida se naturaliza como virtud, la recesión deja de ser una anomalía y se convierte en programa.

Los ejemplos son visibles y recientes. En Estados Unidos, millones de latinos votaron al actual mandatario, y lo ayudaron a ganar, convencidos de que su discurso punitivo no los alcanzaría, hoy enfrentan deportaciones, separación familiar y pérdida de derechos. Eligieron un proyecto que los expulsaba. En la Argentina, cerca del ochenta por ciento de los empresarios de las pymes apoyaron electoralmente a Javier Milei en nombre de la desregulación y la libertad de mercado, hoy una proporción significativa de ese entramado productivo está al borde del cierre o directamente desaparece, asfixiado por recesión, tarifas y caída del consumo. En Europa, amplios sectores políticos y sociales acompañaron una ruptura estratégica con Rusia, el principal proveedor de gas, petróleo, fertilizantes y alimentos baratos, para sostener una guerra que deteriora su competitividad, beneficia fundamentalmente a intereses foráneos y destruye la comunidad europea. En los tres casos, la lógica es la misma, se elige aquello que daña bajo la ilusión de una ganancia futura sea ideológica o simbólica. Se hace evidente que al estar atravesado ideológicamente se hace más fácil de colonizar la subjetividad.

Años después, incluso figuras centrales del establishment europeo reconocieron el carácter autodestructivo de esa decisión. Angela Merkel, ex canciller alemana, sostuvo públicamente que la guerra en Ucrania y la ruptura energética con Rusia no fortalecieron a Europa, sino que beneficiaron fundamentalmente a los Estados Unidos. Señaló que el encarecimiento del gas y la energía golpeó de lleno a la industria alemana y europea, mientras que Estados Unidos pasó a vender gas licuado a precios muy superiores, capturando mercados y rentabilidad que antes sostenía Europa. La consecuencia fue una pérdida de competitividad industrial, aumento de costos, inflación y deterioro del tejido productivo europeo. En otras palabras, una decisión colonizada que fue presentada como moral y estratégica terminó funcionando como un mecanismo de autodestrucción y produjo una transferencia de recursos y poder económico hacia fuera del continente.

La experiencia argentina ofrece además un antecedente preciso y documentado. La intervención de Cambridge Analytica, la empresa británica especializada en microsegmentación emocional y explotación masiva de datos personales, fue reconocida públicamente por sus propios directivos ante el Parlamento del Reino Unido. En esas declaraciones, la firma admitió haber operado en procesos electorales de distintos países, utilizando perfiles psicológicos para influir en conductas políticas. En la Argentina, ese dispositivo formó parte del andamiaje que acompañó la llegada de Mauricio Macri al poder. No se trató de convencer con un programa económico, sino de fabricar una subjetividad dispuesta a tolerar endeudamiento, caída del salario real y destrucción productiva como costos inevitables del cambio.

Desde el psicoanálisis, este fenómeno puede pensarse como una forma de goce oscuro, una satisfacción inconsciente en el sacrificio y en la pérdida. Freud lo conceptualizó como pulsión de muerte, Lacan lo ubica más allá del principio del placer. En política y en economía, aparece cuando se elige un programa que hiere, pero que al mismo tiempo ofrece una escena de sacrificio, orden o purificación.

Este goce oscuro no se limita al plano electoral. Se filtra en las decisiones cotidianas, consumo retraído aún cuando se podría consumir, inversión paralizada incluso cuando hay capital disponible, destrucción de pymes que sostienen empleo y vida social. El ajuste no solo reduce ingresos, produce una subjetividad adaptada al daño. Y sin deseo de futuro, no hay economía que funcione.

La ofensiva contra la industria, las pymes, la educación técnica y la universidad pública no es un error de cálculo. Es coherente con una lógica que necesita debilitar la clase media y erosionar cualquier forma de autonomía productiva. Sin técnicos, sin científicos y sin mercado interno, los negocios dejan de orientarse a la producción y se concentran en la renta, la especulación y la fuga.

A este cuadro se suma un dato estructural, la Argentina es hoy el único país de la región que, por decisión política, ha dejado de invertir de manera sostenida en ciencia y tecnología. Para cualquier análisis económico serio, esto no es austeridad, es descapitalización estratégica. Un país que renuncia al conocimiento renuncia a competir, a innovar y a generar valor agregado.

Las consecuencias sociales extremas, como el aumento sostenido de la angustia, la desazón y los suicidios, no son ajenas a esta lógica, son su resultado. Cuando el futuro se vuelve impensable, cuando el trabajo y la educación se clausuran, la economía deja de ser un sistema de producción y se transforma en una economía del daño. El ajuste no solo precariza balances, también precariza la vida psíquica. La colonización de la subjetividad se realiza hoy a través de las redes, que no solo orientan decisiones de consumo sino también decisiones de vida, qué desear, a quién odiar, qué sacrificar. Allí el sujeto termina votando, consumiendo y viviendo contra sus propios intereses, convencido de que quienes lo perjudican encarnan la salida y quienes lo benefician representan el obstáculo.

Hay que tener en cuenta que tardaremos unos años largos en construir defensas subjetivas contra la implantación de ideas y de colonización de la subjetividad. Por eso el problema de fondo no es solo político ni moral. Es económico y subjetivo. Sin disputar la colonización de la subjetividad, ningún programa de desarrollo es viable. No hay negocios posibles en una sociedad que goza de su propia destrucción.

No hay clima de inversión sin estabilidad subjetiva, no hay crecimiento donde el daño se vuelve ideal, una economía que naturaliza la pérdida termina expulsando capital, trabajo y futuro, aun cuando proclame lo contrario. Recuperar previsibilidad, inversión y crecimiento exige algo más que indicadores, requiere reconstruir un deseo colectivo orientado a la vida, al trabajo y a un proyecto productivo sustentable.

No hay salud mental posible si no nos defendemos de la implantación de ideas y de la colonización de la subjetividad.

Dejá tu comentario

Te puede interesar