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Los argentinos no hemos demostrado mucha creatividad para generar nuevos conflictos o buscar nuevas soluciones: el precio de la carne ha sido el fenómeno omnipresente en el centro de nuestros conflictos sociales. Alguna vez a alguien se le ocurrió importar pollo podrido y todo terminó mal, pero hasta allí llegó la imaginación de nuestros políticos. Ultimamente, los focos de conflicto se expandieron a la soja y el petróleo, pero nada fundamental ha cambiado: si algún sector que no produce muchos votos llega a ganar mucha plata, el sistema político populista se encargará de sacársela.
A fin de mantener el voto de las masas semiocupadas de los grandes centros urbanos, el populismo precisa alimentos, transporte y energía baratos y salarios a un nivel tal que la baja productividad urbana-industrial no puede pagar. Para sostener este (des)equilibrio se apela a impuestos a las exportaciones primarias (campo y petróleo, que permiten comida, transporte y energía baratas) y un dólar alto para sostener al sector competitivo con las importaciones (industria que emplea a los subocupados). Estas medidas sólo sirven para incrementar la población urbana subocupada y con ello el poder de los políticos populistas que manejan las prebendas. El país pierde, ya que los sectores más eficientes son castigados fiscalmente y con ello se reduce la inversión más productiva. A la corta, el tamaño de la torta se reduce y se agrava el conflicto.
En épocas por suerte ya superadas, el conflicto explotaba al entrar en él los militares (que no lo resolvían).
Ahora los gobiernos son derrocados por encapuchados gordos con palos que no sabemos de dónde vienen, pululan los piqueteros y siempre está presente la inflación, cuyo nivel es tan variable como las retenciones.
Desde la Revolución de Mayo, pasando por las guerras civiles hasta los conflictos de nuestros días, la apropiación de la renta del comercio exterior a través del manejo de la Aduana ha sido el principal factor de movilización de la sociedad argentina. El «vivir de arriba» sustituyó la visión pionera de «hacerse la América» a través del trabajo, el respeto al prójimo, el ahorro y la creatividad.
País difícil el mío, pero por lo menos parece que las reglas que nos gobiernan, vistas desde muy alto, son siempre las mismas.




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