El jefe de Gabinete nos ha invitado a debatir la cuestión del aborto, como si tal debate no se hubiese ya llevado a cabo. Esta cuestión se discutió en el recinto más adecuado para una sociedad civilizada: la Convención Constituyente, principal expresión de la soberanía popular. Precisamente, con ocasión de la reforma de 1994, los constituyentes tuvimos un apasionado y apasionante debate (cuya lectura recomiendo) sobre la vida humana y el aborto que culminó en la sanción del segundo párrafo del art. 75 inc. 23, donde se reconoce la calidad de «niño» y sujeto acreedor de una especial protección estatal, al ser existente «desde» el comienzo del embarazo de la madre. El debate se repitió al discutir la adjudicación de jerarquía constitucional a ciertos tratados sobre derechos humanos (art. 75, inc. 22), entre ellos la Convención Americana (Pacto de San José de Costa Rica) y la Convención sobre los Derechos del Niño, la que declara que el «niño» debe contar con «la debida protección legal, tanto antes como después del nacimiento». A los efectos de las «condiciones de vigencia» (art. 75, inc. 22, cit.) de esta última Convención, la Argentina declaró (Ley 23.849) que «se entiende por niño todo ser humano desde el momento de su concepción y hasta los 18 años de edad», mientras que el art. 6 de aquélla (que, recordemos, es texto constitucional) afirma que «los Estados parte reconocen que todo niño tiene el derecho intrínseco a la vida».
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Por supuesto que podríamos volver a debatir la cuestión, como también podríamos debatir acerca de la calificación moral de la esclavitud, independientemente de su prohibición constitucional. Pido excusas por comparar (sólo como ejemplo demostrativo) la esclavitud con el aborto, teniendo en cuenta que el último es intrínsecamente más ofensivo de la dignidad humana, en cuanto quita la base de tal dignidad, que es la vida misma. También podríamos querer modificar la Constitución, en orden a limitar la protección de la vida sólo en beneficio de los nacidos. Pero, atención, antes que todo debemos debatir si el «por nacer» es un ser humano. Si es un ser humano yo no acepto ningún debate ni ninguna reforma, porque no puedo admitir, siquiera como hipótesis, que algunos seres humanos no gocen del derecho a la vida. Así sólo sería admisible el debate acerca de las posibilidades de evitar el inicio de una vida humana, siempre y cuando no subsista siquiera una duda acerca de que aquello que queremos destruir (porque ya existe) es una vida humana.
Seguramente, por su condición de médico y por las responsabilidades de su cargo, nuestro ministro de Salud coincidirá con lo anterior.
• Estructura defectuosa
Hace muy bien el ministro de preocuparse por las mujeres que practican el aborto en deficientes condiciones sanitarias, con riesgo para la vida, claro está, de la mujer, porque la vida del niño es precisamente lo que se quiere liquidar. Nuestro ministro de Salud será, seguramente, un gran médico, aunque su razonamiento padece de una estructura lógica defectuosa. No sería, por ejemplo, buena solución autorizar la esclavitud (sólo para los que la quieran, sin obligar a nadie a tener esclavos) para poder evitar, con algún mecanismo policial, que algún esclavo irascible le haga algún daño a su patrón.
El aborto que nos proponen, como materia de reflexión, encumbradas personalidades de nuestro gobierno, se refiere al que podemos llamar «mecánico» o «quirúrgico», que es el que ofrece riesgos para la salud de mujer embarazada, aunque es absolutamente seguro en cuanto a la muerte del niño. Tengamos presente que este tipo de método abortivo (también alguno «químico») normalmente se practica a partir de un tiempo en el que ya nadie puede dudar sobre la naturaleza humana del «niño-feto» -que el Estado, no lo olvide el ministro, asumió la obligación de proteger (art. 75, inc. 23, CN)que hasta parece tener movimientos, primero de reacción y luego de dolor, frente al bisturí asesino.
En cuanto a la madre, la misma norma constitucional obliga al Estado a brindarle, como mínimo, un régimen de asistencia especial «durante el embarazo y el tiempo de lactancia». Esta asistencia, si se concretase en la práctica, disminuiría en gran medida el recurso desesperado del aborto, fomentando a la vez una estrategia demográfica de expansión (que es vital para la continuidad de nuestra Nación) en el marco de políticas de salud respetuosas de los derechos humanos. La cuestión de la protección de la vida y del aborto no es una materia religiosa, por más que la Iglesia se haya convertido en un adalid de la defensa de la vida humana. El conflicto desatado con la Iglesia en torno a la figura de monseñor Baseotto parece, por lo absurdo, el resultado de una creación artificial de algunos que quieren distraer la atención de la opinión pública con respecto a otros problemas más inmediatos. De todas formas es otra señal de cómo algunos impulsan el sistema político hacia el autoritarismo y la intolerancia.
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