La economía ha sido invadida, antes de las elecciones, por el protocolo de lo «políticamente correcto», donde el bien consiste en buscar la tolerancia en los demás. Pero si las ideas del otro no son «incorrectas», el mal debe buscarse en los datos que preceden a tales ideas. Lo correcto no es ya igualar las oportunidades en el punto de partida, sino los resultados en la llegada. Hoy lo correcto es bajar la tasa de interés: una vez más, ello representa la entropía del pensamiento político y es de imposible definición, ya que carece de contenido. Pero lo «correcto» se presenta con argumentos inocentes y fáciles, aunque deje de lado un librito de Vélez Sarsfield, el Código Civil. El «todo vale», de uso común entre intelectuales desarraigados, es contagioso. Confunde el bien y el mal, bajo el pretexto de que todo es opinable.
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Bajo la amenaza de regular otro disparate, el gobierno ha solicitado a los bancos una tasa de interés máxima para individuos y empresas. Parece desconocer los principios básicos de la formación de la tasa de interés, o precio del dinero. Cuando Marx en 1867 publicó el primer tomo de «Das Kapital», Irving Fisher recién nacía, no se conocía el multiplicador de Keynes y confundió producción con renta.
La tragedia de lo «correcto» es que se enfrenta a las matemáticas. Todos los bancos obedecen a las mismas regulaciones: encajes, liquidez y solvencia, aplicación de los depósitos y reservas sobre los préstamos. La única diferencia entre ellos es el costo de captación del dinero, que varía por la tasa de interés de depósitos remunerados y pases, o por vía del costo de administración de las cuentas a la vista, siempre que existan depositantes. Si un banco pierde depósitos y se incrementa la tasa de interés que paga a sus depositantes, no puede prestar a una tasa menor a su costo porque una brigada de inspectores del BCRA pondría el grito en el cielo acusándolo de seguir una política «inadecuada». Con el sistema en conjunto sucede lo mismo. ¿Por qué los depositantes retiran los fondos del sistema? Por terror a cualquier arbitrariedad del gobierno, no sólo a nivel del BCRA sino en relación a los precios y los contratos.
Edmund Burke, en su «Discurso sobre el plan de reforma económica» en el Parlamento británico en 1780, sostenía que los gobiernos «debían considerar la sabiduría de una reforma adecuada, efectuada a tiempo. Las reformas oportunas se hacen apaciblemente, en tanto que las reformas tardías se imponen en estado de irritación. En ese estado de cosas, el pueblo no reconoce nada respetable en el gobierno. Sólo ve el abuso y nada más. Pasa a ser un populacho enardecido por los desórdenes de una casa de mala fama. No trata de corregir o regular, sino que pone manos a la obra en la forma más simple; demuele la casa para acabar con la molestia». Una foto de fines del 2001.
Reducciones
En la última semana de setiembre, el BCRA «perdió» reservas por u$s 200 millones, mientras el total de depósitos se reducía en $ 3.000 millones. Los depósitos a plazo fijo se redujeron en $ 400 millones, y la tasa pasiva se incrementó desde 9,84% a fines de setiembre a 10,09% en la primera semana de octubre, con liquidez de los bancos de $ 22.000 millones en el BCRA y $ 5.000 millones en las entidades. La base monetaria creció $ 2.500 millones, pero el sistema piensa en una trampa de liquidez.
La única manera conocida de que la tasa de interés baje es que un tercero inyecte fondos a esa tasa. Aun así, en el escenario de una trampa de liquidez como la que describía Keynes en su Teoría General, los bancos la priorizarán por sobre cualquier otro argumento. Cuando Ben Bernanke comenzó a inyectar liquidez en el sistema a través de la Fed, los principales bancos del sistema, suponiendo los impagos de las hipotecas subestandard que todavía no habían ocurrido, continuaron restringiendo el crédito: Bernanke debió llamar por teléfono a cada banco para garantizarle bajo su palabra que compraría las obligaciones subestandard en caso de default. La Fed ya ha inyectado unos u$s 600 mil millones, lo cual habría evitado si hubiera disminuido la tasa de interés antes del colapso, y se hubiera mantenido el valor de los bienes que respaldaban las obligaciones. Reflejo tardío, pero reflejo al fin.
La Argentina sigue un camino opuesto, similar al que relatara Jorge Luis Borges en su inmortal obra «Tlon, Ukbar, Orbis, Tertius». Un planeta imaginario, donde los metafísicos no buscan la verdad, ni siquiera la verosimilitud, sino el asombro. En Tlon, la metafísica es una rama de la literatura fantástica, y un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos. Un dólar alto.
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