La competencia entre las grandes potencias ya no se desarrolla solamente alrededor del territorio, el comercio o la capacidad militar. Se extiende cada vez más hacia la tecnología, las cadenas de suministro, la energía, los minerales críticos y las inversiones. La economía se ha convertido también en una cuestión de seguridad.
El falso dilema
En un mundo que reorganiza sus vínculos económicos en función de la seguridad, ser un socio confiable no debería exigir convertirse en un socio exclusivo.
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El falso dilema.
Durante décadas, la globalización avanzó bajo una premisa relativamente sencilla: producir allí donde resultara más eficiente. Las empresas distribuyeron sus cadenas de valor entre numerosos países, aprovechando costos, especialización y economías de escala. China fue probablemente la mayor expresión de aquel proceso. Su incorporación a la Organización Mundial del Comercio en 2001 aceleró una integración económica extraordinaria con Estados Unidos y Europa.
La interdependencia fue valorada fundamentalmente por las oportunidades que generaba. Hoy las grandes potencias comienzan a medirla también por las vulnerabilidades que puede crear.
Una cadena de suministro eficiente puede convertirse en una dependencia. Un proveedor tecnológico puede adquirir importancia estratégica. Una inversión extranjera puede comenzar a ser evaluada no solamente por el capital que aporta, sino también por el país del cual proviene.
Los conceptos que han comenzado a poblar el lenguaje económico expresan esa transformación. El reshoring procura devolver determinadas actividades productivas al territorio del país de origen. El near-shoring, acercarlas. El friend-shoring, localizar cadenas de suministro en países considerados confiables. Europa habla de de-risking: reducir dependencias consideradas excesivas sin llegar necesariamente al desacople.
No son políticas equivalentes. Pero todas revelan un cambio: la eficiencia económica ha dejado de ser el único criterio para decidir dónde producir, de quién comprar o dónde invertir. Estados Unidos profundizó ese camino frente al ascenso tecnológico chino.
Los controles a la exportación de tecnologías avanzadas, las restricciones sobre determinados semiconductores, los incentivos a la producción doméstica y la búsqueda de cadenas seguras para minerales críticos responden a una misma preocupación: reducir vulnerabilidades en sectores considerados esenciales.
China recorre ese camino desde su propia perspectiva. En junio, durante el llamado Davos de Verano, en Dalian, el primer ministro Li Qiang describió la transformación de la economía china con una fórmula elocuente: “Este es un claro cambio de ‘hecho en China’ a ‘creado en China’”. Presentó allí lo que llamó “China Opportunity 2.0”, una nueva etapa basada en innovación y desarrollo tecnológico. Semanas antes, Beijing había aprobado una nueva regulación para las inversiones chinas en el exterior que incorpora entre sus objetivos la protección de la soberanía, la seguridad y los intereses de desarrollo nacionales.
La competencia entre las dos mayores economías del mundo ya no consiste, entonces, solamente en vender más que el otro. Se trata también de controlar tecnologías, asegurar suministros y reducir dependencias. Y allí aparece una pregunta diferente para países como la Argentina.
Sería un error interpretar la seguridad económica exclusivamente a partir de las necesidades de las grandes potencias. Estados Unidos tiene una definición de sus vulnerabilidades. China tiene la propia. Europa procura construir la suya. La Argentina también necesita determinar cuáles son las condiciones de su seguridad económica.
Para nuestro país, seguridad económica puede significar asegurar mercados para sus exportaciones, financiamiento, inversiones, energía, infraestructura, acceso a tecnología y cadenas de suministro. También significa evitar que una dependencia sea simplemente reemplazada por otra.
En ese escenario, el near-shoring y el friend-shoring pueden ofrecer oportunidades. Argentina posee alimentos, energía, litio, cobre y capacidades tecnológicas que adquieren un valor creciente en las nuevas cadenas globales. Puede aspirar a convertirse en un proveedor confiable para economías que buscan diversificar sus fuentes de abastecimiento. Pero ser un socio confiable no debería exigir convertirse en un socio exclusivo.
Estados Unidos constituye un vínculo económico, financiero, tecnológico y político fundamental para la Argentina. China es -después de Brasil- nuestro segundo socio comercial, un mercado decisivo para numerosas exportaciones y una fuente relevante de financiamiento e inversión. Brasil, la Unión Europea, India, Japón, Corea y los países del Golfo completan un mapa mucho más amplio de relaciones que la Argentina necesita profundizar.
Desde esa perspectiva, la decisión del gobierno del presidente Milei de negarse a incorporar a la Argentina a los BRICS fue un error. El país había sido invitado a sumarse a un espacio que reúne a algunas de las principales economías emergentes y a tres de los cinco principales socios comerciales de nuestro país (Brasil, China e India). Se trata, además, de un foro profundamente diverso, integrado por países con sistemas políticos, intereses y orientaciones internacionales muy diferentes, que no exige a sus miembros la adopción de una política exterior común. Ingresar a ese foro no implicaba reemplazar una pertenencia por otra ni adoptar las posiciones de sus miembros.
Significaba integrar una mesa nueva e importante, un ámbito de vinculación adicional a los muchos que la Argentina necesita. Renunciar a él redujo opciones allí donde el interés nacional aconsejaba ampliarlas.
El desafío consiste precisamente en evitar que la lógica de la seguridad económica de otros reduzca nuestras propias opciones. La Argentina necesita multiplicar sus vínculos, no reducirlos.
La pregunta no debería ser si debe elegir entre Estados Unidos y China. Plantearla de ese modo supone aceptar como propio un dilema falso construido a partir de las prioridades estratégicas de las dos grandes potencias.
La pregunta es otra: ¿qué combinación de mercados, inversiones, tecnologías y relaciones internacionales sirve mejor al interés nacional argentino?
Durante décadas, la globalización preguntó dónde resultaba más eficiente producir. La seguridad económica pregunta ahora de quién podemos permitirnos depender.
Para la Argentina, reemplazar una dependencia por otra no es una estrategia: es apenas cambiar de dependencia. El interés nacional exige multiplicar vínculos, no reducirlos
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