¿Puede un país construir futuro si sus familias no pueden construir un hogar? Hace algunos años, durante un viaje a Suecia, visité el museo de una de las grandes marcas de productos para el hogar, ubicado en un pequeño pueblo al sur del país. Entré pensando que iba a conocer la historia de una empresa extraordinaria que admiro y salí maravillado por algo mucho más grande: cómo una sociedad logró reconstruirse colocando al hogar en el centro de su proyecto de desarrollo.
El hogar como motor de una nación
El acceso a una vivienda puede convertirse en una de las bases para recuperar la previsibilidad, el ahorro y la posibilidad de proyectar a largo plazo. Para eso, resulta clave reconstruir el crédito hipotecario y generar condiciones de estabilidad sostenidas.
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El acceso a la vivienda aparece como una pieza central para fortalecer el ahorro, el patrimonio familiar y los proyectos de largo plazo.
Uno podría mirar a Suecia hoy, un país desarrollado, estable y con altos niveles de bienestar, y preguntarse ¿qué tiene que ver esa realidad con la nuestra?. Es fácil ocuparse de la vivienda cuando un país ya es próspero. Pero su historia muestra algo completamente diferente.
A fines del siglo XIX, este país era una sociedad rural, pobre y marcada por la emigración, y luego pasó a construir una nueva visión como nación. En 1928, Per Albin Hansson presentó el concepto de Folkhemmet, “el hogar del pueblo”: una sociedad concebida como una casa común, sin privilegiados ni postergados, basada en la cooperación, la consideración y la ayuda mutua.
No era simplemente una metáfora atractiva. Era una visión de país.
Esa visión orientó decisiones durante décadas. El modelo no fue perfecto y tuvo errores. No se trata de idealizar a Suecia ni de copiar una receta construida en otra sociedad y en otro momento histórico. Se trata de entender la convicción que estuvo detrás, el hogar podía ser mucho más que una consecuencia del desarrollo; podría ser uno de sus puntos de partida.
Porque una vivienda es un inmueble, pero un hogar es mucho más. Es la primera base de desarrollo humano, social y cultural. Es donde un chico estudia, donde se transmiten valores y hábitos, donde las personas se forman, donde alguien trabaja, descansa, recibe amigos, cuida a sus padres y empieza a imaginar su futuro. También es donde se construye el sentido de pertenencia a una cuadra, un barrio, una comunidad y, en definitiva, un país.
La estabilidad de una vivienda permite dejar de vivir exclusivamente en la urgencia. Y la vivienda propia suma la posibilidad de construir patrimonio, echar raíces y transformar años de trabajo y ahorro en algo que pueda permanecer y llegar a la próxima generación.
Después de más de veinte años recorriendo la Argentina, estoy convencido de que a nuestro país le sobra deseo de progresar. Lo que nos falta es un sistema que nos permita transformar ese esfuerzo en futuro. Cuando la vivienda se vuelve inaccesible, no se posterga solamente una compra. Se posterga la posibilidad de construir un proyecto de vida.
Por eso Argentina necesita volver a mirar la vivienda no solamente como una consecuencia del progreso, sino también como una de sus causas. No alcanza con construir más unidades si las familias no pueden ahorrar, si no tienen ingresos previsibles o si no existe crédito de largo plazo. El crédito hipotecario es uno de los grandes puentes que necesitamos reconstruir.
Pero una hipoteca no aparece simplemente porque un banco lanza una línea. Es el último eslabón de una larga cadena de confianza. No podemos pedirles a los bancos que presten a veinte años si nuestros ahorros y nuestra confianza permanecen dentro del sistema apenas treinta días.
Argentina necesita una política de vivienda que atraviese generaciones. Una dirección sostenida, con estabilidad, reglas claras, ingresos previsibles, construcción, inversión, ahorro y un sistema financiero capaz de acompañar proyectos de largo plazo.
La recuperación de un país también debería medirse por la cantidad de personas que vuelven a tener el sueño de un hogar. Una nación se construye con empresas que generan trabajo, rutas que conectan, escuelas que educan e instituciones que dan confianza. Y también se construye, todos los días, desde cada hogar.
Suecia comprendió hace casi un siglo que el hogar no debía ser solamente el resultado de la prosperidad, sino uno de sus puntos de partida. Esa experiencia no es una receta para copiar, pero sí una invitación a pensar qué país queremos construir. Argentina tiene con qué hacerlo. Tenemos talento, capacidad, energía, recursos y ganas de progresar. El desafío es transformar todo ese esfuerzo en una dirección compartida y sostenida.
Hoy tenemos la oportunidad de hacer del hogar el punto de partida de una nueva etapa para la Argentina. Porque cuando las personas recuperan la posibilidad de construir su propio futuro, es el país entero el que vuelve a creer en el suyo.
Presidente y cofundador de REMAX Argentina y Uruguay.



