Como le gusta afirmar a uno de los analistas políticos más agudos de nuestro medio «si bien Hugo Chávez no es serio en absoluto, el fenómeno político que genera Hugo Chávez es algo que debe ser tomado muy en serio». Ninguna definición más adecuada para lo que acaba de ocurrir con la incorporación de Venezuela al Mercosur. Hasta ese momento el líder venezolano había intentado presentarse ante el mundo como una suerte de nuevo «Castro» -su aliado intelectual-, desafiante de la política exterior norteamericana, y defensor de un místico proyecto político al que denominó Americano-Bolivariano, sin contenido concreto alguno. Sentado sobre una de las mayores reservas de petróleo conocidas, con precios internacionales inimaginablemente crecientes para ese producto, y la suma del poder público interno, sin embargo este carismático personaje no podía invocar internacionalmente -hasta ahora- en sus interminables discursos y saturantes apariciones públicas más que la representación de un país pequeño, con una superficie de 916.445 kilómetros cuadrados, 25.000.000 de habitantes, un PBI de 174.000 millones de dólares, con índices de pobreza alarmantes y sin otro peso político en términos regionales, que no fuera la ayuda financiera brindada a ciertos países vecinos a cambio de favores políticos para los gobernantes de turno, o el financiamiento de campañas electorales para eventuales aliados. Es decir, un pintoresco personaje político y mediático, portavoz de una democracia venezolana declamativa y meramente «formal», más que un verdadero líder representativo capaz de generar procesos revolucionarios de cambio. Si Chávez consigue proyectarse ahora como nuevo conductor natural del Mercosur, como ha podido observarse en la Cumbre de Córdoba, este escenario cambia radicalmente, pues encabezará -o al menos intentará encabezar- un «bloque regional» y podrá invocar un pretendido «liderazgo» sobre 240.000.000 de personas -que es más de 55% de la población total sudamericana-; un territorio global de 13.000.000 de kilómetros cuadrados y un PBI total de más de 850.000 millones de dólares -lo que representa alrededor de 70% del PBI de toda Sudamérica-. Esta ya es otra carta de presentación; no sólo para su discurso político frente a los Estados Unidos y los organismos internacionales, sino también para su alianza estratégica con los países del mundo árabe, donde su popularidad es enorme, y en los que encuentra relevante publicidad para sus discursos y manifestaciones a través de todas las cadenas de televisión y de radio.
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El Mercosur, como proyecto económico y jurídico hasta hoy ha fracasado; y esto -mal que les pese a algunos- hay que reconocerlo. Desde los embrionarios tratados de Montevideo de 1960 y 1980 (ALALC-ALADI), pasando por el Tratado de Asunción de 1991, los Protocolos de Ouro Preto de 1995, de Olivos de 2002, y otros documentos complementarios que llegaron hasta su « relanzamiento» en el año 2002, los socios han intentado cumplir con los objetivos fijados para una Unión Aduanera imperfecta, en el camino hacia un Mercado Común, sin que se haya logrado hasta el momento éxito en el emprendimiento, pues no se han podido eliminar la totalidad de las barreras existentes; no se ha conseguido una política comercial uniforme; tampoco coordinar políticas comunes en materia monetaria, fiscal, industrial, de tipos de cambio, flujo de capitales, ni la armonización de la legislación en diversas áreas.
La Ley de Convertibilidad en la Argentina por más de una década, las devaluaciones inconsultas de Brasil y la Argentina en su momento y el impacto desastroso que produjeron cada una de las políticas nacionales en los otros países miembros son sólo ejemplo de ello. Sin embargo, desde cierto punto de vista político, el Mercosur tuvo importantes logros. Entre ellos merecen destacarse la afirmación del sistema democrático en la región -los documentos de 1994, la Declaración de Ushuaia de 1998 y la realidad de los últimos años son buena muestra de lo ocurrido-; se eliminó toda hipótesis de enfrentamiento bélico entre los países miembros y aun entre éstos y otros países vecinos; y se detuvo la carrera armamentista de los países integrantes del bloque regional.
Más allá de sus limitaciones, el Mercosur constituye hoy -en lo que al aspecto político se refiere- un espacio democrático, multirracial y de convivencia en paz de sus miembros entre sí y con el resto del mundo. El ingreso de Chávez como nuevo « líder» viene a alterar fuertemente esta situación. Desde el punto de vista democrático se sustituye el paradigma del «pluralismo democrático» por el del «liderazgo carismáticomesiánico»; se deja de lado el mensaje conciliador y se incorpora un discurso de confrontación y bélico declamándose posibles alianzas con países asiáticos y el mundo árabe en hipótesis de conflicto armado; se focaliza al enemigo estratégico en la figura de Estados Unidos; y se suma a la región un país y un dirigente que están en una carrera fuertemente armamentista: han comprado más de 100.000 fusiles rusos AK 130, 33 helicópteros del mismo origen, tramitan la incorporación de 24 aviones Sukhoi a la fuerza aérea, buscan la formación de un « ejército regional» y exhibieron orgullosos su poderío militar frente a sus nuevos «socios» del Mercosur en el desfile del pasado 5 de julio, en la celebración de un nuevo aniversario de la independencia venezolana, ante la admiración y el aplauso de varios presidentes sudamericanos. Si la gran carencia internacional de Chávez era la ausencia de «representatividad» significativa, el Mercosur podrá dársela, y entonces se le abrirá el camino para un reconocimiento mundial como «referente» -que hoy no tiene- merced a la nueva realidad regional que manifestará liderar. Dentro de este nuevo entorno global, Chávez apunta hoy a obtener un sitial en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Sus relaciones empáticas con el mundo árabe, su simpatía por la causa de Corea del Norte y su visita a Irán deben poner en alerta al Mercosur, el cual, con el nuevo perfil «chavista», puede perder el único logro cierto que exhibía desde su nacimiento: el «político», y el peligroso cariz hacia el cual se avanza generará incertidumbre y angustia entre sus pueblos, los que pueden ser arrastrados a conflictos impensados. Y esto es -sin duda- algo muy serio.
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