15 de septiembre 2026 - 00:00

El problema de los nombres

¿Puede seguir llamándose “marginal” a una fuerza que recibe el voto de casi la mitad del electorado?

El avance electoral de AfD en Alemania, un fenómeno complejo.

El avance electoral de AfD en Alemania, un fenómeno complejo.

En política, ponerle un nombre a un fenómeno es también una manera de entenderlo. El problema comienza cuando el fenómeno cambia y seguimos llamándolo de la misma manera.

Durante años, Alternativa para Alemania (AfD) fue presentada como un partido antisistema, una expresión de protesta, una fuerza radical ubicada en los márgenes de la política alemana. Todas esas definiciones tuvieron —y algunas todavía tienen— fundamentos. Pero el domingo 7 de septiembre ocurrió algo que obliga a volver a examinarlas.

En el land alemán de Sajonia-Anhalt, AfD obtuvo el 43,8% de los votos. Más que duplicó su resultado de cinco años atrás, consiguió 39 de las 83 bancas del Parlamento regional y dejó muy atrás a la gobernante Unión Demócrata Cristiana (CDU) del canciller Friedrich Merz, que obtuvo apenas el 17,2%.

Hay algo desconcertante en seguir utilizando la palabra “marginal” para describir a una fuerza que recibe el voto de casi la mitad de quienes concurren a las urnas.

Sajonia-Anhalt tiene solamente 2,1 millones de habitantes y pertenece al este alemán, donde AfD ha construido históricamente su mayor fortaleza. Extrapolar mecánicamente el resultado al conjunto del país sería un error. Ignorarlo por tratarse de una elección regional sería otro.

AfD nació en 2013 alrededor de la crítica al euro y a los rescates financieros. Después llegaron la inmigración, el rechazo a las élites políticas, la crítica a Bruselas, una posición diferente frente a Rusia y, progresivamente, un nacionalismo mucho más radical.

También cambió su electorado. En Sajonia-Anhalt creció prácticamente en todos los grupos sociales, con especial fortaleza entre hombres, jóvenes, trabajadores y autónomos. Entre los votantes masculinos llegó al 52%. Y parte de su éxito provino de ciudadanos que antes ni siquiera concurrían a votar.

Este último dato importa. Estamos acostumbrados a pensar que los partidos radicales crecen quitándoles electores a los partidos tradicionales. A veces consiguen algo adicional: movilizar a quienes se habían alejado de las urnas.

Quien cambia su voto modifica el reparto de preferencias dentro del electorado. Quien había dejado de votar y regresa porque encuentra una fuerza que lo representa revela la existencia de una demanda política que no encontraba canales de expresión.

Por eso resulta insuficiente explicar lo ocurrido solamente como un castigo al gobierno de Merz. El descontento existe y la CDU acaba de sufrir una derrota extraordinaria en un territorio que gobernaba desde 2002. El enojo puede explicar el abandono de un partido. Es más difícil que explique, por sí solo, que casi el 44% del electorado termine votando a otro.

La cuestión es más compleja: ¿en qué momento un partido de protesta deja de serlo?

No existe un porcentaje que responda la pregunta. Los partidos cambian y no siempre las categorías utilizadas para describirlos cambian al mismo ritmo.

Ulrich Siegmund centró su campaña en TikTok.

Ulrich Siegmund centró su campaña en TikTok.

Europa ofrece otros ejemplos. En Italia, fuerzas que alguna vez ocuparon posiciones periféricas terminaron llegando al gobierno. En Francia, Rassemblement National (RN), el partido de Marine Le Pen y Jordan Bardella, llega al ciclo presidencial de 2027 con posibilidades que ya nadie considera testimoniales.

AfD, RN y las demás nuevas derechas europeas no son equivalentes. Sus orígenes, programas y electorados son diferentes.

Tampoco el crecimiento de AfD vuelve menos radicales sus posiciones. Una cosa es reconocer su peso electoral y otra muy distinta naturalizar sus ideas. Hay razones concretas para la preocupación. La organización de AfD en Sajonia-Anhalt está clasificada por el servicio de inteligencia interior del estado como extremista de derecha. Y Björn Höcke, una de las figuras más influyentes del sector radical del partido, fue condenado por un tribunal alemán por utilizar conscientemente una consigna de las SA, la organización paramilitar nazi. En Alemania, estos antecedentes tienen un peso que no necesita demasiadas explicaciones.

Pero la preocupación, por justificada que sea, no explica por qué ocurre.

AfD ha conseguido transformar parte del descontento en una identificación política más estable. Ya no depende solamente del voto ocasional de quien quiere castigar al gobierno. Ha desarrollado un discurso, dirigentes y formas de comunicación capaces de fidelizar a una porción creciente del electorado.

Ulrich Siegmund es un buen ejemplo. Tiene 36 años y conduce el bloque de AfD en el Parlamento regional. Hizo campaña intensamente en TikTok y concentró su mensaje alrededor de una promesa sencilla: recuperar una Alemania segura, próspera y cohesionada.

Su edad también importa. Los alemanes que hoy tienen veinte o treinta años nacieron después de la caída del Muro y varias décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial. La memoria que organizó la vida política de la República Federal durante generaciones sigue presente, pero para ellos ya no es memoria personal: es historia.

Durante mucho tiempo, ese pasado estableció límites particularmente resistentes. Algunas posiciones quedaban fuera de discusión no solamente por razones electorales, sino por una experiencia histórica compartida. A medida que desaparecen las generaciones que la vivieron, esos consensos necesitan también razones contemporáneas para sostenerse.

Sajonia-Anhalt muestra hasta qué punto esa tarea se ha vuelto urgente.

Los principales partidos alemanes mantienen desde hace años el llamado “cordón sanitario”: el compromiso de no formar gobierno con AfD. Existen razones políticas e históricas de peso para hacerlo. Pero mantener a un partido fuera de una coalición no responde la pregunta que dejaron las urnas: ¿por qué tantos alemanes decidieron votarlo?

Merz había prometido al asumir la Cancillería frenar el crecimiento de la extrema derecha. En un estado gobernado durante más de dos décadas por su partido, AfD acaba de obtener más de dos votos por cada uno conseguido por la CDU.

Alemania deberá encontrar la manera de contener el avance de posiciones que chocan con aspectos centrales de su tradición democrática. Difícilmente pueda hacerlo sin entender antes por qué encuentran una audiencia cada vez mayor.

Ese es el problema que plantea Sajonia-Anhalt. Cuando una fuerza radical obtiene el 43,8% de los votos, llamarla marginal puede resultar tranquilizador.

Pero ya no alcanza para explicar lo que está ocurriendo.

*- Jorge Argüello. Presidente Fundación Embajada Abierta, exembajador ante ONU, Estados Unidos, Portugal y Cabo Verde

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